La cultura se ha vuelto tan aburrida porque la política es demasiado entretenida
El nuevo libro de Carlos Granés documenta cómo el arte provocador y excitante ha dado paso al compromiso social, mientras que la política ya no es un asunto de gestión, sino un mero espectáculo
Donald Trump y Elon Musk en marzo, con un Tesla junto a la Casa Blanca en Washington D.C. (Reuters/Kevin Lamarque)
Hubo un tiempo en el que los artistas eran apreciados por su capacidad para la provocación. Y los políticos, por su seriedad. Hoy sucede exactamente lo contrario.
En los años noventa, Damien Hirst se convirtió en un artista millonario gracias a una serie de animales muertos conservados en formaldehído. Jeff Koons vendió una escultura consistente en varios globos colocados en forma de flor por casi trece millones de libras y, más tarde, se consagró con unas esculturas y fotografías que, de no haber estado firmadas por un artista famoso, habrían parecido mero porno barato. Era todo un poco estúpido, pero también divertido. Al mismo tiempo, gobernaba el mundo gente aburrida y que se preciaba de ser competente, como Jacques Chirac, Helmut Kohl, José María Aznar o Tony Blair.
Pero en algún momento esos papeles se invirtieron, como cuentaEl rugido de nuestro tiempo(Taurus), de Carlos Granés, uno de los escritores de nuestra lengua que mejor entienden y explican la extraña relación entre la política y la cultura y columnista de ABC. Alrededor de 2010, muchos artistas empezaron a pensar que su papel no consistía en provocar o divertir, sino en aleccionar y moralizar sobre la desigualdad, la raza, la naturaleza y el colonialismo. Dos jóvenes progresistas denunciaron que una pintura de Balthus expuesta en el Metropolitan Museum de Nueva York, una obra maestra de la ambigüedad sensual, fomentaba “la cosificación de los niños”.
El rugido de nuestro tiempo (Taurus), de Carlos Granés. (EC)
Los grandes eventos culturales que en el pasado alardeaban de osadía adoptaron el tono de un seminario: la Bienal de Venecia de 2015 se tituló Todos los futuros del mundo e invitaba a los artistas a reflexionar sobre los retos climáticos, y el Turner Prize de arte británico, que había encumbrado a los frívolos de los noventa, ahora decidía dar el premio conjunto a los cuatro finalistas porque todos tenían un “compromiso común […] con problemas sociales y políticos apremiantes”. “Este es el estilo contemporáneo —dice Granés—, una exageración del compromiso en el arte cuya finalidad más evidente es que quien lo consume, patrocina y premia se muestre ante la sociedad como alguien virtuoso”.
De manera simultánea, en la política se produjo el proceso contrario. Los políticos ya no querían parecer gestores, sino revolucionarios, y se estaban volviendo provocadores, osados, maleducados, transgresores y cínicos. Donald Trump presumió de coger a las mujeres por el coño. Javier Milei se disfrazó de superhéroe anarcocapitalista y se paseaba por los escenarios con una motosierra. Como si fuera un artista de performance, Javier Ortega Smith, entonces secretario general de Vox, se sumergió en las aguas de Gibraltar y robó un bloque de hormigón de un arrecife artificial que las autoridades gibraltareñas habían colocado para impedir faenar a los pescadores españoles. Hoy ese bloque de hormigón está expuesto, como la obra de arte posmoderna que es, en la sede de Vox. Otro gran ejemplo es el del exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani: este, cuenta Granés, pasó de censurar exposiciones de arte moderno en su ciudad porque le parecían demasiado provocadoras y sexuales a representar a Trump ante la acusación de una actriz porno de que le había pagado dinero para que no revelara que habían mantenido relaciones sexuales.
Los políticos ya no querían parecer gestores, sino revolucionarios, y se estaban volviendo provocadores, maleducados, transgresores
El resultado, dice Granés, es que ahora conviven una cultura “domesticada por la corrección artística y el compromiso con las buenas causas” y una política que se ha convertido en “carnaval o en performance transgresora”. En consecuencia, tenemos “una pésima política y una pésima cultura. No puede haber una peor combinación que la incorrección en la política y la corrección en la cultura, y eso es lo que está marcando nuestro tiempo”.
Granés —que centra una parte del libro en las relaciones entre cultura y política en Latinoamérica— muestra un liberalismo infrecuente, heredado en parte de Mario Vargas Llosa, que fue uno de sus maestros. Detesta por igual todas las formas de populismo y tiene una sana ambigüedad con respecto al arte de vanguardia: le entusiasma en la medida en que es una expresión de la libertad y la creatividad de los humanos, pero siempre detecta en ella rasgos infantiles o autodestructivos. Y echa de menos la política aburrida, más centrada en el bienestar material que en las emociones. La tesis central del libro es un ejemplo de su perspicacia intelectual: “en la política y las artes han pasado cosas que no hubiéramos creído posibles: mientras los presidentes se convertían en rockstars, trols y performers —dice—, los creadores asumían la misión de señalar los males del mundo. Tal vez no haya una paradoja más notoria en el mundo contemporáneo”. Y nadie la explica como él.
Hubo un tiempo en el que los artistas eran apreciados por su capacidad para la provocación. Y los políticos, por su seriedad. Hoy sucede exactamente lo contrario.