'La gaviota' de Chejov: resistir siempre hasta el final

La sala se oscureció del todo en su oscuridad. Se llenaron mis ojos de nada. Y aquel teatro, aquel almacén devenido sueño, era al fin como todos los demás

Foto: Irene Escolar en 'La gaviota'. Teatro La Abadía.
Irene Escolar en 'La gaviota'. Teatro La Abadía.

Mi primer teatro, antes de saber que el teatro cambiaría mi vida, no era un teatro de verdad, o no como yo imaginaba que eran los teatros. No tenía palcos con relieves sobredorados ni un gran telón de damasco. No tenía una embocadura abocinada ni candilejas en forma de concha. No tenía alfombras mullidas de Santa Bárbara. No se parecía en nada a los de las fotografías de Hiroshi Sugimoto, milagrosos. Tampoco a los desenfocados por Degas. Era más bien un hangar oscuro, un salón denso, un barracón privilegiado, raro. 'Teatro de cámara Chéjov', decía. Como el de Moscú. Antes de salir de casa, igual que la 'delicuescente Eva' de Javier Lara, había buscado el nombre de Chéjov en la enciclopedia que, mastodóntica y marcial, contaba ácaros al fondo de una librería mucho más que transitada por mi padre (que como el 'Quijote', “pasaba las noches leyendo de claro en claro”). Tomo cuatro. Página 1.615. “CHÉJOV, Anton Pavlovich. Dramaturgo y novelista ruso”. Yo no sabía nada del “dramaturgo y novelista ruso”. No sabía nada de nada. Y sigo sin saber.

La sala se oscureció del todo en su oscuridad. Se llenaron mis ojos de nada. Y aquel teatro, aquel almacén devenido sueño, era al fin como todos los demás. Un punto de partida, una presencia autónoma. Recuerdo la palabra dicha sin prisa; los movimientos tenues. La luz clara. Cierto pesar. Teatro verdadero. Teatro nuevo. Han pasado veintisiete años y, de camino a 'La Abadía', pienso en aquella sensación igual de nueva, en aquel susurrar sincero. Y en Irene Escolar. Que también susurra; convertida en Lorca, en Rambert. Viviendo en Lorca, en Rambert. En Chéjov. No he conseguido desprenderme de su Julieta, honesta, desnuda, enamorada; ni de su profundidad.

Hiroshi Sugimoto, 'Marion Palace. Ohio', 1980.
Hiroshi Sugimoto, 'Marion Palace. Ohio', 1980.

A Irene se le llenan los ojos de lágrimas cuando recuerda a Nao, su amor por Nao. Con Nao. Han pasado casi noventa minutos y se le llenan de lágrimas sí, de cristalina agua. Y ya no ve, ha dejado de ver. Tiene miedo. Tiene frío. No es más que una actriz que soñaba con ser actriz. Que vuelve a ese teatro sin fondo, sin decorado, solo iluminado por la luna. Que tiene los ojos llenos de lágrimas, de recuerdos, de sed. Desde allí, como siempre, tiene una vista ilimitada del lago, de los árboles. De su vida. El resto de la caja está prácticamente vacía. Solo una mesa y algunas sillas. Y cinco micrófonos. Los demás, Roser, Xavi, Mónica y Pau, juegan al dominó. El tiempo ha transcurrido sin más. Inexorable. Ajeno a los placeres de algunos, a los dramas de todos. No es fácil reconocer a Nina en Irene, ni a Kóstya en Nao. No es fácil distinguir lo que es cierto, lo que no lo es. Y sin embargo, Álex Rigola en 'La gaviota' es más Chéjov que nunca. Casi ha desnudado del todo la acción, casi la ha vuelto cierta. Cotidiana. Pero no olvida el teatro.

Pau Miró en 'La gaviota'. Teatro La Abadía.
Pau Miró en 'La gaviota'. Teatro La Abadía.

“No se puede prescindir del teatro”, dice Sórin. Pero Rigola, que también es Kóstya, persigue formas nuevas, “y si no las hay más vale que no haya nada”. Por eso encerró a Pier Paolo Pasolini dentro de una caja, y no “para resistir el escándalo”. Y al Tío Ványa. Y a un público que buscaba en sus silencios espacios para el diálogo. Que sigue buscando verdad. Realidad. Eso es Chéjov, “estricto realismo” según la enciclopedia de mis padres. Crudo y sutil realismo. Por eso, ahora, regresa de nuevo a su palabra quieta, eficiente, convencido de que es el teatro el mejor lugar para ser “interpelados”. Desde las tablas. Sin artificio.

También los actores se interpelan a sí mismos en esta experiencia arriesgada y bella. Escarban en sus pechos, en la verdad de su carne, y se muestran desnudos, con sus ropas de hoy pero sin posibilidad de abrigo. Sin prisa. Les atraviesa un sentimiento de fatalidad omnisciente, de tragedia tranquila. Desde el principio, cuando Roser con mirar vidrioso habla del duelo que es su vida. Resignada. Anuente. Hay como una renuncia endémica a la pasión, al fuego de la sangre. Un permanente miedo a sentir. Pero claro que sienten. Tan hondo como los demás. Tan fiero. Tanto como para quitarse la vida.

Irene es una Eva renovada, una instigadora a su pesar. El principio de un final anunciado. Sin saberlo. Sin querer. Va devanando la historia en torno a un amor que consume, que arrebata, “desesperadamente”, dice. Pero Nao, que la ha odiado, “con toda mi alma”, no puede estar sin ella. Porque ella es también él. Y habla de sueños, “de un teatro diferente”. Y se siente solo. Como la mayoría de los personajes de Chéjov. Como todos alguna vez. Como esa mujer de Edward Hopper que, como Nina, espera en su habitación de hotel a que todo cambie. Sin hacer nada. Leyendo un trozo de papel. Convencida de que, “en la vida lo más importante es resistir”.

*'La gaviota'. Texto y dirección: Àlex Rigola. Versión libre de la obra de Antón Chéjov.

Hasta el 4 de octubre, en el Teatro de La Abadía.

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