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No hay una cultura mejor que la cultura globalizada
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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No hay una cultura mejor que la cultura globalizada

Nacionalistas de todo el mundo han iniciado una cruzada contra la cultura global. Pero esta, con sus malentendidos y sus mediocridades, es la mejor garantía para tener la mente abierta e innovar

Foto: El popular dúo Los del Río canta en los Premios Juventud en 2016 en Miami, Florida. (Getty Images/Univision/Rodrigo Varela)
El popular dúo Los del Río canta en los Premios Juventud en 2016 en Miami, Florida. (Getty Images/Univision/Rodrigo Varela)

Es una nota al pie ante todo lo que está pasando, pero recordemos que Donald Trump ha anunciado que impondrá unos aranceles del 100% a todas las películas extranjeras que se exhiban en Estados Unidos. Hay una razón económica: “La industria del cine en América está MURIENDO”, ha dicho. Pero también ha mencionado una motivación política: las películas extranjeras son una amenaza a la seguridad nacional. Son, ha dicho, propaganda.

Desde el anuncio, Trump parece haberse olvidado del tema. Pero este refleja muy bien una creciente tendencia contraria a la cultura globalizada. Obviamente, no es un fenómeno nuevo. Cuando Charles De Gaulle llegó al poder en Francia tras la Segunda Guerra Mundial, una de sus primeras medidas fue intentar blindar la cultura francesa de la influencia estadounidense. Salió regular: el cantante más famoso de la época se puso el nombre de Johnny Halliday e imitaba descaradamente a Elvis Presley. Muchos lo interpretaron como una señal de decadencia nacional, pero a los franceses pareció gustarles: vendió un millón de copias de su versión de Let’s Twist Again. En esa misma época, otros países, como Japón, hicieron lo contrario: abrazó con un furor un poco extravagante la cultura de sus invasores estadounidenses, lo que dio pie a una de las fusiones más interesantes de la historia. El béisbol es el deporte nacional, los japoneses son considerados los mejores fabricantes de tejido vaquero del mundo y el plato más loco de su comida nacional son los espaguetis con ketchup, que a causa de los magníficos malentendidos de la cultura global se llaman “napolitanos”. Dos políticas distintas acabaron dando el mismo resultado: el abrazo a la cultura global.

El béisbol es el deporte nacional en Japón y el plato más loco de su comida nacional son los espaguetis con ketchup

Hoy, crece la histeria ante una nueva cultura global. Vox, con su pomposo estilo habitual, ha resumido muy bien sus razones: tenemos “derecho a la propia cultura, mediante la cual el pueblo expresa y promueve su ‘soberanía’ espiritual”, ha afirmado en una iniciativa reciente. Pero Vox, como el resto de nacionalistas, sabe que hoy es si cabe más difícil que hace sesenta u ochenta años frenar la cultura globalizada. De hecho, el rasgo más interesante del partido es que copia sistemáticamente el nacionalismo de otras naciones —“Hacer España grande otra vez”, dice uno de los lemas que su líder utiliza con frecuencia—, en una autoparódica demostración de que los rasgos culturales de un lugar pueden funcionar perfectamente en otro aunque sea mediante una mala traducción.

placeholder El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante una rueda de prensa, en la sede del partido. (Europa Press)
El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante una rueda de prensa, en la sede del partido. (Europa Press)

Y si Trump pide aranceles para el cine extranjero, el Consell de l’Audiovisual del Català acaba de comunicar a las emisoras de radio comerciales que en 2026 deberán programar por lo menos un 25% de música en catalán para proteger esta lengua. Como siempre, la medida fracasará: hoy los jóvenes catalanes consumen la nueva música global, que para espanto de los nacionalistas es en castellano: la electrónica latina. Por suerte, no hay ninguna medida política democrática que pueda impedirlo. Es mejor la vía japonesa: abrazar lo de fuera sin mostrar una resistencia estéril.

Es fácil desdeñar la cultura global. Las películas comerciales estadounidenses que se ven en todo el mundo son planas y carecen de personalidad y los culebrones turcos que se consumen en las sobremesas españolas son en ocasiones alucinógenos. Los híbridos gastronómicos pueden ser desagradables —una de las comidas nacionales de Alemania es una mezcla de salchicha de cerdo con una versión inverosímil del curry indio, el currywurst— y ¿qué decir de que durante la oleada de globalización cultural de los noventa y los dos mil Los del Río y Enrique Iglesias fueron nuestra mayor aportación al mundo? Con todo, hay algo muy seductor en esta cultura que parece carecer de raíces: debe ser muy especial para gustar en todas partes y polinizarse mutuamente con las especies culturales locales.

Pero lo que molesta más a los detractores de la globalización cultural es la naturalidad con la que muchos construimos nuestra personalidad a partir de un despreocupado cosmopolitismo. España es el país del mundo que publica más libros traducidos. La televisión que más ha forjado la cultura popular española actual es italiana. La película más vista este año aquí es estadounidense, se desarrolla en Tanzania y su banda sonora fue compuesta por un puertoriqueño. Las élites siguen preciándose de llevar a sus hijos al colegio inglés o el alemán. Debe quedar alguien que siga creyendo que saber el nombre de un director iraní o un poeta francés puede ayudarle a ligar.

Lo que molesta a los detractores es la naturalidad con la que construimos nuestra personalidad a partir de un despreocupado cosmopolitismo

En cierta medida, Trump tiene razón: la cultura global es propaganda. En concreto, propaganda en favor de la apertura y el hedonismo cultural. Quizá eso sea una amenaza a la seguridad, como dice, o un atentado contra lo que quiera que sea la “soberanía espiritual”. Pero es la única manera juiciosa de forjar una verdadera cultura nacional: contaminándola todo lo que sea necesario.

Es una nota al pie ante todo lo que está pasando, pero recordemos que Donald Trump ha anunciado que impondrá unos aranceles del 100% a todas las películas extranjeras que se exhiban en Estados Unidos. Hay una razón económica: “La industria del cine en América está MURIENDO”, ha dicho. Pero también ha mencionado una motivación política: las películas extranjeras son una amenaza a la seguridad nacional. Son, ha dicho, propaganda.

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