Iluminaciones
Por
Afueras del sistema
'La vida simple' (Alfaguara), de Sylvain Tesson, es un texto abrumador por su belleza y radical por su contenido
«La libertad sigue existiendo. Basta pagar su precio».
Esta frase de Henry de Montherlant no sólo sirve de exordio a La vida simple (Alfaguara), de Sylvain Tesson, sino que resume la filosofía de un texto abrumador por su belleza y radical por su contenido. La existencia, que es una pedagoga brutal, es también una aventura extraordinaria para quien acepta su plausible sinsentido y su profunda inaprehensibilidad, pues toda vida, a la postre, es irreductible a nada que no sea ella misma. La vida se puede soñar, teorizar e imaginar, pero sólo desde la emotividad del gesto y la asertividad de quien hace cosas, de quien permite que las cosas le sucedan, merece y puede ser celebrada.
En un momento en que la felicidad se nos ha impuesto como un deber antes que como un derecho, y cuando nuestra filosofía de la seguridad ha reducido a parodias tiernas los viejos Leviatanes creados por los teóricos del Estado, escribir sobre hombres libres puede parecer un asunto para almas bellas, pero Tesson muestra cómo, a fin de cuentas, y precisamente porque es posible, la libertad continúa siendo el empeño más arduo, pero también la conquista más honda.
El dramatismo que cualquier experiencia de la libertad encierra (sea en el terreno de los afectos, sea en el terreno de la ideología, sea en el terreno que nos atañe: el de una vida lejos de los caminos habituales de la masa y el gregarismo) ocupa un lugar capital en este libro que recupera un viejo anhelo: la experiencia de los bosques, la huida del rumor de los trabajos y días, la evidencia de que es posible luchar contra el orden no porque se anhele formar parte de él, lógica oculta en la mayoría de los llamados movimientos antisistema, sino porque se ha decidido ignorar cada una de las comarcas de ese monstruo frío. Como Walt Whitman expresó de modo insuperable: «No tengo nada que ver con este sistema, ni siquiera lo necesario para oponerme a él».
La coartada para organizar esta propuesta es una historia protagonizada en primerísima persona. Entre febrero y julio del año 2010, Sylvain Tesson, geólogo por formación, viajero por devoción y escritor por vocación, vivió en Siberia a orillas del lago Baikal, el más profundo del mundo, en una cabaña situada a 120 kilómetros del pueblo más cercano, con temperaturas de 30 grados bajo cero en invierno y osos a la puerta tras el deshielo, pertrechado con herramientas de carpintería, sostenido por víveres, vodka y puros, acompañado por dos perros y fortalecido con literatura de distinto signo, desde el velo de Maya de Schopenhauer a novelas policiacas con que poner sabor al tedio.
Su trabajo conforma un espléndido retrato de un paisaje y de una conciencia, un elegante ejercicio introspectivo y una trocha más abierta en el mapa de la cabaña (Thoreau, Mahler, Lawrence de Arabia, Tolstói, Heidegger, Wittgenstein) como espacio de reclusión, pero es la dimensión política de la emboscadura, por utilizar la célebre terminología jüngeriana, la que hace de este libro mucho más que una hermosa aventura literaria, hasta convertirlo en una pieza de resistencia, un texto revolucionario por su capacidad para apelar a una revuelta en el orden del individuo: la conquista de una independencia, posible y efectiva, desde la asunción de una soledad profunda.
La visión de Tesson no es inocente (sabe que el eremitismo es un elitismo) ni utópica (la retirada al bosque no es una solución a los problemas del ecologismo: el fenómeno contiene su contraprincipio). Su relato es el de un hombre que va en busca de soledad para descubrir sus límites (los del cuerpo, cierto, pero también los del intelecto y el espíritu) y para probarse a sí y a los demás que otra vida es factible, que existe una dignidad inalienable en la existencia en la naturaleza, en la certeza de que nuestro mundo ha sido, es y puede seguir siendo un lugar perfecto para habitar en una «sobriedad lujosa».
«La libertad sigue existiendo. Basta pagar su precio».