Tira las zapatillas y los vaqueros. Es hora de que vuelvas a vestirte como un hombre
En los últimos años, la indumentaria masculina se ha vuelto muy informal. Pero algunos indicios como las ventas de corbatas, las colecciones de ropa de otoño o las elogíos a Robert Redford señalan que quizá añoramos la vieja elegancia
Un grupo de caballeros en 1923. (Getty Images/Topical Press Agency/Hulton Archive)
Hemos discutido mucho sobre los grandes cambios culturales que ha vivido la sociedad en los últimos años. El auge de las redes sociales. El triunfo de las series. La tendencia de la generación Z a beber y fumar menos. Todo eso es muy interesante. Pero para mí hay algo incluso más revelador: la oleada de informalidad en la manera de vestir de los hombres.
Ha sido un proceso muy rápido. En 2008, el presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, regaló a Miguel Sebastián, ministro de Industria, una corbata. Sebastián había iniciado una campaña para reducir el uso del aire acondicionado, y decidió no ponerse corbata para animar a otros hombres a hacer lo mismo y, con ello, contribuir al ahorro de energía. A Bono le parecía una falta de respeto que un hombre no llevara corbata en un lugar como el Congreso. Sebastián aceptó su regalo, pero dijo que no se lo pondría. Hubo un pequeño escándalo político y periodístico.
José Bono y el exministro de Industria Miguel Sebastián.
Hoy esta historia parece inverosímil. Desde entonces, el Congreso se ha llenado de hombres en vaqueros, camiseta y zapatillas. Y lo mismo ha sucedido en las oficinas, los consejos de administración, los medios de comunicación y hasta los restaurantes de negocios. Parece que hoy los hombres compiten por ser los más informales del grupo. No tengo muy claro por qué. ¿Es porque nuestra cultura valora la comodidad por encima de los formalismos? ¿Es simplemente un rechazo generacional a las costumbres de nuestros padres? ¿Es el calor? ¿La desidia? Mi tesis es que la informalidad se ha convertido en un símbolo de estatus: si eras el presidente de Facebook o una estrella del rock, podías ir en camiseta; si llevabas corbata, en el fondo significaba que eras un pringado, porque tu jefe o las normas implícitas de tu empresa te obligaban a hacerlo.
El Congreso se ha llenado de hombres en vaqueros, camiseta y zapatillas. Y lo mismo ha sucedido en las oficinas y los medios
Volví a preguntarme por todo esto el fin de semana pasado, cuando empecé a leer noticias sobre la nueva temporada de moda masculina. Al parecer, los grandes diseñadores están apostando por un regreso de la formalidad. Además, los datos de la industria señalan que se están vendiendo más corbatas que en el pasado y que los jóvenes las están incorporando a sus outfits. Hace tres semanas, cuando murió Armani, percibí un renovado entusiasmo por la imagen icónica de su marca, basada en trajes y americanas cómodas pero rotundas. Hace una, cuando murió Robert Redford, incluso hombres que no se quitan las New Balance ni para ir a un funeral escribieron elegías a la elegancia masculina.
Sin objetos de hombre
Quizá sea que en los últimos años hemos vivido en el otro extremo. No ha sido solo la corbata. Casi todos los objetos que en el pasado contribuían a crear la identidad masculinaentraron en declive. La identidad de mi abuelo estaba fuertemente vinculada a cosas como su peine, su cuchilla de afeitar y su brocha. Hoy no conozco a ningún hombre de mi edad que dé importancia a esos objetos. Antes, un hombre podía lucir con cierto orgullo su mechero, una pluma o unos gemelos. Hoy se trata de tres objetos difíciles de ver. Si muchas veces no sabemos qué regalar a un hombre por su cumpleaños o por Navidad es porque ya no sabemos qué objetos definen su identidad: desde luego no los pañuelos de tela, ni la colonia, ni una pitillera. Yo mismo, mientras preparaba esta columna, me puse a buscar en casa si había algún objeto que mis conocidos pudieran asociar de manera inequívoca conmigo. Es improbable: mi ropa no está mal, pero no es singular. Los dos objetos que utilizo todo el rato son un ordenador y un móvil que tienen millones de personas en todo el mundo y, en concreto, la mayoría de mis amigos. Detesto los ornamentos y no llevo anillos. No me pongo colonia. No fumo. Me sueno los mocos con los pañuelos de papel que estén de oferta en el supermercado. Mis bolígrafos son un poco excéntricos, de una marca alemana poco conocida, pero difícilmente únicos: valen quince euros. Tengo tres corbatas, pero nadie notaría la diferencia si solo tuviera una. O ninguna.
Tengo tres corbatas, pero nadie notaría la diferencia si solo tuviera una. O ninguna
El regreso de la formalidad puede ser temporal; de hecho, es posible que solo sea una campaña de marketing de las marcas de moda que quieren vender objetos y prendas con un mayor margen de beneficio. Pero creo que también puede ser fruto de cierta nostalgia genuina. El deseo masculino de volver a poseer y llevar encima objetos que, aunque no sean únicos, puedan identificarse con tu personalidad, tus gustos y tus ideas. Dudo que dure mucho tiempo, aunque yo estoy ansioso por sumarme a la nueva ola. Para empezar, voy a cambiar la foto de mi cara que ven en lo alto de mis artículos: de repente, salir con polo y barba de cinco días me parece intolerable.
Hemos discutido mucho sobre los grandes cambios culturales que ha vivido la sociedad en los últimos años. El auge de las redes sociales. El triunfo de las series. La tendencia de la generación Z a beber y fumar menos. Todo eso es muy interesante. Pero para mí hay algo incluso más revelador: la oleada de informalidad en la manera de vestir de los hombres.