Enterrar y callar

Las despedidas son importantes: nos empeñamos en resumirlas, en simplificarlas, en someterlas al bienestar de los que sobrevivimos

Foto: 'Entierro en Ornans'. Gustave Courbet, 1850. Musée d'Orsay.
'Entierro en Ornans'. Gustave Courbet, 1850. Musée d'Orsay.

El sexto día, “acabados los cielos y la tierra”, Dios creo al hombre “del polvo” y a la mujer de una de las costillas de este; les ofreció todo, menos la ciencia. Pero, tras el engaño de la serpiente, con la fruta del árbol prohibido, llegó el dolor, el cansancio, el frío y la vergüenza. Llegó el pecado. Llegó la muerte.

La muerte hay que mirarla cara a cara. Por mucho que nos empeñemos en huir de sus efectos, ahí está ella, impertérrita, acechando sin tregua. No nos persigue. Espera paciente a que, sin más, la vida se acabe. Y nos roba el color. Sí, la muerte vuelve todo blanco y negro, como en una gélida y trémula estampa, como en uno de esos funestos grabados de Goya. Entre sus 'Desastres de la guerra', 'fatales consecuencias de la sangrienta guerra en España', hay uno que enfrenta al espectador con el lacerante silencio de unos cuerpos que se amontonan sobre la tierra seca. Seres anónimos a los que nadie ha dado sepultura y que son observados por dos figuras que, anuentes, se tapan la cara para escapar del horror. Enterrar y callar, dice.

'Enterrar y callar', (de la serie 'Desastres de la guerra'). Francisco de Goya, 1810-1814. Museo del Prado.
'Enterrar y callar', (de la serie 'Desastres de la guerra'). Francisco de Goya, 1810-1814. Museo del Prado.

Las despedidas son importantes. Hay quienes se empeñan en resumirlas, en simplificarlas, en someterlas al bienestar de los que sobrevivimos. Un simple trámite. Y las hacen breves, banales. Y se vuelven breves, banales. Y todo queda en suspenso. Misas, de haberlas, pequeñas. Gestos graves. Flores de plástico. “Vicios del mundo moderno”, que dirá Nicanor Parra. Enterrar y callar. Si algo hemos significado en vida, deben llorarnos. Es justo que nos lloren. Y necesario. Lágrimas como las que le brotan “de las plantas de los pies” a la madre de 'Bodas de sangre', que se funden con su pena, la de “una mujer que no tiene un hijo siquiera que poderse llevar a los labios”. Lágrimas que deforman la piel hasta volverla áspera.

Lágrimas que, aseguran, “no derramó jamás” Juana I “por ya no sentir qué es el dolor”. Reina, loca, viuda, no le bastaban las tallas de Siloé ni el recitar monótono de los que, en torno a ella, se congregaron en la cartuja de Miraflores; sentía la necesidad de arrancar de aquel túmulo donde yacía el hermoso, lo que de humano le quedaba, y ordenó conducir sus restos a través del invierno, hasta alcanzar la cristiana ciudad de Granada. Embarazada, sola, con la determinación de al que nada le queda por perder, transformó Castilla en su particular teatro de la muerte. A cada paso, interrumpiendo la macabra marcha, exigía, “a la débil luz de las hachas”, que descubrieran el cuerpo para volverlo a ver, para sentir otra vez su presencia; mezcla de carne, flores viejas, lino y cal.

'Doña Juana la loca'. Francisco Pradilla, 1877. Museo del Prado.
'Doña Juana la loca'. Francisco Pradilla, 1877. Museo del Prado.

A las monjas novohispanas, tras el óbito, les orlaban el rostro con flores en señal de triunfo, se les fajaba el hábito y, asistidas por las velas del bien morir, se exponían ante la comunidad. Los llantos eran, entonces, reemplazados por ayes, réquiems y bisbiseadas preces que, solícitas, entonaban el resto de hermanas como en un coro dispuesto por Dreyer. La muerte entendida como celebración, como tránsito hacia la vida. Celebrar la muerte es también parte de nuestra esencia, la de un país que lleva generaciones postrándose ante restos de santos, ante ampollas de sangre oxidada. Procesiones teñidas de negro trashuman nuestra historia en señal de respeto, atraviesan nuestro campo, nuestros pueblos; mujeres veladas, hombres que cargan con el peso de tronos, de muertos, de milagrosas advocaciones que, ingenuas, claman al cielo.

'Francisca Xavier de San Joseph (clarisa)'. Anónimo, 1771. Colección de Arte del Banco de la República.
'Francisca Xavier de San Joseph (clarisa)'. Anónimo, 1771. Colección de Arte del Banco de la República.

Plomizo, nubloso, a base de pinceladas largas, ásperas, llenas de materia, el cielo del entierro en Ornans, de Gustav Courbet, parece querer sepultar a quienes, silentes, ordenados metódicamente, asisten al sepelio. Como en un friso clásico, como en un cuadro de historia, ahí están el poder terreno, también la iglesia. Los representantes de Dios, del pueblo y el mismo pueblo; este, convertido en una informe e inmensa mancha que, en toda su negritud, recorre el lienzo salpicada de macilentos rostros, de pañuelos blancos que, apretados, enjugan la pena. Una improvisada hermandad que sostiene el relato de un tiempo que se acabó, que yace ausente envuelto en su mortaja; que, al fin, será engullido por esa oquedad siniestra que, en mitad de la tela, ejerce su poder abisal. Una grieta que acabará por devorarlo todo, a todos.

De la serie 'Aurrera segi behar diagu'. Jon Cazenave, 2008.
De la serie 'Aurrera segi behar diagu'. Jon Cazenave, 2008.

Porque el dolor se vuelve agua, “zumo de limón”, dice Lorca, “agrio de espera y de boca”, me inquieta. Porqué los ojos se inundan cuando lo que está roto es el pecho, las tripas, el alma, resulta extrañamente poético. Singular. Llevamos siglos vertiendo lágrimas a los pies de cruces, frente a tumbas, junto a ausencias y presencias. Lágrimas que ruedan por la piel y se enredan con lamentos. Que podrían llenar vasos. “Que van a dar a la mar / que es el morir”. Muecas que nacen del miedo y la rabia. Que Jon Cazenave retrata densas y atormentadas, auspiciadas por la noche, fundidas en la más absoluta de las desesperanzas. Miedo a que, al final del pasillo, casi siempre tortuoso, la luz se apague y no haya más; a dejar de ser porque nadie nos recuerde. Y es que, todo se resume en eso, en la memoria; en saber que nos piensan hoy, pero que, también, lo harán más allá del final.

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