Los días felices o no... Sobre el capricho de la soledad

“Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida”, le increpa una desesperada Adela a su hermana Magdalena, “no quiero estar encerrada”

Foto: 'Interior'. Vilhelm Hammershøi. 1898. Museo Nacional de Estocolmo.
'Interior'. Vilhelm Hammershøi. 1898. Museo Nacional de Estocolmo.

La soledad es caprichosa. Desigual. Se instala en el pecho y te hunde en su amargura. Te confunde. Te acompaña. Da lo mismo si tienes uno o un ciento de amigos, su sabor amargo puede pintar de negro tus noches. La soledad construye. Alimenta. Es significante, y también significado. Hay veces en que descansas en su afamada apatía. Te reconcilia con el ruido, con la vida. Hay soledades solas, y muy mal acompañadas. Soledades necias. Soledades blancas. Soledades sonoras, como la de Juan Ramón Jiménez. Las hay trágicas, y también necesarias.

“Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida”, le increpa una desesperada Adela a su hermana Magdalena, “no quiero estar encerrada”, continúa cubierta de ciega pena. El encierro es para ella lo mismo que la propia muerte. Es transigir con la nada. Es dejar en suspenso el vivir. Cercada por su propia sangre, se siente más sola que nunca, más aislada. “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el aire de la calle”, ha tronado la madre, Bernarda, y la oscuridad se ha hecho cierta. Pero el luto de Adela es verde, como su traje, como su esperanza. Verde como el vestido de la Tarara.

La soledad obligada es la peor, la menos grácil. Encerrados entre muros, entre palabras, hay quienes toleran los días, quienes, simplemente, dejan que pasen. Pero hay soledades que requieren del otro, de un tercero que te recuerde que existes en mitad de tu clausura. Por eso Winnie reclama de Willie su mirar, porque necesita saberse sola en el ocaso de su vida. La Winnie de Becket no solo está anclada a un montón de tierra que parece dispuesta a engullirla, no; es prisionera de su pasado, de su presente y, lo peor de todo, de un futuro que se agota. Ella, que “está terriblemente ocupada no haciendo nada”, llena sus días, sus días felices, con promesas falsas; “el estilo antiguo”.

Encerrados entre muros, entre palabras, hay quienes toleran los días, quienes, simplemente, dejan que pasen

Intento ir al teatro tres o cuatro veces por semana. Me hace feliz. Antes de que esta soledad se erigiera, antes de que las ventanas de mi casa se convirtieran, como con Hitchcock u Özpetek, en escenario del mundo (de un mundo a solas), justo antes, volví al Valle Inclán, a ver 'Los días felices', de Samuel Becket. Regresaba solo, con cierta sensación de última vez, de epílogo, sin cómplices ni testigos, sin más voces que las que manaban, punzantes, desde las propias tablas.

“Timbrazo agudo”, lo dice el autor, y, en el centro de la escena, llenándolo todo, sepultada por los restos de lo que podría ser su vida, aparece esa mujer sola, que, bajo “una luz cegadora”, levanta la cabeza y mira. Parece buscarse en medio de su propia aflicción. Un cierto agonizar que pasa por música cuando quien declama es Fernanda Orazi. Una música asonante, bella, plagada de trampas, de matices; alegre, despreocupada, abisalmente incierta. La actriz convertida en tótem, en una de esas columnas 'sans fin' de Brancusi, que lo que buscan es tocar el cielo. Como una Virgen vestidera.

'Los días felices', de Samuel Becket (dirigido por Pablo Messiez en el CDN).
'Los días felices', de Samuel Becket (dirigido por Pablo Messiez en el CDN).

Sobre altares dorados, bajo palio, orladas de flores, de llanto, con sus mantos de terciopelo negro y el corazón asaeteado, Vírgenes de la Soledad, de los Dolores, presiden capillas de todo el orbe católico. En sus ojos, bolitas de pasta vítrea de un extraño, casi siempre, color pardo, legiones de piadosos depositan sus más íntimos anhelos. Como Winnie, buscan ser escuchados; como Adela, se parapetan en la fe. Se entregan a esas inertes esferas sin recalar en la paradoja. No es lo que son, es lo que quieren ser, lo que queremos, devotos, que sean. Credo. Folclore. Esperanza. Pero ahí están, ahí estamos, reflejados en esos iris, transformados por lo convexo de su mirar. “Espejo de justicia”.

El espejo es, para Cesare Ripa, símbolo de prudencia, de verdad; también adorna a María en los lienzos de Ribera, de Zurbarán. Espejos como los que pinta Hammershøi colgando de sus interiores quedos, sobre inhóspitos y entelados muros, empapados de una fría luz que se cuela por otras ventanas, las de unos yermos y burgueses salones que parecen altares. Camarines serenos, desiertos, donde, casi siempre, impertérritas mujeres se entregan a la lectura; quién sabe si piadosa, quién sabe si, como Winnie, al contenido absurdo que arroja el absurdo mango de un absurdo cepillo de dientes. De lo que no hay duda es de que están solas, ensimismadas.

'El Principito'.
'El Principito'.

La soledad es un espejo, “un reencuentro consigo mismo”, sentencia el Principito desde la más absoluta de las soledades, desde un planeta “apenas más grande que una casa”. La soledad nos permite alejarnos de otros yoes, de supercherías y recelos para, en silencio, o no, continuar asumiéndonos, enfrentados, ahora sí, a nuestro reflejo, el que, de nosotros mismos, nos devuelve la gélida pared. Estar solos puede ser curativo, alumbrante, decisivo. También dramático. Y, quizás, en nuestras casas, que ahora sentimos escuetas, angostas, cárceles “en que el alma está metida”, solo nos reste cuidar de esas “cuatro espinas insignificantes” que nos protegen, de esas sencillas cosas que realmente nos hacen los días felices. Fuera, y “desde hace millones de años”, siempre habrá corderos esperando a devorarnos.

*

'Los días felices'. Dirigida por Pablo Messiez en el Centro Dramático Nacional, con Fernanda Orazi como Winnie y Francesco Carril como Willie.

'La soledad sonora'. Juan Ramón Jiménez. 1908.

'La casa de Bernarda Alba'. Federico García Lorca. 1936.

'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry. 1943.

'Los días felices'. Samuel Becket. 1961.

'La ventana indiscreta'. Alfred Hitchcock. 1954.

'La ventana de enfrente'. Ferzan Özpetek. 2003.

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