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Este es el mejor libro de viajes para guiris jamás publicado
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Este es el mejor libro de viajes para guiris jamás publicado

'Un año en Provenza' es un grandísimo relato sobre lo rara que resulta la vida rural para la gente de ciudad

Foto: 'Casa en Provenza'. (Museo de Arte de Indianápolis)
'Casa en Provenza'. (Museo de Arte de Indianápolis)

Muchas veces, los turistas fantaseamos con instalarnos para siempre en el sitio al que hemos ido de vacaciones. Casi ninguno lo hacemos: nos da miedo aburrirnos y, en todo caso, no podemos dejar el trabajo ni comprarnos otra casa. Pero el inglés Peter Mayle lo hizo. Se lo permitieron las circunstancias: fue creativo publicitario, ganó mucho dinero ideando eslóganes para empresas petroleras y marcas de pan de molde y, luego, vendió su agencia por una millonada. Y, tras pasar las vacaciones junto a su mujer en Provenza, Francia, decidió comprarse una propiedad allí.

La que le gustó era idílica: un edificio de piedra del siglo XVIII, situado entre dos pueblos medievales al pie del Luberon, una cadena montañosa del sudeste del país, cerca de los Alpes Bajos y el Mediterráneo. Todo el territorio estaba cubierto de bosques y viñedos. Los cedros, los pinos y las encinas estaban verdes todo el año, en todas partes crecían flores silvestres, tomillo y lavanda. Uno podía pasear por los montes un día entero sin cruzarse con nadie. Era lo contrario de la vida de ejecutivo en Londres y Nueva York, con su mezcla de mal tiempo, mala comida, prisa y hormigón. Mayle y su mujer apenas sabían francés, y los propietarios de la casa lo hablaban con un fortísimo acento rural, pero tras una copiosa cena de cinco horas en la que se entendieron sobre todo mediante gestos, acordaron comprar la casa.

placeholder Portada del libro 'Un año en Provenza'. (Navona)
Portada del libro 'Un año en Provenza'. (Navona)

Un año en Provenza, el mejor libro jamás escrito sobre ser guiri, cuenta lo que sucedió después. Publicado a finales de los años ochenta, vendió un millón de ejemplares, se convirtió en una serie de televisión y puso de moda la región hasta tal punto que provocó una invasión de británicos y estadounidenses. Ahora lo ha reeditado en castellano la editorial Navona y se lo recomiendo con entusiasmo.

Excéntricos y gastrónomos

Tras instalarse en la casa, Mayle descubrió que lo más absorbente de la Provenza no era su paisaje, sino la gente. En una narración ordenada por meses, Mayle describe con un humor tronchante a los provenzales a los que conoce. Menicucci es el manitas de guardia del matrimonio, y tiene teorías sobre todo —desde el comportamiento del viento en invierno hasta la extraña relación de las hormigas con los limones— que va contando mientras estudia con parsimonia un agujero en una tubería o el funcionamiento de la caldera. Faustin, el expropietario de la casa, que sigue trabajando en sus terrenos agrícolas, siente un placer malsano anunciando catástrofes atmosféricas que arrasarán las uvas, los melones y a los propios seres humanos. Massot es un tipo excéntrico con los dientes carcomidos por el tabaco que tiene dos obsesiones: que no vayan más turistas a la región y, al mismo tiempo, venderle su casa a un turista por una cantidad de dinero exorbitante.

Mayle descubrió que lo más absorbente de la Provenza era la gente. Describe con un humor tronchante a los provenzales a los que conoce

Estos lugareños le explican a Mayle cómo conseguir que un perro vago se vuelva fiero y defienda la casa, por qué los franceses tienen todos ropa de caza y escopetas aunque no sepan utilizarlas, cómo funcionan las carreras de cabras en los pueblos de la región, cómo peinar a un burro para que sea escogido en el pesebre navideño local. Y, también, los enrevesados detalles de la burocracia francesa, que exige papeles, certificados y sellos oficiales para todo. Mayle lo narra de manera divertidísima, desde el punto de vista de un guiri ilustrado. Los provenzales le parecen unos excéntricos. De habérselos topado en una ciudad de su propio país, le habrían parecido intolerablemente ineptos y atrasados. Pero como son extranjeros y del sur, le resultan entrañables y sabios.

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Entre todos sus descubrimientos, Mayle dedica especial atención a la gastronomía. Los franceses, dice, están obsesionados con la comida como otras nacionalidades lo están por el deporte o la política. En Provenza, todo tiene que ver con ella. Los locales le ofrecen con indiferencia banquetes compuestos de salchichones, patés, cebollas en tomate, patos con setas y civet de conejo. La cuadrilla de albañiles que le arregla la casa no come bocatas, sino que lleva a la obra “grandes canastas de plástico repletas de pollos, salchichas, choucroute, ensaladas, hogazas de pan y platos y cubiertos de verdad”. Cualquier restaurante de pueblo regentado por un matrimonio de octogenarios ofrece platos a los que no podría aspirar el mejor restaurante de lujo. Y todo el mundo bebe. Todo el rato. Pastís, un anisado, como aperitivo. Un mínimo de una botella de vino por persona en cada comida. Un licor local, marc, con el café. Cualquier cosa entre horas. Todo el mundo está un poco gordo y hasta el cartero o el agente de seguros parecen borrachos ya a media mañana. Pero no importa. Es su encantadora forma de vivir. Mayle se suma a ella con entusiasmo.

Lecciones para guiris

Un año en Provenza es un grandísimo libro sobre lo rara que resulta la vida rural para la gente de ciudad. Es un bestseller del que no hay que esperar reflexiones trascendentales, pero que contiene al menos dos lecciones vitales para quienes todos los veranos hacemos un poco el guiri. La primera: que cuando viajamos tendemos a comportarnos como antropólogos torpes y analizamos las costumbres de los locales como si fueran las de una tribu de gente rara. La segunda: que los turistas somos una especie un poco odiosa que adora ir a sitios pintorescos, pero que se irrita rápidamente cuando estos se llenan de otros turistas.

La Provenza no es hoy el lugar que retrató Mayle hace 30 años. Parte de la culpa de que se llenara de turistas fue suya. Pero su libro sigue siendo una obra maestra del humor, la observación y el apetito por la lujuriosa comida francesa. Si no puede comprarse una casa allí, léalo como premio de consolación. Si puede comprársela, léalo como un manual de instrucciones para lo que le espera.

Muchas veces, los turistas fantaseamos con instalarnos para siempre en el sitio al que hemos ido de vacaciones. Casi ninguno lo hacemos: nos da miedo aburrirnos y, en todo caso, no podemos dejar el trabajo ni comprarnos otra casa. Pero el inglés Peter Mayle lo hizo. Se lo permitieron las circunstancias: fue creativo publicitario, ganó mucho dinero ideando eslóganes para empresas petroleras y marcas de pan de molde y, luego, vendió su agencia por una millonada. Y, tras pasar las vacaciones junto a su mujer en Provenza, Francia, decidió comprarse una propiedad allí.

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