La pasión de Tosca, según Villalobos
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Jaime M. de los Santos

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La pasión de Tosca, según Villalobos

Hay mucho del genio barroco en la mirada de Rafael Villalobos

placeholder Foto: 'Judith', Santiago Ydáñez, 2021.
'Judith', Santiago Ydáñez, 2021.

Rafael Villalobos está en Brujas. Acaba de llegar; en tren. Los canales siguen vacíos. Hace sol. Me llama. Hablamos. Dice que le gusta lo que escribo. Le doy las gracias. Me cuenta cómo de niño soñaba con subirse a las tablas de La Monnaie, con trasladar sus obsesiones a una obra de repertorio. Lo ha conseguido. “Y ahora me espera en Sevilla mi psicóloga para cuando todo esto se haya acabado”. Es lo malo de los sueños, que a veces se cumplen. Y tienen consecuencias. Hago café. Ahora también lo muelo. Me siento a escribir sobre él. Me toca. Bueno, no es que me toque, quiero. Sobre su 'Tosca'. La de Giacomo Puccini. La de, ahora también, un poco, Pier Paolo Pasolini. De su mano. Yo estoy en Madrid, pero acabamos hablando de Roma, la ciudad que nació para ser retratada. Allí conoció a Julia de Castro, a la sombra perfecta del 'Tempietto' de Bramante. En el cenáculo que un día dirigió Valle Inclán. Roma nos obsesiona a los dos. Los dos hemos disfrutado de su belleza infinita, de sus fuentes, de su exaltación tranquila, del silencio susurrado del Santo Rosario en alguna de sus iglesias de piedra. Yo, en 'San Giovanni dei Fiorentini', tras su fachada. Allí está enterrado Francesco Borromini. El heredero espiritual de Miguel Ángel. Un transgresor diletante.

placeholder 'Tosca'. Dirección, Rafael Villalobos. (La Monnaie)
'Tosca'. Dirección, Rafael Villalobos. (La Monnaie)

Hay mucho del genio barroco en la mirada de Villalobos. Ese estricto caos que resulta académico y que ahora entremezcla con un racionalismo sintético extraído también de Roma. “Roma o morte”, reza severo el mausoleo de Garibaldi en el Gianicolo. Casi un año tuvo frente a sus ojos ese altar laico que ahora renace, mientras atravesaba los versos de Calderón. En la Academia de España. Junto a 'il Fontanone'. Hay algo de todo eso en su versión de la ópera de Puccini, algo de sacra laicidad. “Y de Pedro Almodóvar”, me dice. Un auto sacramental lírico que arranca con un Pasolini incrédulo, buscando a Dios; en el interior de una capilla que podría ser un útero, o el Templo de Vesta. Es un hombre atormentado, tal vez por su obsesión con Ninetto Davoli; que solo quiere creer. Que no lo consigue. La masiva orquestación lo rodea. Caravadossi pinta a la Magdalena. Entra Tosca. Hay algo procesional, coreográfico. Algo solemne. Casi una trasposición de lo que se puede ver en Sevilla, que ha vivido Rafael, donde sagrado y profano parecen diluirse. Confundirse. Ser uno.

placeholder 'Magdalena', Santiago Ydáñez, 2021. Para la ópera ‘Tosca’. (La Monnaie)
'Magdalena', Santiago Ydáñez, 2021. Para la ópera ‘Tosca’. (La Monnaie)

Tosca se transforma en suma sacerdotisa. Suena el Te Deum, profundo y negro. La capa pluvial es un lienzo de Santiago Ydáñez, una obra de arte que la vuelve un poco mártir, un poco diosa, un tótem. Una coraza que la abraza con pinceladas libres, casi abstractas. Con dos tibias y una calavera, en señal de calvario. El suyo. El del drama que está por venir. El de las últimas horas de Pasolini, en Ostia. Con una ristra de hormigas saliéndole de la mitra, en fila; como en 'Un chien andalou'. Ydáñez es un pintor gigante que pinta cuerpos gigantes. Mirando este nuevo 'tempietto' que han erigido en Bruselas, eco silente de ese otro de los días romanos, pienso en Mantua, en el 'Palazzo Te', en Giulio Romano y su 'Gigantomaquia'. Pero aquí no hay más que tres mujeres, que quieren parecerse a la Magdalena penitente de Pedro de Mena, que ocupan el interior de cada vano, bajo palio. Y un hombre que levanta el puño izquierdo al cielo. Desnudo. Como en 'Salò'; esa macabra prefiguración de la muerte del director italiano. Una cinta a la sombra de Sade, heterodoxa y maldita. Implacable. Menos perversa que el propio fascismo, cuyos últimos estertores pretende alumbrar. Para que no vuelva. Para que nadie se olvide. Porque representa la mayor de las aberraciones.

placeholder Pier Paolo Pasolini, en el rodaje de 'Salò', 1974.
Pier Paolo Pasolini, en el rodaje de 'Salò', 1974.

Hay un instante, un suspiro, en el que un inmenso telón cae a plomo desde el cielo, hasta velar la escena. Acompañado de un zumbido que es como un golpe, que parte el aire en dos. Están pintados 'Judith y Holofernes'; la víctima propiciatoria y el verdugo que no cesa, invertidos. Un acto poético de justicia inhumana, de venganza. Otro lamento. Que se hunde en Caravaggio, en su oscuridad luminosa. Ella, desnuda y bella, casi una Venus impúdica, muestra rechazo, cierta aversión ante el crimen. Y retrocede. La sangre estalla, tiñe de rojo el paño que sostiene la cabeza del perverso. Un espejo donde se miran funestos Tosca y Scarpia. Un réquiem admonitorio. Una estampa más del mal. Sade, “príncipe de los perversos”, quería creer que por naturaleza, todos somos asesinos. Pascal se preguntaba si era necesario matar “para impedir que haya malvados”. Pasolini no lo era. Lo mataron porque sí. En una playa. Tal vez por sus ideas, “palabras que no tienen resonancia en la realidad”.

*'Tosca'. De Giacomo Puccini.

Dirección: Rafael Villalobos. Dirección musical: Alain Altinoglu.

La Monnaie. Bruselas. Hasta el 2 de julio.

'Salò o los 120 días de Sodoma'.

Guion y dirección: Pier Paolo Pasolini. 1975.

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