La vieja clase obrera que abandonó el comunismo para unirse a Le Pen
Se reedita 'Regreso a Reims', de Didier Eribon, el intelectual francés de izquierdas que se avergonzaba de su familia porque no correspondía a su concepto idealizado del proletariado
Seguidores del Frente Nacional, en un acto en apoyo a Marine Le Pen en 2017. (EFE/Ian Lansgsdon)
Didier Eribon tenía todo lo que puede soñar un intelectual francés. Enseñaba en las mejores universidades de su país y le invitaban a dar seminarios en otras de Estados Unidos. Escribía en los principales medios progresistas y era autor de dos libros canónicos: una biografía de Michel Foucault, el reverenciado y radical filósofo que cuestionó todas las estructuras de poder, y Reflexiones sobre la cuestión gay. Pero seguía sintiendo un enorme pesar. Le había sido relativamente fácil reconocer en público su homosexualidad. Pero aún hacía todo lo posible por ocultar otro importante rasgo de su biografía: que, a pesar de su éxito en los esnobs entornos intelectuales parisinos, procedía de una familia de clase obrera tosca, destruida por el alcoholismo y, peor aún, partidaria de la extrema derecha.
Por eso en 2009 publicó Regreso a Reims, un libro extraordinario pero, en ocasiones, también enojoso y desconcertante, que la semana que viene reeditarán en castellano las editoriales Taurus y Libros del Zorzal. En él cuenta que se pasó décadas rehuyendo el contacto con su familia, y que solo volvió a visitar a su madre a su casa en un barrio obrero de provincias después de que enfermara mortalmente su padre, un obrero bebedor del que apenas había querido saber nada desde que se había emancipado.
Su muerte hizo que pusiera en marcha su memoria. El duelo no implicaba tristeza, dice, sino ganas de entender. Eribon reconstruye la vida de sus abuelos, que sufrieron la Segunda Guerra Mundial; él era carbonero, ella una criada que, al parecer, encadenaba “aventuras amorosas y sexuales” y que se desentendió de su hija. Esta, la madre de Eribon, se casó con un hombre, su padre, que ni siquiera le gustaba. Fue en 1950, y pronto tuvieron dos hijos; para no agravar su precariedad, después abortó en varias ocasiones. “Vivíamos en una situación de extrema pobreza, por no decir casi miseria”, escribe Eribon.
Portada de la nueva edición de 'Regreso a Reims', de Didier Eribon.
No era una familia feliz: para empezar porque vivieron en sitios estrechos y de mala calidad, fríos y diseñados para mantener a los obreros lejos de los barrios burgueses. Pero también porque sus padres no se aguantaban: “Su relación se asemejaba a una larga e incesante pelea doméstica, parecían incapaces de dirigirse la palabra si no era insultándose”. Sus trabajos en la fábrica les doblaban el cuerpo y el ánimo. “Cuando veo hoy [a mi madre], con el cuerpo tullido por los dolores causados por la dureza de las tareas que debió realizar durante quince años, tapando frascos de vidrio en una cadena de montaje, de pie, con el derecho a que la reemplazaran diez minutos por la mañana y otros diez por la tarde para ir al baño, me golpea de frente lo que la desigualdad social significa concretamente, físicamente”, escribe. Todos eran comunistas, dice Eribon, del mismo modo en que los burgueses son de derechas: sin pensarlo, como algo natural. Era una forma de pertenencia que se heredaba y que no se cuestionaba.
La madre de Eribon —que percibía la homosexualidad de su hijo, pero nunca se atrevió a hablar de ella abiertamente— se empeñó en que estudiara. Y lo hizo. Y se comprometió con la izquierda. Y ahí empieza la parte más dura del libro. Eribon se enamoró de la lucha de la clase obrera, pero de una manera idealizada, no tal como la veía en su casa. “Para mí, el ‘proletariado’ era un concepto libresco, una idea abstracta. Y mis padres no encajaban en ella”. Leía a Marxy Trotski y con ellos “creía estar a la vanguardia del pueblo”, pero “exaltaba la ‘clase obrera’ para poder alejarme aún más de los obreros reales”. Amaba la clase obrera de los ensayos y las novelas, pero odiaba a la clase obrera real que le rodeaba. Quería la revolución de los trabajadores. Pero los trabajadores reales le producían algo parecido al asco.
Eribón se enamoró de la lucha de la clase obrera, pero de una manera idealizada. Amaba la clase obrera de las novelas, pero odiaba a la real
Eribon sigue siendo un simpatizante de izquierdas que con frecuencia se deja nublar por su propia ideología, pero es sincero y directo; no solo describe su propia hipocresía sino, probablemente, también la de muchos otros intelectuales de izquierdas que idealizan a una gente cuyo contacto no soportan. Y menos cuando, avanzado el libro, esa gente va abandonando el comunismo instintivo que había defendido toda su vida para adentrarse en el territorio de la derecha nacionalista del Frente Nacional de Le Pen. El racismo informal que los obreros de su entorno siempre habían mostrado con los inmigrantes africanos se articuló políticamente. Muchos de ellos dejaron de sentirse “obreros” para pasar a defender que eran “franceses”. Sus padres siempre habían hablado de “ellos” (los ricos) y “nosotros” (los pobres); ahora esos pronombres se referían cada vez más a los extranjeros y los nacionales, respectivamente. Su padre despreciaba los periódicos como Le Monde, de centro-izquierda, que leía su hijo. Gritaba a los políticos cuando aparecían en la televisión e insultaba a los actores homosexuales que salían en las películas. El cambio era completo. El hijo se avergonzaba y, gracias a los estudios y una carrera de éxito, se fue alejando de ese ambiente, ocultándolo, haciendo como si no existiera. Hasta que, como cuenta, decidió reconstruirlo y entenderlo y explicarse su propia vergüenza.
Regreso a Reims es un pequeño gran libro que ayuda a entender muchas de las cosas que nos pasan. En ocasiones, como decía, es irritante: hay muchas palabras sofisticadas y alusiones a la teoría filosófica, y su estructura es deliberadamente desordenada, quizá para reproducir el desorden de la memoria. Pero también es crudo, autocrítico, honesto e iluminador. Toda una lección.
Didier Eribon tenía todo lo que puede soñar un intelectual francés. Enseñaba en las mejores universidades de su país y le invitaban a dar seminarios en otras de Estados Unidos. Escribía en los principales medios progresistas y era autor de dos libros canónicos: una biografía de Michel Foucault, el reverenciado y radical filósofo que cuestionó todas las estructuras de poder, y Reflexiones sobre la cuestión gay. Pero seguía sintiendo un enorme pesar. Le había sido relativamente fácil reconocer en público su homosexualidad. Pero aún hacía todo lo posible por ocultar otro importante rasgo de su biografía: que, a pesar de su éxito en los esnobs entornos intelectuales parisinos, procedía de una familia de clase obrera tosca, destruida por el alcoholismo y, peor aún, partidaria de la extrema derecha.