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No me cuentes tantas películas en 2022
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Ramón González F

El erizo y el zorro

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No me cuentes tantas películas en 2022

No les deseo ningún mal a los novelistas, los directores de cine, los productores de series o, Dios me libre, los políticos. Pero ¿qué les parece si nos deseamos un 2022 con menos ficción?

Foto: La creencia en la teoría QAnon provocó el asalto al Congreso de EEUU en enero de 2021 (REUTERS)
La creencia en la teoría QAnon provocó el asalto al Congreso de EEUU en enero de 2021 (REUTERS)

El año terminó con la enésima constatación: la obligatoriedad de llevar mascarillas en el exterior basada en datos ficticios, interpretaciones emocionales y relatos de miedo. Pese a su buscada apariencia tecnocrática, el presidente de España toma sus decisiones de acuerdo con las reglas de la ficción. En realidad, todos lo hacemos.

Es una constatación dolorosa. Los periodistas nos preciamos de ser objetivos. La tecnología que nos rodea está basada en máquinas y códigos de una enorme sofisticación. Los científicos cada vez ocupan un espacio mayor en la conversación pública. Occidente se seculariza a una gran velocidad. Todo el mundo dice adorar la verdad y combatir la mentira. Pero, a pesar de ello, muchas veces nuestras vidas las conforman ideas y percepciones sin ninguna base real.

Foto: Mascarilla facial en el suelo de los Campos Elíseos en París. (EFE EPA IAN LANGSDON) Opinión

Es probable que estemos diseñados así. Numerosos estudios indican que nuestro cerebro parece estructurado para albergar creencias religiosas, no para funcionar según el método científico. En muchos sentidos, además, Chesterton tenía razón: a medida que la religión ha ido perdiendo peso, no la hemos sustituido por el racionalismo o el empirismo, sino por nuevos relatos míticos. Eso son, básicamente, las teorías conspirativas actuales. Lo es la noción de que unos seres malignos como Bill Gates o Georges Soros, alimentados por una riqueza obtenida de manera taimada, pretenden dominar el mundo mediante una oscura conjura que une a homosexuales, musulmanes, feministas y laboratorios farmacéuticos.

placeholder Jacob Albert Chansley (con los cuernos), un miembro del movimiento de teorías de la conspiración QAnon conocido como Jake Angeli O 'Yellowstone Wolf', mientras camina junto a otros simpatizantes de Trump por los pasillos del Capitolio en Washington el pasado 6 de enero (EFE)
Jacob Albert Chansley (con los cuernos), un miembro del movimiento de teorías de la conspiración QAnon conocido como Jake Angeli O 'Yellowstone Wolf', mientras camina junto a otros simpatizantes de Trump por los pasillos del Capitolio en Washington el pasado 6 de enero (EFE)

Lo es también qAnon, la teoría de gran éxito en Estados Unidos según la cual un grupo de traficantes de menores y pedófilos, movidos por la influencia satánica e impulsos caníbales, conspiraron para falsear las elecciones que perdió Donald Trump. Es también una ficción la interpretación histórica que comparte buena parte de la izquierda, que afirma que Occidente es fruto de la lucha constante de una parte mayoritaria de la población, bondadosa pero ignorante y alienada, que es aplastada reiteradamente por un puñado de malvados ricos —hoy los llamaríamos “el Ibex”— conjurados con los judíos y los jueces. Otra exitosa ficción, compartida a izquierda y derecha, es que una docena de hombres millonarios que juegan a la pelota encarnan las virtudes, los sueños y el afán de superación de una parte de la sociedad, y que su enfrentamiento ritual con otros señores parecidos es, en realidad, una lucha moral.

La ficción tiene influencia sobre la formación. Quizá no se puedan aprender determinados valores si no es a través de la historia

Pero eso son solo expresiones particularmente desquiciadas de nuestra dependencia de la ficción. Algunas otras son inanes porque, a diferencia de las anteriores, no se presentan como reales. Las inagotables películas de Marvel, la constante reelaboración de los mitos de “La Guerra de las Galaxias” —junto a los de 'El señor de los anillos', los más importantes para mi generación— y de Harry Potter —probablemente, los de la siguiente— son una muestra de lo mucho que parecemos necesitar a los seres con poderes sobrenaturales. Más sorprendente aún es que también necesitemos seres de ficción realistas, que se parecen mucho a nosotros y son perfectamente concebibles en el mundo real: si se piensa bien, lo extraordinario es que la novela, el cine y ahora las series realistas se consideren alta cultura. Toda una novedad en nuestra relación con la ficción.

Lo cierto es que hasta las ciencias duras tienen algo de ficticio —“imaginemos una vaca esférica”, dice un chiste sobre la manera de proceder de los científicos cuando hacen modelos—, por no hablar de las ciencias sociales: la cantidad de asunciones que estas deben hacer —de imaginar que existe tal cosa como “ceteris paribus” a hacer correlaciones basadas en la mera imaginación— en ocasiones las hace indistinguibles de la ficción.

Es probable que la ficción tenga alguna influencia positiva en nuestra formación. Quizá no se puedan aprender determinados valores morales si no es a través de historias. Porque nuestro cerebro no solo está hecho para la ficción: lo está para las historias, y todos los que escribimos sabemos que si queremos que los lectores recuerden algo, o entiendan nuestro propósito, es más probable lograrlo si se cuenta como una sucesión de acontecimientos, en lugar de una teoría o un encadenamiento de razonamientos. Pero, aun siendo así, ¿por qué no utilizamos historias reales, personajes que de verdad han existido, para transmitir esos valores? ¿Por qué esa obsesión con la ficción? ¿Por qué esta ocupa un lugar tan importante en nuestra vida privada y pública?

Foto: Feria del Libro de Madrid. (EFE/Emilio Naranjo) Opinión

Se podría pensar que, de manera inevitable, las culturas dominadas por los relatos ficticios acaban produciendo políticas basadas en la ficción. No estoy seguro de que exista una relación directa: uno debería saber diferenciar las cualidades necesarias para escribir una novela y para elaborar un presupuesto o una medida sanitaria. De hecho, esa distinción se hace. Pero los resquicios por los que la ficción se cuela en discursos aparentemente reales son innumerables. No son mentiras —decir deliberadamente lo contrario de la verdad—, no son “bullshit” —sentir indiferencia por qué es verdad y qué es mentira—, es algo omnipresente, prestigioso y efectivo: se trata de historias que cuentan ejemplos de superación, sacrificio, pérdida y reencuentro, y cuya veracidad nuestro cerebro no necesita comprobar porque le producen placer y, en algunos casos, refuerzan su visión del mundo y su idea de la jerarquía y el poder.

No les deseo ningún mal a los novelistas, los directores de cine, los productores de series o, Dios me libre, los políticos. Pero ¿qué les parece si nos deseamos un 2022 con menos ficción? Sea como sea, feliz año nuevo.

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