Este es el color de mis sueños

Necesitamos teatro, cultura. Necesitamos belleza. Y nadie habla de esa otra crisis del alma que lo está volviendo todo gris, yermo

Foto: Teresa Lozano (Puck) y todo el elenco de 'El sueño de una noche de verano', CNTC. (Sergio Parra)
Teresa Lozano (Puck) y todo el elenco de 'El sueño de una noche de verano', CNTC. (Sergio Parra)

En mitad de este proscenio velado, en plena crisis del tacto; avocados a un tiempo impreciso y punzante, amarrado y ortodoxo, soñar puede que sea una de las pocas certezas que queden, que le queden a esta especie cada vez más imperfecta, más débil, menos humana. La verdad es que yo sueño poco. Muy poco. Prácticamente nada. Pura inconsciencia. Los surrealistas dirían que he desperdiciado la otra mitad de mi vida; y puede que tengan razón. Lo que sí que hago es desear. Consciente. Mucho. No es lo mismo soñar que el deseo. No es lo mismo abandonarse a lo improbable que sostener un anhelo. Podría decirse que este mundo está dividido entre los que sueñan y aquellos que desean, entre quienes viven dormidos y los que siempre andan despiertos. En el número 1 de 'La Révolution surréaliste', en su prefacio, se aseguraba que “solo el sueño otorga al hombre todos sus derechos a la libertad”. Quizá por eso, hoy, sea la única salida. Quizá por eso deba empeñarme en soñar.

Hay veces que pican tanto los ojos que estás deseando dormir. A mí me pican de asombro. También mucho. Y de rabia. Con la vista puesta afuera, entre el tumulto de la duda, pienso en todo lo que queda por hacer, en todo lo que se ha hecho. Y tengo dudas. Infinitas dudas. Casi ninguna razonable. E intento salir de la cueva, esa en la que Platón nos amarra con cinchas, desde donde solo vemos lo que algunos quieren que sintamos. Y vuelvo al teatro. A Shakespeare. A esa inmortal noche de verano en la que todo es posible, mejor. Hay luna llena y Puck celebra la vida, el amor. Cantan. Bailan. El resuello de Helena implora piedad. Y todo se transforma en no. “No te amo”. “No me sigas”. La otra cara del amor. Tan real. Tan verdadera. “Amor desconsolado”. Y duermen. Y sueñan. Como la Alicia de Carroll. A través de un espejo. Un espejo que es un bosque, igual que los de Henri Rousseau. Fértil. Poderoso. Allí yace Titania, una suerte de Eva enamorada del amor, de Oberón. Arrullada por el yugo de una "flor de occidente, blanca como la leche".

'Le rêve’. Henri Rousseau. 1910. The Museum of Modern Art. Nueva York
'Le rêve’. Henri Rousseau. 1910. The Museum of Modern Art. Nueva York

Yo también fui Oberón. En lo alto de unos tacones negros. Bajo un manto que intentaba pasar por Fortuny. Como epílogo a unos años que me enseñaron a ser, a estar, a no (solo) parecer. Casi todo lo aprendí en el teatro. A hablar. A leer. A mirar. A quererme. Con más certidumbres que hoy, la típica seguridad frágil de la inmensa inexperiencia, me llenaba de otro, ahuecaba mi voz y renacía. Subir a un escenario es una especie de renacimiento, de hallazgo. Una oportunidad para ser tú. Un sueño. Los de Joan Miró eran azules, una mancha incierta sobre un lienzo. Azules como el cielo, como el mar. 'Ceci est la couleur de mes rêves'. Lo que Demetrio busca en el sueño es “alivio” a su dolor, al frío rechazo de Hermia; y Puck, “honesto”, le dice al público que lo allí visto, lo allí vivido, no es “sino producto de un sueño”. Otro. Una ofrenda al teatro, a su verdadera naturaleza. Onírica. Transformadora. Un terco homenaje. Necesario.

Lo bueno de una hoja en blanco es que te obliga a iniciarte, a escribir, a pensar; sobre un futuro que se fraguó en el pasado

Necesitamos teatro, cultura. Necesitamos belleza. Y nadie habla de esa otra crisis del alma que lo está volviendo todo gris, yermo. Nadie enumera todas esas tristezas. Que trepan hondo, fuerte. Que saben a hiel. Cuando salgamos de la oscuridad preventiva, liberados en parte de ese miedo igual de preventivo pero mucho más peligroso, seguiremos necesitando refugios que nos abran el pecho, que nos devuelvan la risa, que nos hagan soñar. Lo bueno de una hoja en blanco es que te obliga a iniciarte, a escribir, a pensar; sobre un futuro que se fraguó en el pasado, sobre lo que en verdad queremos ser. Eso somos. Sobrevenidas vírgenes. Fragmentos de un todo latente que necesita ser amarrado, cosido, editado. Otra vez: (seis) personajes en busca de autor.

Puck, Hermia, Demetrio, Lisandro y Helena en 'El sueño de una noche de verano'. CNTC. Foto, Sergio Parra.
Puck, Hermia, Demetrio, Lisandro y Helena en 'El sueño de una noche de verano'. CNTC. Foto, Sergio Parra.

Todos somos, más que nunca, como el padre de Luigi Pirandello. Todos buscamos, desesperadamente, quien nos ayude a escribir nuestra historia. La mía es igual de única y vaga que la de los demás. Arranca en un teatro, después del colegio. Al margen de las obligaciones impuestas, del casi siempre austero recital formativo. En clase de matemáticas, con las uñas medio mordidas, quería leer teatro. En educación física, mientras me abrazaba a un resobado y mugriento balón medicinal, pensaba en teatro. Realmente quería ser actor. Creía que eso cambiaría mi vida. No sabía, aún, que lo que hace el teatro es cambiarle la vida a los demás; que la cultura lo que nos vuelve es un poco menos salvajes. Menos volubles. Más libres. Más de verdad.

*'El sueño de una noche de verano'. William Shakespeare.

Dirección: Bárbara Lluch. Versión: Carolina África.

Compañía Nacional de Teatro Clásico. Hasta el 8 de noviembre, en el Teatro de la Comedia (Madrid).

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