Lo de siempre
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Jaime M. de los Santos

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Lo de siempre

Lo que nos vuelve nuevos, modernos, no tiene por qué ser la mudanza, la continua y estéril mudanza. Ser hoy tiene mucho que ver con lo que fuimos, con lo que otros sintieron

placeholder Foto: 'Belén napolitano', Museo de Artes Decorativas, Madrid. (Martín Blázquez, 2018)
'Belén napolitano', Museo de Artes Decorativas, Madrid. (Martín Blázquez, 2018)

Aún compro musgo. Mullido, verde, mojado. Más o menos en el mismo puesto, bajo el mismo palio, entre el mismo par de columnas. Casi siempre huele a humedad, a castaña asada. Es de noche. Hay bombillas. Blancas. Dibujan fórmulas geométricas muchas veces incomprensibles, al menos para mí; más noche. Al llegar a casa, lo riego para que no pierda vida. Con los dedos. Necesito poco, muy poco. Para algún rincón. Solo donde las reses de barro puedan pacer. Mi padre prefería serrín; más veraz. Y corteza de alcornoque. A mí me gustan los paisajes abigarrados, las tramoyas hiperbólicas. Un poco Friedrich. Un poco Brueghel. No consigo escapar a esas construcciones que pretenden ser parte del mundano 'Quarteri Spagnoli', que tienen algo de Escher; a las ruinas románticamente devastadas. Desde el seis de diciembre cada figura está en su sitio. Solemnes. Impertérritas. Cercadas por exiguas porciones del sempiterno musgo.

Al papel de aluminio siempre me he resistido. A los coros de ángeles no. Con las alas bien desplegadas. Como en un dibujo de Durero. Dicen que no tienen sexo, pero a mí me parecen hombres. O niños. Nunca mujeres. Observan en medio de una paz somnolienta, en un constante 'arabesque'. Desde arriba. Los Reyes también son hombres. No sé si magos. En casa de mis padres los movíamos cada tarde. Para salvar la distancia al portal. A cada obligado paso era necesario soplar el serrín. Para borrar las huellas. La estrella que les guiaba siempre nos dejaba las manos marcadas, brillantes. Minúsculos destellos que terminaban en la boca de mi hermana. Sobre mi pijama. De fondo, un cielo noctámbulo amarrado con clavos. Con profundos pliegues y algún desperfecto. Corolario a diez meses doblado dentro de un maletero. Allí pasaba su particular éxodo. Junto a las otras piezas. Entre colchas pasadas y restos de más traslados.

placeholder 'Ala de pájaro', Alberto Durero, 1512. Albertina, Viena.
'Ala de pájaro', Alberto Durero, 1512. Albertina, Viena.

Las mías esperan en un baúl chino. Negro. Guarecidas por capas y capas de papel seda. Las compré en Nápoles. Portan inmensas hopalandas de brocado, calzas de satén. Turbantes cosidos con perlas. Halos de estaño labrado. Se celebran a sí mismas, su modo de vida. Forman parte de una infatigable y muda ópera 'buffa'. También sagrada. Quien no conozca Nápoles, quien no haya sentido su pulso, le costará entender la profusión de relatos, superpuestos, el despliegue de fisionomías; las calles llenas. Hay belleza en mitad del caos. Un orden casi telúrico. María Amalia de Sajonia las trajo de allí. Las suyas. De Caserta. Por mar. Un año fue reina en Madrid. Solamente. Dicen que Carlos III la lloró. Nunca volvió a casarse. Pero encargó a su hijo, 'el relojero', más figuras, otro belén. En el palacio nuevo, el 'de Oriente', el de Sacchetti y Juvarra, se alzaba como un recuerdo. Como un paisaje verista. Una exótica 'veduta'. Con elefantes y georgianas. Turcos y pajareras. Ahí sigue.

placeholder 'Autorretrato', Parmigianino, 1524. Kunsthistorisches Museum, Viena.
'Autorretrato', Parmigianino, 1524. Kunsthistorisches Museum, Viena.

También pongo un árbol. Un abeto. Puro eclecticismo mágico. Y le planto zapatos cada cinco de enero. Relucientes. Tiene bolas de cristal que reflejan, que transforman. Que te vuelven Parmigianino. Lo corona una estrella. Otra. No tiene purpurina. Cosas de hacerse mayor. Prendo incienso. Suena Perry Como. Ella Fitzgerald. Es nochebuena. La casa entera huele a cocina. A carne asada. A especias. Me gusta el sonido de las chalotas cuando impactan en el aceite hirviendo, el bullir del caldo de gallina. Aún hay luz y ya está la mesa puesta. Mantel blanco. Vajilla inglesa; se la compré a un chamarilero. En el Rastro. Tiene pintados unos hipogrifos azules como los del 'Orlando furioso' y diminutas hojas de roble; algún plato está desconchado. La sal es de Añana. Siempre. Lo de que las cosas sean siempre es lo que las hace únicas. Irrepetibles. Mismo 'tempo'. Mismas palabras. Mismas canciones. Lo que nos vuelve nuevos, modernos, no tiene por qué ser la mudanza, la continua y estéril mudanza. Ser hoy tiene mucho que ver con lo que fuimos, con lo que otros sintieron. Pura epigenética.

placeholder James Stewart y Donna Reed en '¡Qué bello es vivir!', Frank Capra, 1946.
James Stewart y Donna Reed en '¡Qué bello es vivir!', Frank Capra, 1946.

Algunos tenemos nostalgia de nieve. Mi padre lo resolvía con harina. Tamizada. Cayendo a plomo sobre ese desierto suyo de nostálgico serrín. Que consintiera travestir los montes de Judea en algo así como un refugio alpino, debía ser por influjo de Frank Capra. Nadie de su generación podía imaginar una Navidad sin nieve. Tampoco sin James Stewart. Respirar el frío de '¡Qué bello es vivir!' era casi un ritual; parte de un tiempo plomizo. En el Capitol, en el Cine Callao o en el Proyecciones. Con pantalón corto. Helado. Impaciente. Nada como ver nieve en blanco y negro. En sesión doble. Hoy, con la casa medio vacía y las alas embargadas como Clarence, rodeados de héroes sencillos, anónimos, regresar a esa fábula puede que sea la mejor manera de sentir lo de antes. De tener lo de antes. Lo de siempre.

*'¡Qué bello es vivir!'. Dirección: Frank Capra. 1946.

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