Marcel Beyer y Sibylle Lewitscharoff

Joyas ocultas de la literatura alemana

Los nombres que yo mencionaría si un escritor de otro país me preguntara a quién debe leer en España para conocer escritores con mayúscula.

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La escritora alemana Sibylle Lewitscharoff
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    Cuando viajo a un país ajeno, me gusta indagar sobre los escritores vivos que merece la pena leer. Sigo esa costumbre porque mi experiencia me dicta que, fuera de los autores consagrados y los best seller coyunturales, quienes nos dedicamos a la escritura vivimos en una profunda ignorancia respecto a la creación que nos rodea, incluso en países de nuestro entorno.

    Desde hace un par de meses, y aprovechando mi actual residencia en Alemania, me he empeñado en indagar qué de sobresaliente se hace allí, cuáles son los nombres que están proponiendo una literatura de peso, qué autores hay que conocer para saber de qué hablamos cuando hablamos de literatura alemana contemporánea. Lo que intento es descubrir quiénes son el Enrique Vila-Matas, el Rafael Chirbes, la Marta Sanz alemanes, los nombres que yo mencionaría si un escritor de otro país me preguntara a quién debe leer en España para conocer escritores con mayúscula.

    Ninguna editorial afincada en España ha publicado la obra de Sibylle Lewitscharoff

    En mis primeras pesquisas, y tras interrogar a un nutrido y diverso grupo de lectores (editores, autores, profesores, periodistas), dos nombres han aparecido de forma recurrente: Marcel Beyer y Sibylle Lewitscharoff. Como sospechaba, un vistazo al catálogo de nuestro isbn resulta desalentador. Marcel Beyer fue publicado en 1999 (El técnico de sonido) y 2002 (Espías) por Debate, pero desde el año 2003, cuando Bassarai editó Comida falsa, no ha vuelto a recibir la atención de nuestros editores. Con Sibylle Lewitscharoff las cosas no marchan mucho mejor. Ninguna editorial afincada en España ha publicado su obra, aunque por fortuna Adriana Hidalgo Editora, con sede en Buenos Aires y distribución en nuestro país, y que atesora en su catálogo a excéntricos de la talla de João Gilberto Noll y Rudy Kousbroek, ha publicado en 2011 y en 2013 dos de sus novelas: Apostoloff y Blumenberg.

    Ante la dificultad de hacerme con los ya viejos títulos de Beyer, opté por centrarme en los más recientes de Lewitscharoff. Mis asesores alemanes se han ganado mi confianza y gratitud. Apostoloff es un libro notable y Blumenberg es un texto extraordinario. Y ambos poseen algo que no siempre es fácil de definir, pero que resulta sencillo de detectar: audacia. Audacia formal y conceptual. Audacia en lo que se narra y en cómo se narra. Audacia de quien sabe que la literatura no apunta a otro lugar que a uno mismo, a las obsesiones de quien expone su intimidad, y que allá fuera, en la espesura de la urgencia y la feria de las vanidades, no importa quién triunfe, quién reciba el aplauso, a quién se señale con el dedo. Como escribiera Valéry en Monsieur Teste: «Hay que entrar a uno mismo armado hasta los dientes. Hay que hacerse a uno mismo la visita del casero».

    Apostoloff, una novela con deneí danubiano

    Lewitscharoff nació en Stuttgart, pero su padre era búlgaro. Apostoloff es, así, una novela con deneí danubiano: los suabos de Baden-Wurtemberg y el monje Cirilo, Occidente y Oriente, dialogan en ella como el gran río que cruza el continente lo hace con sus gentes. Un progenitor suicida, que se borró en la infancia de la protagonista, pero cuya memoria reaparece con ocasión del traslado de sus restos desde Alemania hasta Bulgaria, sirve a Lewitscharoff para indagar en los demonios familiares y también para exhumar cadáveres de ese confuso conglomerado llamado Europa. Los muertos que aquí desfilan no son, pues, necesariamente personas: una época, una cosmovisión, una sensibilidad muestran sus despojos mientras la protagonista recorre las carreteras búlgaras y las autopistas de su memoria.

    Nada escapa a la mirada de la viajera: ni lo nimio ni lo sublime, ni lo privado ni lo político, ni la chatarra poscomunista ni las felices promesas de la socialdemocracia. Sólo de vez en cuando la hermosura de algún rincón, como en el caso de la ciudad de Plovdiv, y la eficaz melancolía de Apostoloff, el chófer que guía a la viajera en su periplo, permiten a Lewitscharoff dar un respiro a su autopsia. El resto es un feroz ajuste de cuentas, una inmersión a pulmón libre en las aguas profundas del recuerdo, la literatura como la más profunda forma de la inmisericordia.

    Mientras Apostoloff se construye sobre cimientos en apariencia autobiográficos y obedece a un modelo reconocible, el de la correspondencia entre un viaje exterior y un viaje interior, Blumenberg es una apuesta radical y uno de los textos más originales que recuerdo haber leído en años. Si Lukács no erró al afirmar que la novela era la epopeya de un mundo sin dioses, cabe pensar en el filósofo como uno de los protagonistas por antonomasia de este universo desdivinizado. 

    Blumenberg, una apuesta radical

    Ya desde Sócrates, el filósofo encarna al héroe de un mundo en crisis. Un héroe de raíz elucidativa, cierto, pero que no construye su identidad sólo desde la excelencia del pensamiento, sino también desde el gesto. La aceptación por parte de Sócrates de su condena es tan importante como el conjunto de ideas recogidas en los textos platónicos. Sin la prueba de la cicuta, la confianza socrática en la existencia de determinados universales quedaría amputada. Lo que dignifica la filosofía del creador de la mayéutica es la coherencia entre vida y doctrina.

    La pasión del novelista por la figura del filósofo es conocida. Pierre Bergounioux ha cifrado la aventura de Descartes en uno de los libros más bellos de las últimas décadas, Una habitación en Holanda; Robert Menasse hizo lo propio con Spinoza en su magistral La expulsión del infierno; Thomas Bernhard, fascinado por Wittgenstein, de quien insinuó que era una pregunta a la que no era posible dar respuesta, dedicó su obra maestra, y una de las obras maestras de la literatura de todas las épocas, Corrección, a intentar desentrañar el enigma de ese hombre único. Sumándose a tan magnífico elenco, Sybille Lewitscharoff ha estudiado a Hans Blumenberg en Blumenberg, novela en la que recupera una de las tesis centrales del filósofo de Lübeck, la idea de que contar historias es el privilegio de los débiles.

    Blumenberg cifró en los mitos y en sus metáforas el acervo de nuestra especie para oponerse a lo que denominó el absolutismo de la realidad

    Blumenberg fue un gran filósofo alemán, no tan célebre como Adorno, Habermas o Gadamer, pero clave para una consideración del pensamiento europeo durante el pasado siglo, al menos en lo que a su vertiente antropológica se refiere. Escritor de descomunal potencia, Blumenberg cifró en los mitos y en sus metáforas el acervo de nuestra especie para oponerse a lo que denominó el absolutismo de la realidad. Frente a la perspectiva innegociable de la muerte, el hombre precisa de un enorme tejido simbólico que le permita orientarse en el devenir de la existencia.

    Para ilustrar esta epopeya sin dioses, esta dignidad del filósofo que se aferra a su mortalidad con orgullo, Lewitscharoff apuesta por un punto de partida tan sugestivo como insólito, una pirueta en el vacío. A partir de cierto momento de su vida, en su casa, durante sus clases, a lo largo de sus paseos, a Blumenberg le acompañará un león. La impronta de semejante presencia convierte la acción de la novela en una constante prueba, de la que la escritora sale indemne dada su maestría para recorrer hasta el límite las posibilidades de semejante metáfora: el león como animal de compañía de la sabiduría; el león como guardián del héroe meditativo; el león como emblema de la honradez intelectual.

    Blumenberg, el filósofo que cada viernes impartía sus famosas clases de Münster, se convierte en el portador de una radical esperanza. Entre los hombres, en ese siempre renovado tiempo de infamia que es la Historia, él es el único que merece la presencia del león, la fuerza del mito que tan magnífica bestia concita. Porque aunque incluso al filósofo le aguarde el zarpazo de la muerte, es decir, del olvido, en su tarea, en su escritura, en su soledad habrá encontrado los medios para probar que, si bien el tiempo de nuestra vida es apenas un plazo, las historias que lo pueblan son infinitas.

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