Otro tren rigurosamente vigilado
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Ricardo Menéndez Salmón

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Otro tren rigurosamente vigilado

'El tren cero', la última novela del autor ruso Yuri Buida es uno de los libros que debería haber recibido más atención de crítica y público en 2013

placeholder Foto: Tren con locomotora en Inglaterra (CC)
Tren con locomotora en Inglaterra (CC)

Limitada por extensión (apenas 120 páginas incluyendo un epílogo de uno de sus traductores, José María Muñoz Rovira), pero profunda y vasta por ambición, El tren cero podría significarse como uno de los grandes títulos del pasado 2013, uno de esos libros «tapados» que merecen mucha más atención de la que crítica y público le han dispensado.

Aparecida en Automática Editorial, la narración de Yuri Buida es una vigorosa muestra del tan complejo como sugestivo arte de la parábola, arte que goza de especial predicamento en esa distancia resbaladiza, no siempre sencilla de definir, que discurre entre el relato largo y la novela breve, y que algunos de los mayores escrutadores de la ambigüedad humana han recorrido en sus escritos.

De El velo negro del ministro, de Hawthorne, a Un médico rural, de Kafka, pasando por Bartleby el escribiente, de Melville, y culminando en El desierto de los tártaros, de Buzzati, nos movemos aquí en el fascinante terreno de la indeterminación. Al diablo, pero también a lo sagrado, le gustan los ámbitos huecos. La gran literatura respira mejor en ambientes poco ricos en oxígeno, donde ni los cielos están despejados ni las habitaciones han sido aireadas. Se escribe mejor, y más lúcidamente, cuando no hay causas finales ni porqués, o cuando aquéllas y éstos son menos evidentes de lo que creemos.

Aunque El tren cero posee un cronomapa (la vida de un grupo de gentes reunidas en algún instante de la larga noche estalinista) e incluso un motivo para que estas gentes estén allí y no en otra parte («Cien vagones de puertas tapadas y precintadas, dos locomotoras delante y dos detrás, ¡chu, chu, u, u, u! Cien vagones. Destino desconocido. Procedencia oculta. Punto en boca. Vosotros a lo vuestro: que los carriles estén en perfecto estado»), lo cierto es que las preguntas que arrojan su sombra sobre la narración (qué o a quién transporta ese tren que con obstinación matemática pasa siempre a la misma hora; por qué motivo es precisa que esa circulación transcurra libre de cualquier obstáculo) nunca son contestadas de forma diáfana.

La solución del enigma, como quería Borges, no está a la altura del enigma planteado, así que es mejor suspender dicha búsqueda. Ningún país es literariamente tan fecundo como el país de la incertidumbre.

Presos de un orden que no entienden, bien porque los aterra, porque los ignora o porque los destruye, bien, como en el caso del carácter principal, Iván Ardábiev, porque la resolución de la disciplina es más poderosa que cualquier otra instancia, los protagonistas de El tren cero son piedras al borde de los raíles por los que circula su destino. Su labor fundamental es la espera, pero no la espera en beneficio de una respuesta, sino la espera con vistas a la consecución de una regla ajena al cálculo o interés de quienes habitan a su paso.

Se vive por omisión, para la satisfacción de un fin, espúreo o primordial, trágico o feliz, aterrador o venturoso, que resulta ajeno a los hombres y mujeres que lo propician. Además, las formas de rebeldía que los habitantes de la Línea proponen abocan directa y fatalmente a la extinción. En ese sentido, Ardábiev, que encarna el drama de un pathos que actúa sin objeto, escoge en cierto momento de su vida entre la locura y la docilidad, si bien su decisión final, la que cierra sin remedio la rueda infernal de los vagones y su carga, invierte el orden para hallar, en la destrucción de todo, un sentido paradójico. Como si sólo encarnándose en la pura violencia, las respuestas pudieran brotar.

Stalker de una Zona detenida al borde de su propia irresolución, Ardábiev no guía a sus instintos ni a ningún extraño hacia una hipotética habitación de los deseos, donde todo se podría satisfacer, sino que permanece como último y único representante de un mundo autónomo, en el que fines y medios se confunden, y donde el aspecto problemático de la realidad no radica en su ausencia de respuestas, sino en la necesidad de no hacer preguntas. Pues la pesadilla de cualquier sistema opresivo no es, a la postre, que conduzca a la infelicidad, sino que aboca al silencio.

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