¿Tejedoras vírgenes? ¿Mezquita? La historia del Partenón es más complicada de lo que crees
El nuevo libro de Mary Beard explica los orígenes y la atribulada historia de un edificio que, para muchos, encarna la civilización occidental. Pero también cuenta las muchas cosas que ignoramos sobre él. Para empezar: ¿para qué servía?
El Partenón de Atenas, en octubre de 2025. (Reuters/Louisa Gouliamaki)
El Partenón es uno de los edificios más reconocibles y fotografiados del mundo. Lo visitan 20.000 personas al día. Lo identificamos con muchas ideas abstractas: el clasicismo, la filosofía, la democracia o hasta la civilización occidental. Y ha inspirado a los arquitectos más dispares: no solo a los romanos y a los renacentistas, sino incluso a Le Corbusier, el más vanguardista de los modernos. Pero, ¿qué sabemos en realidad del Partenón?
Conocemos muy bien su historia, pero es asombrosa la cantidad de cosas que ignoramos, explica El Partenón, un breve y muy entretenido libro de la gran divulgadora de la cultura clásica Mary Beard que acaba de publicar en castellano la editorial Crítica. Para empezar, los griegos no lo llamaban así. La palabra "Partenón", que significa "de las vírgenes", quizá designara en un principio una sala en la que jóvenes adolescentes tejían telas sagradas para la diosa Atenea y por alguna razón luego pasó a describir todo el edificio, pero no lo sabemos. De hecho, tampoco sabemos para qué servía: damos por hecho que era un templo, pero ni siquiera eso está claro.
"No hay sacerdotes ni sacerdotisas vinculados al Partenón, no se tiene constancia de que tuviera lugar en él ningún festival o ritual religioso antiguo, y ni siquiera tenía el más básico elemento de un templo griego: un altar directamente ante la entrada principal", dice. Sabemos que el mármol de buena parte del edificio estaba pintado, pero no sabemos si se trataba de una capa ligera para destacar los detalles más importantes o de una agresiva mezcla de amarillos, rojos y azules brillantes. De hecho, ni siquiera sabemos qué significa el célebre friso: ¿representa una procesión que tenía lugar en la Atenas del siglo V? ¿O más bien explica la preparación de un sacrificio humano? Dos mil quinientos años después, no lo sabemos.
Beard cuenta estas incertidumbres con su habitual mezcla de erudición y ligereza, que hace que el libro se lea de un tirón. Y, obviamente, también explica lo que sí se sabe. El edificio se financió con el dinero que Atenas recaudaba de otras ciudades griegas para asegurar su protección ante los persas (algo así como si Estados Unidos construyera un gran edificio en Washington con el dinero que aportaran los miembros de la OTAN) y disponemos de algunos detalles reveladores de su presupuesto. También sabemos que en algún momento tuvo la función de depósito de dinero público.
Mary Beard en 2023 en Madrid. (Europa Press/ Fernando Sánchez)
Beard cuenta cómo el edificio aparece pocas veces en la literatura clásica y que a los visitantes de la Antigüedad, probablemente, les llamaba mucho más la atención la inmensa estatua de Atenea que había en su interior, de oro y marfil, y hoy perdida, que el edificio en sí. Explica también cómo en la Edad Media funcionaba como una iglesia y la frustración del arzobispo ateniense que oficiaba allí porque sus parroquianos fueron incapaces de entender su primer sermón: "es una incómoda verdad para los devotos de la cultura clásica que la única ceremonia que hoy podemos documentar con cierto detalle que jamás haya tenido lugar en el monumento no sea un espectacular ritual de los días gloriosos del imperio ateniense del siglo V antes de Cristo, sino la llegada de un arzobispo bizantino". Tras la Edad Media, cuando Atenas pasó a formar parte del Imperio otomano, se convirtió en una mezquita, con minarete incluido. Gracias a esos sucesivos usos, cuenta Beard, el edificio se conservó en buen estado. Pero en el siglo XVII, en la guerra entre los venecianos y los otomanos, estos lo convirtieron en un depósito de pólvora, estalló y adquirió un nuevo estatus: el de ruina.
Cubierta de 'El Partenón', el nuevo libro de Mary Beard.
Beard cuenta también cómo esa ruina suscitó tanto ensoñaciones románticas como una rapiña constante. Pone un gran énfasis en cómo el diplomático escocés Lord Elgin, ya en el siglo XVIII, se empeñó en llevarse todas las esculturas que pudo al Reino Unido, con la excusa de que los griegos eran incapaces de cuidar esos tesoros —que estaban tirados en lo alto de la Acrópolis y que los locales rompían para reutilizar la piedra— y de que así se cultivaría el gusto de los británicos. Y entra en la discusión, una de las más encendidas del mundo cultural, de si el Museo Británico debería devolverlos a Grecia, algo que esta ha pedido reiteradamente y, en ocasiones, ha explotado para alimentar el nacionalismo.
Beard sabe saltar con facilidad del mundo antiguo al actual —aunque eso hace que el libro sea un poquito desordenado— para explicar qué cosas de la cultura clásica conserva la nuestra y con qué frecuencia manipulamos el legado histórico. Y el libro transmite muy bien cómo el Partenón ha ido adquiriendo significados muy dispares según el momento y los intereses de los poderosos, hasta el punto de que hoy muchos lo ven como un emblema político sinónimo de nuestra civilización. Pero ante todo, El Partenón es una pequeña y amena lección de historia cultural muy fácil de disfrutar.
El Partenón es uno de los edificios más reconocibles y fotografiados del mundo. Lo visitan 20.000 personas al día. Lo identificamos con muchas ideas abstractas: el clasicismo, la filosofía, la democracia o hasta la civilización occidental. Y ha inspirado a los arquitectos más dispares: no solo a los romanos y a los renacentistas, sino incluso a Le Corbusier, el más vanguardista de los modernos. Pero, ¿qué sabemos en realidad del Partenón?