'La gran belleza': una autopsia festiva

Ricardo Menéndez Salmón analiza el éxito de Paolo Sorrentino 'La gran belleza'. Un filme italiano ganador del premio a la mejor película europea del año

Foto: Imagen de 'La gran belleza', de Paolo Sorrentino
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La fiesta

En el corazón de toda fiesta hay un vacío, un maesltrom que succiona las fuerzas que giran en torno suyo, un agujero negro que devora cualquier tentativa de fuga. Los mundanos, los habitantes del ruido, son aquellos que, en última instancia, no desean sólo asistir a fiestas, sino poseer la capacidad de derogarlas, abolirlas, malograrlas. El auténtico rey de los mundanos es quien con un gesto, una negativa o una mirada displicente logra abortar la aventura febril de los cuerpos y la avalancha de los sentidos. "Los trenes que forman los bailarines en mis fiestas", dice Jep Gambardella a su asistenta entre disparos de cocaína y salvas de música disco, "son los mejores de Roma porque no conducen a ninguna parte". La conciencia del hombre que rige la fiesta es que en su centro, en el punto diáfano y preciso de la alegría, no existe nada salvo el intento desesperado por burlar a la muerte.

Jep

Jep Gambardella cumple 65 años y es el amo del tinglado. Podría verse en él al Marcello de La dolce vita envejecido y devastado por el cinismo, pero Jep es algo más, Jep es alguien más. Jep es el autor de una única novela, El aparato humano, publicada a los 25 años y saludada por Alberto Moravia como un capolavoro. Después, el silencio creativo; es decir, el ruido vital. Mujeres, drogas, fama, dinero, vacío. Hoy Jep, que vive de noche, se asoma al espejo de la vejez y descubre que su reflejo es grotesco, que su alma es oscura y su lucidez fúnebre, y que sólo la nostalgia de un momento delicado, el momento de la grande bellezza, lo mantiene en pie ante la insolvencia de su existencia. Asiste a performances de artistas estúpidas, malgasta su dinero en inyecciones de colágeno y observa sin estupor cómo sus amigos de juventud han descubierto la heroína cuando deberían estar cuidando a sus nietos. De modo que Jep se derrumba aunque lo hace con la pulcritud de un dandi: educada, exquisita, calladamente.

Imagen de 'La gran belleza', de Paolo Sorrentino
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Roma

Caput mundi, ciudad de ciudades, epítome de la gloria y la ruina, Roma nunca sucede en vano. Si Italia es infinita, Roma es inagotable. Vivir en ella es aprender que la Loba sobrevive a sus pobladores, a todo logro, a cualquier triunfo. La estatura de una ciudad se mide por su indiferencia ante lo que en ella acontece. Roma es, en ese sentido, profundamente cruel, una especie de Naturaleza salvaje convertida en Cultura domesticada, aunque en realidad indomeñable. Enorme aparato digestivo de museos, monumentos y capas de tiempo, Roma devora a sus criaturas, las metaboliza en excremento, las expulsa sin torcer el gesto. Un apartamento sobre el Coliseo puede parecer al parvenu un lugar de privilegio en la Tierra, pero es sólo un palco de lujo en la antesala del Infierno. Porque si el desencanto es terrible en los suburbios del mundo, qué decir de esa misma experiencia cuando tiene su asiento en el onfalos primordial.

El circo

En el circo romano abundan los excéntricos. Andrea, que lee a Proust, se suicida porque sabe que la muerte aguarda en una esquina, y esa angustia es más insoportable que cualquier certeza; Ramona, que conoce que va a morir, se desnuda para nadie, pues aunque es hermosa como una joya de alabastro, es ya vieja en los mercados de la carne: su biología jura que tiene 42 años, pura ancianidad; Romà, a quien una yonqui de perfil egipcio ridiculiza hace años, decide regresar a casa, al paese, para al menos ser digno entre los suyos antes que bufón entre los otros; y qué decir del cardenal Bellucci, el mayor exorcista de Europa en su juventud, que ante las cuitas espirituales de sus fieles desgrana recetas del conejo tal y como se prepara en Liguria; o de la niña pintora que emula a Pollock, o del hombre que atesora las llaves de las mejores propiedades de Roma, o de la exhausta condesa Colonna, que alquila su apellido en cenas de gala para al volver a su triste apartamento, en una escena conmovedora hasta el llanto, acudir al palacio en que nació, hoy convertido en museo, y admirar la cuna en la que durmió de bebé. Los monstruos abundan y su catastro es infinito. Todos están ahí, tras las máscaras que ocultan cuanto son. Porque su nombre, a la postre, es Nadie, Nemo, Nada.

Imagen de 'La gran belleza', de Paolo Sorrentino
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La jirafa

El secreto de la magia estriba en que no hay secreto. En un fragmento antológico, Jep se encuentra una jirafa en una especie de decorado etrusco. Un mago, antiguo amigo, le explica que el número estrella de su función consiste en hacer desaparecer a la bestia. Jep le pide entonces que le haga desaparecer a él, al fin y al cabo un animal mucho más pequeño y dócil. Pero el mago, que dejó la juventud atrás hace tiempo, le responde que no sea ingenuo. ¿Acaso piensa que si él poseyera el secreto para hacer desaparecer a las personas aún se arrastraría por Roma volatilizando jirafas? Porque la jirafa no desaparece. Ahí está el truco. Todo es ilusión. Incluida la vida, ese viaje que, como en la cita de Céline que abre la trama, es siempre un viaje al fin de la noche.

¡Actor, actor!

Toni Servillo pertenece a una estirpe de actores únicos. Su presencia, tan común, y que Sorrentino ya empleó en Las consecuencias del amor y en El Divo, es una coraza sólo aparente. Servillo es una máquina de matices, un actor gigantesco, un prodigio al que basta con mover un músculo para desatar los lazos de la inteligencia y la emoción. Hermano de leche de Anatoli Solonitsin, Bruno Ganz o Harvey Keitel, esos hombres en apariencia vulgares pero que llevan el mundo encerrado en su rostro, en su modo de andar o en su dicción.

Servillo es un actor tan grande que obra sin aparente esfuerzo el prodigio de la empatía. Cuando Servillo fuma un cigarrillo, nuestra garganta siente la invasión acre del humo; cuando Servillo se bebe a una mujer con la mirada, nuestro ánimo se enciende con la luz arcana de la belleza de los cuerpos; cuando Servillo prueba el hastío de una vida naufragada, nuestro corazón se encoge sin remedio.

Imagen de 'La gran belleza', de Paolo Sorrentino
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La Santa

104 años de edad y sus pies, sentada en una silla, no tocan el suelo. Anciana de pergamino que sólo come raíces y conoce el nombre de cada pájaro. La Santa revela a Jep la razón de su silencio. Así como la pobreza no se puede decir, sino que sólo se puede vivir, la nada, el asunto central de la vida de Jep, un tema al que Flaubert, su escritor favorito, pensó dedicar su más ambiciosa obra, la inacabada Bouvard y Pécuchet, tampoco se puede nombrar. Pero en la iluminación de esa charla, en las postrimerías de su viacrucis, Jep encuentra motivos para el regreso. Pues hay que volver a donde todo comenzó, al mar, la isla y la luz, al instante fugitivo en que la vida mudó en esa pena insana que durante décadas ha convertido a este hombre en un fuego fatuo.

Ecco! La grande bellezza

Y es que a todos nosotros, incluso al más vano de los mortales, nos ha sido otorgado el privilegio de un momento único, en que todo tuvo otro sabor, otro color, otro aroma. A Jep la gracia se le concedió en el verano de sus 18 años, cuando una muchacha le mostró el centro del laberinto: su pecho desnudo. Claro que la condena de nuestra condición consiste en no ser conscientes de ese instante prodigioso mientras sucede. La comprensión de la belleza se opera siempre cuando la belleza ya se ha retirado. Por fortuna, a unos pocos les es dado desandar el camino, cruzar de nuevo la aduana del tiempo, como en el inolvidable poema de Robert Frost, y pisar otra vez aquella huella irrepetible. Pues de eso, de la redención por la belleza, trata esta maravillosa, enorme e inagotable película, una de las obras mayores del cine europeo en lo que va de siglo.

Iluminaciones
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