El necesario triunfo de la carne

Hoy, nuestro confinado mundo aguarda, al igual que el barquero del Hades, en mitad de una ignota corriente, a que, del otro lado, el que fuere, lleguen señales seguras para tomar pronta tierra

Foto: 'El paso de la laguna Estigia'. Joachim Patinir. 1520-1524. Museo del Prado.
'El paso de la laguna Estigia'. Joachim Patinir. 1520-1524. Museo del Prado.

Siempre me he sentido profundamente atraído por una pequeña tabla que conserva el Museo del Prado. Tiene un gran río que parece dividir la tierra en dos y, en su opaco y denso curso, a flote, una sencilla embarcación que lo atraviesa. En el interior de la misma, Caronte y el alma de un justo. Sus ojos contemplan cómo el fuego arrasa lo que queda de una ciudad, de un mundo que parece consumirse entre las llamas. Casi una ruina romántica. Del otro lado, en la otra orilla, hay paz, serenidad, luz. Una luz tenue, límpida, que desciende sobre un bosque primigenio cuajado de frutos, sobre el agua de un serpenteante meandro interior; que se refleja en la bulbosa cúpula de cristal que campea, prodigiosa, al fondo de la escena. "Joachim Patinir. 'El paso de la laguna Estigia'. 1520- 1524". Así reza la cartela. Nada más.

Hoy, nuestro autocomplaciente y confinado mundo, esta sociedad de superhombres (y mujeres) que creíamos saberlo todo, aguarda, al igual que el barquero del Hades, en mitad de una ignota corriente, a que, del otro lado, el que fuere, lleguen señales seguras para tomar pronta tierra. Mientras llegan, también nosotros permanecemos desnudos, también continuamos quietos, inmovilizados frente a la inmensidad de la duda, frente a la impuesta soledad de la piel. Esa verdad unívoca que nos arrastra a la incapacidad de ser, al silencio de la distancia. La única forma de salvar los cuerpos, dicen, pero, también, el mejor modo para acabar con la esperanza.

Creemos lo que vemos y somos lo que tocamos. La verdad de la carne, podría decirse, es la única verdad. La carnalidad manifiesta, incólume. La sugerida, la impuesta, la desvelada. Esa carne que siempre se ha intentado acallar y que, conquistada, ahora se nos niega de nuevo. Tocar es un triunfo. El de la piel nívea, marchita, abrasada, sensual. A Marsias le arrancaron la piel por haber desafiado a Apolo. “¿Por qué a mí de mí me arrancas?”, grita mientras es desollado, mientras padece el martirio y hasta que “sus palpitantes vísceras pueden enumerar”. Privado del tacto, su música calla; la báquica melodía del caramillo, sibilante y pasional, es silenciada.

'El juicio final'. Miguel Ángel Buonarroti. 1536-1541. Capilla Sixtina.
'El juicio final'. Miguel Ángel Buonarroti. 1536-1541. Capilla Sixtina.

Miguel Ángel Buonarroti se pintó a sí mismo en la piel de san Bartolomé, en el testero de la capilla Sixtina, entre los invitados a su juicio final. A la siniestra del Padre, hercúleo, el santo la sostiene como si fuera un trofeo, en cuya agónica faz trasciende el propio pintor. Un autorretrato que revela la tensión de un hombre que se debatía entre la salvación prometida y el placer mundano, entre las obligaciones del credo y la necesidad de sentir. “Ojalá fuese solo mi piel hirsuta/la que, a su pelo tejida, hiciese tal saya”, escribe obsesionado por Tommaso Cavalieri. La sangre, que parece correr entre la carne de sus esclavos, palpitar en las sienes de Moisés y tensarse en la musculatura de David, subyace en estas estrofas. Una corriente vital, poderosa, que casi se ha desvanecido cuando, años después, poco antes de morir, se enfrente a la última de sus 'pietàs', la Rondanini, donde el cuerpo cede, al fin, ante el fulgor del alma.

'Tríptico del Jardín de las Delicias'. El Bosco. 1490-1500. Museo del Prado.
'Tríptico del Jardín de las Delicias'. El Bosco. 1490-1500. Museo del Prado.

La idea de salvación parece contraria a nuestra piel, a ese envoltorio, a “esa cárcel, (…) en que el alma está metida”. La misma que nos condena, que es consustancial a la mancha y nos impide avanzar; que en la 'pietà' Rondanini es, ya, simple materia, una vez “limado todo lo que pudiera sugerir el orgullo del cuerpo”. El infierno, con toda su iconografía macabra, fue, durante siglos, una verdad anunciada, un más que posible destino. Si pecabas, si cedías, “satisfaciendo los deseos de la carne”, eras conducido a sus puertas, frente al “lago de azufre ardiente”; y allí, san Miguel, como Caronte, esperaba, solícito, para pesar tu alma, para darte paso, o no, a la eternidad. Cuando El Bosco pinta el jardín de las delicias, lo que ofrece a su espectador, iniciado en la literatura alegórica, es un trasunto de su vida carnal, aquella de la que debía huir. El pecado de la lujuria en todas sus posibles (y sugerentes) facetas.

'Los amantes'. René Magritte. 1928. MoMA.
'Los amantes'. René Magritte. 1928. MoMA.

Somos porque nos quieren y quererse implica tocar, sentir. Como esas mujeres que, coronadas por frutos rojos, se abrazan en la tabla central del tríptico de las delicias; o los que bailan y enredan sus brazos al amparo de una traslúcida corola, en pleno éxtasis sensorial. Asumir que somos carne y no polvo, comprender el placer, la necesidad de la piel, es, también, parte del mundo moderno. Un mundo que hoy se ve condenado al suplicio de la ausencia, a la ignominia del aislamiento, a la imperante y cruel economía del tacto. Mientras se instala eso que llaman 'nueva normalidad', transformadas las peceras humanas que eran nuestras ciudades en una sucesión de jaulas donde cada cual vive su retiro, toca seguir celebrando la belleza del cuerpo, el deseo de ser y estar, el necesario triunfo de la carne, aunque, a partir de ahora, los amantes requieran de la prevención de un velo, como en el lienzo de Magritte.

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