Descendimiento
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Jaime M. de los Santos

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Descendimiento

Fernanda Orazi está inmensa. Habla y llena la iglesia. La que fue iglesia. Hoy santuario; de la palabra, del movimiento. Habla con fe. En la vida, en la muerte, en la belleza; “que salvará el mundo”

Foto: Emilio Tomé en 'Descendimiento', de Carlos Marquerie. Teatro de La Abadía.
Emilio Tomé en 'Descendimiento', de Carlos Marquerie. Teatro de La Abadía.

“¿Qué se siente ahí?”, le pregunto a Fernanda. “Es una experiencia religiosa”, dice. Fernanda es Fernanda Orazi. Es jueves y acaba de bajar de las tablas; mejor dicho, acaba de volver a la vida. A esta vida. Lleva una mochila enorme, a cuestas. Es como una tortuga; pero como la de Darwin, como la de Juan Mayorga, con todo el conocimiento de los siglos. La abre. Saca un libro, 'Las aventuras de la China Iron'. Me lo da. “Es tuyo”. Lo trae de Buenos Aires. Con acento porteño. “Te lo debía”. Ella viene de ser Juan. En 'Descendimiento'. Aún le quedan gestos del santo, cierta solemnidad de estatua. Aunque ya no lleve puesta la hopalanda color púrpura. Aunque ande entre certezas, de este lado. “Es un papel pequeño”, me había dicho. Discrepo. Está inmensa. Habla y llena la iglesia. La que fue iglesia. Hoy santuario; de la palabra, del movimiento. Habla con fe. En la vida, en la muerte, en la belleza; “que salvará el mundo”. Con cada verso de Ada Salas, abre una espita, enciende el alma. Y atraviesa el cuadro. No en sentido literal, no como Mary Richardson. Como un torrente. También lo hace Emilio Tomé. Travestido de José de Arimatea. Con premonitorio pesar.

placeholder 'El Descendimiento', Rogier van der Weyden, 1443. Museo del Prado.
'El Descendimiento', Rogier van der Weyden, 1443. Museo del Prado.

Roger van der Weyden pintó 'El Descendimiento', el suyo, el del Prado, en 1443. En Lovaina. Para otra capilla diferente. Extramuros. Y metió los cuerpos dentro de un cajón. Dorado. Con tracerías góticas en las esquinas; en forma de ballesta. Carlos Marquerie les ha insuflado aire, sed. Ahora que todo son lindes, les ha pedido que anden, como si fueran Lázaro, que bailen. Que se desborden. Todo es más real que nunca, más verosímil, y sin embargo, todo parece un sueño. Una constelación embargada por el tiempo; que no existe. A la Virgen, transida de dolor sobre unos tacones, la pena la envuelve el rostro. Literal. En un paño de pureza que se le enreda hasta casi asfixiarla. Es un ovillo, una larva; principio de vida. El soporte imprescindible para la tragedia. Un espejo necesario, roto. Un mar de lágrimas. Lo mismo que el mar, el cielo llora. Y crepita. Un cielo que es de El Greco, con sus luces. De tormenta. Sin truenos. Solo con el cantar profundo del Niño de Elche, con su voz poderosa.

placeholder 'Descendimiento', Teatro de La Abadía.
'Descendimiento', Teatro de La Abadía.

La superposición de figuras sobre la tabla de roble, el 'horror vacui', es aquí, en escena, una forma diferente de entenderse. De increparse. La tensión de cada gesto, de cada postura, que no desaparece, o no del todo, se expande ahora. Se hace universal. Más. Juega con un espacio nuevo, improvisado; frente a una grieta que es un sepulcro. Un útero. Un huerto cerrado; que desvelan. Un cuadrado negro desde el que empezar de cero; como el de Kasimir Malévich. Un abismo, entre tantos, al que se asoman Fernanda y Lola Jiménez en busca de esa vertical abstracta que conecta con el cielo, con la cúpula de piedra gris. Para llegar al negro, ilegible, Malévich transitó por todos los colores. También por el rojo de las calzas de Nicodemo. Eso es su lienzo 'Suprematismo místico'; un vórtice rojo precedido por una cruz latina, negra. Que también se desborda. Que acaba fundiéndose en el blanco. Después del blanco sobre fondo blanco.

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Nueve de los cuerpos del Calvario se cuestionan, allí fuera, en un teatro, su lugar en la tierra. Un lugar para el misterio. En torno a aquel que aceptan como promesa. Como camino de salvación. Con las ganas de existir intactas. Entre la solemnidad del cante del poeta. El Niño de Elche es un rapsoda. Toda la pieza, que no es teatro, que es casi un auto sacramental, fluye a su lado, de su boca, sobre la elegía que desgrana su voz. El texto se entrelaza con sus quiebros, con el viento y el metal que rugen. Sin pretender volcar ningún tipo de credo. Sin 'apostolar'. Desde el silencio de la contemplación de la carne. Nada más. La carne, “tan frágil, tan susceptible de azares violentos”, nos recuerda Gabriela Cabezón. Tan cuestionada. Y el Verbo hecho carne, como escribió san Juan. Y pintura. “¿Y qué es pintar sino abarcar con el arte la superficie de una flor?”, se preguntó Leone Batista Alberti. Como las que crecen bajo los pies de María Magdalena. Igualmente blancas. Diminutas. Frágiles. Recuerdo olvidado del paraíso perdido.

*'Las aventuras de la China Iron'. Gabriela Cabezón Cámara.

'Descendimiento'.

Texto: Ada Salas. Música: Niño de Elche. Dirección: Carlos Marquerie.

Teatro de La Abadía. Hasta el 25 de abril.

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