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Es hora de que leas al mejor escritor reaccionario de España
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Es hora de que leas al mejor escritor reaccionario de España

Una nueva edición abreviada de la mayor obra de Marcelino Menéndez Pelayo nos permite ver, al mismo tiempo, su visión inquebrantable de la historia de España y su empatía con quienes, a su juicio, quisieron destruirla

Foto: Marcelino Menéndez Pelayo. (Wikipedia)
Marcelino Menéndez Pelayo. (Wikipedia)
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España es católica y todo lo que sea anticatólico es, en esencia, antiespañol. El progresismo es un injerto artificial en la cultura y la política españolas. Existe una leyenda negra contra la Inquisición, que fue un tribunal justo. Es estúpido pensar que los musulmanes y los judíos hayan tenido un papel relevante en la definición de la identidad española. Nuestro mejor momento histórico fue el reinado de los Austrias, puesto que lucharon contra la expansión del Islam y trataron de aplastar la herejía protestante. La influencia francesa —racionalista, progresista, enciclopedista y básicamente hipócrita— es lo peor que le ha pasado a la cultura española. Lo mejor que puede hacer nuestro país para recuperar la grandeza es volver a su pasado.

Hoy estas afirmaciones, u otras parecidas, están de actualidad. Sin embargo, no tienen nada de nuevo. De hecho, las articuló hace casi ciento cincuenta años uno de los intelectuales más extraordinarios, raros, irritantes y seductores que ha dado España: Marcelino Menéndez Pelayo. Ahora, la editorial Calenda ha publicado una versión reducida de su libro más impresionante, la Historia de los heterodoxos españoles; el original completo se publicó en ocho volúmenes y tenía unas 3.500 páginas, frente a las 700 de esta edición. Y es una excusa perfecta para releerlo y ponderar su enorme influencia no solo durante su tiempo, el de la Restauración monárquica a caballo entre el siglo XIX y el XX, sino también en la derecha de la época de Primo de Rivera y la Segunda República, su conversión en el referente ideológico del franquismo, su ascendente sobre el marginal antiliberalismo católico de la democracia y su actual relevancia con el auge de la nueva derecha.

Con Historia de los heterodoxos españoles, Menéndez Pelayo quiso reconstruir el pensamiento español que, entre el siglo XV y finales del XIX, se había enfrentado a la que para él era la única identidad propiamente nacional, la del catolicismo, la monarquía y el antiliberalismo. La versión reducida de Calenda, con buen criterio, se centra en cuatro grandes categorías de heterodoxos: los erasmistas, los jansenistas, los ilustrados y los krausistas. Menéndez Pelayo era increíblemente erudito: en esta obra explica las ideas de pensadores y libros cuya existencia nadie recordaría si, precisamente, no aparecieran en estas páginas; hace chistes sobre teólogos oscuros y es capaz de criticar con una crueldad aterradora, y en ocasiones hasta divertida, a filósofos y poetas menores.

placeholder Cubierta de la nueva edición de 'Historia de los heterodoxos españoles', de Menéndez Pelayo.
Cubierta de la nueva edición de 'Historia de los heterodoxos españoles', de Menéndez Pelayo.

Pero además de erudito, Menéndez Pelayo era enormemente rígido: aunque fue una persona compleja que cambió de opinión a lo largo de su vida —un reaccionario que no acabó de encajar ni con los carlistas ni con los liberales, y que con el tiempo aceptó a regañadientes la incipiente democracia—, interpretaba la historia española de manera inquebrantable: España inició su decadencia con la llegada al poder de los Borbones y las ideas ilustradas y enciclopedistas de los franceses. Luego siguió con "la Constitución de Cádiz, con los acordes del himno de Riego, con la desamortización de Mendizábal, con la quema de conventos y las palizas a los clérigos, con la fundación del Ateneo de Madrid y con el viaje de Sanz del Río a Alemania", tras el cual se introdujeron en España ideas progresistas, laicas y pedagógicas que Menéndez Pelayo combatió durante toda su vida. Todo ello queda claro en el libro, al igual que su sensación de que solo la recuperación de lo que él entendía por "tradición nacional" podía sacar a la sociedad española de una "imbecilidad senil".

Pero quizá el rasgo más fascinante de Menéndez Pelayo, y de este libro, es su empatía por aquellos a quienes acusaba de haber tratado de destruir la identidad española y de sumir al país en una "terrible crisis espiritual". Muestra un genuino interés por ellos. Quiere entenderles. Es capaz de decir que, pese a sus ideas equivocadas, son magníficos escritores, como hace en el caso de Erasmo. Dice una y otra vez que detesta a los economistas, porque considera que sus ideas son una excusa para introducir un racionalismo arrogante, y al mismo tiempo se toma la molestia de considerar la influencia de Adam Smith en España o de explicar por qué Jovellanos, pese a sus ideas económicas, fue un pensador clave. Se nota que pueden llegar a gustarle sus odiados Voltaire y Diderot. A menos que el lector sea también un erudito, la mitad del tiempo no sabrá de quién diablos está hablando Menéndez Pelayo, pero se dará cuenta de que se trata de alguien que vale la pena tener en cuenta.

A Menéndez Pelayo no le hizo ningún bien que el franquismo le convirtiera en una especie de tesoro nacional. Pero es un tesoro nacional

A Menéndez Pelayo no le hizo ningún bien histórico que el franquismo le convirtiera en una especie de tesoro nacional. Pero lo cierto es que es un tesoro nacional. Con esta obra, recuperó a escritores que, aunque él pensaba que habían sido dañinos para España, de otra manera quizá habríamos olvidado. En cierto modo, eso es un reconocimiento de que España es un poco más compleja de lo que transmitía su propia idea del país. Y puso las bases de un pensamiento reaccionario sólido. En ese sentido, hoy es especialmente relevante: quien piense que la derecha radical actual es una mera expresión del analfabetismo, la incultura o el desprecio por los libros no ha entendido nada. Si quiere entenderlo, lo primero que debe hacer es leer esta edición relativamente digerible de una obra inabarcable.

España es católica y todo lo que sea anticatólico es, en esencia, antiespañol. El progresismo es un injerto artificial en la cultura y la política españolas. Existe una leyenda negra contra la Inquisición, que fue un tribunal justo. Es estúpido pensar que los musulmanes y los judíos hayan tenido un papel relevante en la definición de la identidad española. Nuestro mejor momento histórico fue el reinado de los Austrias, puesto que lucharon contra la expansión del Islam y trataron de aplastar la herejía protestante. La influencia francesa —racionalista, progresista, enciclopedista y básicamente hipócrita— es lo peor que le ha pasado a la cultura española. Lo mejor que puede hacer nuestro país para recuperar la grandeza es volver a su pasado.

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