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Cómo el triunfo de los medicamentos para adelgazar está cambiando las reglas del estatus
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Cómo el triunfo de los medicamentos para adelgazar está cambiando las reglas del estatus

Ozempic, Mounjaro y similares están acabando con una base del prestigio social: que estás delgado porque tienes disciplina y capacidad de sacrificio. Si todo el mundo puede estar delgado sin esfuerzo, ¿qué estatus tiene estar delgado?

Foto: Imagen: iStock/CSA.
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Pueden verse en muchas paradas de autobuses de Madrid. Recomiendan a las personas obesas que dejen de sentirse acomplejadas y se animen a combatir su dolencia. Los anuncios no parecen vender ningún producto, solo recomiendan una actitud saludable, pero son de la farmacéutica Lilly. Esta compañía fabrica dos de los medicamentos más exitosos contra la obesidad, Zepbound y Mounjaro, cuyas ventas han alcanzado los 10.000 millones de dólares al trimestre, lo que ha hecho que la empresa acabe de superar el billón de dólares de capitalización bursátil. Su principal rival es Novo Nordisk, fabricante de Ozempic, que en algunos momentos ha llegado a ser la empresa europea más valiosa. La competición entre las dos farmacéuticas no solo está cambiando la medicina y haciendo y deshaciendo fortunas millonarias. También está transformando la cultura de una manera extraña.

El estatus

Las reglas del estatus cambian. Pero, durante muchas décadas, lo que nunca ha cambiado es el prestigio de la delgadez. En primer lugar, porque desde que el consumo de calorías ha dejado de ser un problema para la inmensa mayoría de la gente, ya no asociamos la riqueza a la gordura, sino a la capacidad de consumir cosas buenas, saludables y escasas. Pero también porque la autoayuda, que en términos prácticos actúa como la verdadera filosofía de nuestro tiempo, no ha dejado de enfatizar la relación entre las virtudes morales y la forma física. Según este "sentido común" que se cuela en bestsellers, programas de radio y tele, entrevistas a famosos y publicidad de todo tipo, comer poco es una señal de fortaleza. Hacer mucho ejercicio es una señal de disciplina. Renunciar a la comida basura y el sedentarismo es una señal de sabiduría. La ausencia de grasa es una señal de sacrificio, y el sacrificio es una virtud que solo tienen los mejores. No es nada nuevo en la cultura, pero en nuestro tiempo estar bueno se ha consolidado como un rasgo de carácter.

Obviamente, a principios de esta década se produjo un cierto paréntesis en esta identificación entre ser valioso y estar en forma. Entonces se generalizó la idea de la "diversidad de cuerpos", la reivindicación de que puede haber belleza en cualquier tipología física, y que sugerir lo contrario es una forma de opresión. Las marcas de ropa o de productos de belleza empezaron a utilizar modelos "reales", Taylor Swift incorporó a su espectáculo algunos bailarines con sobrepeso y en las portadas de las revistas de moda femeninas aparecieron cuerpos "no normativos".

Tengo la sensación de que el empeño duró poco. Y, con el auge de los medicamentos para adelgazar (en Estados Unidos los han tomado 12 millones de personas y en Reino Unido, 1,4 millones; no he encontrado datos para España), todo ha cambiado de nuevo. Jo Ellison, una de las periodistas de moda más importantes del mundo anglosajón, ha explicado que entre los asistentes a los desfiles de moda, muchos de los cuales defendían la diversidad de cuerpos, ya no hay gordos. En Reino Unido, los restaurantes han entrado en pánico, porque hay tanta gente tomando esos medicamentos —que inhiben el apetito— que ha caído el número de comidas de negocios, así que están adaptando los menús a la nueva realidad con raciones más pequeñas. Y no tiene por qué ser una consecuencia directa, pero las grandes marcas de ropa de deporte, como Lululemon, que se beneficiaron de los años en que mostrar que ibas al gimnasio era una señal de estatus, están pasando una fuerte crisis económica: ¿para qué ir al gimnasio si puedes adelgazar en el sofá? La actriz Amy Schumer, que durante mucho tiempo no tuvo reparos en hacer chistes sobre su sobrepeso, cumplió el sueño de cualquiera con la crisis de la mediana edad: se divorció, se compró un piso en Manhattan y perdió 25 kilos tomando Mounjaro.

Cuando un bien deseable está al alcance de muchos, deja de ser exclusivo y pierde valor. Si nadie está gordo, ¿qué valor tiene estar delgado?

Se trata de un cambio enorme en las reglas del estatus: estar delgado ya no será fruto de una disciplina moralmente admirable, que te hace socialmente superior, sino del simple hecho de tomar un medicamento; a partir de este mes, en Estados Unidos, gracias a una nueva innovación recién aprobada por el Gobierno, no mediante un inyectable, sino con una simple pastilla al día. Algunos medios progresistas, como El País, ya han denunciado que se trata de una nueva forma de desigualdad: dado que el medicamento sigue siendo caro —unos 1.000 dólares al mes en Estados Unidos, aunque Trump ha exigido que el precio se reduzca a una cuarta parte de eso— ahora para ser delgado no habrá que ser disciplinado, sino tener pasta. Muchos guardianes de la moral —y también gente que se gana la vida imponiéndote disciplinas, como los nutricionistas y los coaches— han sugerido también que tomar Ozempic y otros medicamentos similares es hacer trampa. Lo que les duele, creo, es que son conscientes de que cuando un bien deseable está al alcance de muchos, deja de ser exclusivo y por lo tanto pierde valor. Si nadie está gordo, ¿qué valor va a tener estar delgado?

Pueden verse en muchas paradas de autobuses de Madrid. Recomiendan a las personas obesas que dejen de sentirse acomplejadas y se animen a combatir su dolencia. Los anuncios no parecen vender ningún producto, solo recomiendan una actitud saludable, pero son de la farmacéutica Lilly. Esta compañía fabrica dos de los medicamentos más exitosos contra la obesidad, Zepbound y Mounjaro, cuyas ventas han alcanzado los 10.000 millones de dólares al trimestre, lo que ha hecho que la empresa acabe de superar el billón de dólares de capitalización bursátil. Su principal rival es Novo Nordisk, fabricante de Ozempic, que en algunos momentos ha llegado a ser la empresa europea más valiosa. La competición entre las dos farmacéuticas no solo está cambiando la medicina y haciendo y deshaciendo fortunas millonarias. También está transformando la cultura de una manera extraña.

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