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El gusto francés: retratos cortesanos y objetos preciosos
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Jaime M. de los Santos

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El gusto francés: retratos cortesanos y objetos preciosos

A todas las mujeres del mundo se las ha intentado borrar, sin excepción; por indómitas, por “bruxas”, por peligrosas

Foto: 'María Antonia Fernanda de Borbón'. Louis-Michel Van Loo. 1737. Museo de Bellas Artes de Asturias.
'María Antonia Fernanda de Borbón'. Louis-Michel Van Loo. 1737. Museo de Bellas Artes de Asturias.

Es martes. Salgo de desayunar con Bárbara Fernández -en una mesa alta de madera gastada; un croissant de los que suenan y un café americano con toda su cafeína-. Nos despedimos; ella se va a no sé qué pueblo de la sierra norte de Madrid; yo, bajo por Recoletos. Hace un sol de invierno plano, viento del que ya no congela. Encierro las manos en los bolsillos del abrigo que ya comentó Ángeles Caballero -ese negro y largo, el de Dries van Noten-. A mi derecha, una banderola -casi un pendón- me habla de algo que yo ya sabía, 'El gusto francés' -que suene Alain Delon dentro de mis orejas es solo casualidad; 'Je n´aime que toi'-. Así reza en versalita, 'El gusto francés', sobre un fondo tan blanco como el duelo de las reinas de Francia -'le deuil blanc'-.

Por detrás del título y la fachada -diseño sobrio de Agustín Ortiz de Villajos-, me aguarda la constatación del 'savoir faire' anunciado, en forma de retratos cortesanos y objetos preciosos. Busco en 'Mi música', en el móvil, una carpeta que bauticé 'Air de Paris' lo mismo que Duchamp; de un viaje de antes del encierro -diseñada en aras de cierta inmersión chauvinista-. Además de Alain Delon, otra vez, cantan Barbara y Françoise Hardy; Nicole Croisille y Camille Lellouche; Edith Piaf y Dalida. Todas mujeres menos Delon -que no canta, frasea-. Todas voces graves, gruesas. Me paro ante una tela con una cara redonda, frente a una beldad extraña -como de pájaro-. Los ojos son del tamaño de la boca, marrones; el pelo cano. No tiene diez años. María Antonia Fernanda de Borbón, dice la cartela; Louis-Michel Van Loo. Es una Flora bajo un cielo nublado, como de lluvia pesada. Una figurita de marfil encarnado.

placeholder Ya tienen asiento'. Francisco de Goya y Lucientes. 1797-99. Museo del Prado.
Ya tienen asiento'. Francisco de Goya y Lucientes. 1797-99. Museo del Prado.

Vuelvo a la acera y el cielo es azul, intensamente azul. Como si todas las nubes estuvieran con la Infanta, en su lienzo; en forma de palio de nimbos; sobre su cabeza. Y pienso en Goya -que también viajó a Francia, a “recibir las aguas” de Burdeos-, en un aguafuerte de su serie 'Los Caprichos' -el veintiséis-, 'Ya tienen asiento'; donde dos mujeres medio transparentes se tocan con sillas de enea -en vez de peinetas-, casi un ejercicio de prematuro surrealismo. Llevan las faldas alzadas, además, hasta casi taparlas el rostro. Un poco como las cobijadas de Vejer; pero desnudas las piernas, descalzas. Como en un desayuno sin yerba, sin mañana. Dos víctimas de la veleidad del macho -oculto y deforme como los de 'La Quinta'-, del miedo, del hambre, de la necesidad. Con las cabezas cubiertas y, eso sí, sentadas. Yo, de la mía -sin una gota de pelo excepto el que emerge por encima de la boca-, no consigo quitarme esa idea de fiscal, aquello de “sentar la cabeza”. Me lo decía mi madre. Y todas las madres a todos los hijos. Como si estar de pie, bailando, fuese solo un trance, un instante. Miro el reloj, en el móvil -de nuevo-; no es tarde para ir al Museo del Prado, a ver de cerca el grabado de Goya. La verdad es que no es tarde para nada. Tampoco para perder la cabeza. Un poco.

placeholder Una sala del Museo del Prado con 'La maja desnuda' de Goya antes de 1907. Autor anónimo.
Una sala del Museo del Prado con 'La maja desnuda' de Goya antes de 1907. Autor anónimo.

Ya dentro -del museo-, bajo el cielo de piedra de Villanueva, me hundo en sus salas; donde siguen poniendo orden -o lo intentan-; entre toda esa verdad. A las Majas, ahora, les han dado más aire, su sitio; justo frente a la Venus recreándose con el amor y la música, de Tiziano -igual que en tiempos de Manuel Godoy-. Miro sus cuerpos, la posición de los brazos, su piel nívea, y me acabo enredando en un rostro que parece una máscara. Superpuesto al mármol de su carne. Como si lo hubiesen perdido -y no la cabeza-, como si el pintor se lo hubiera borrado -el de verdad-.

A todas las mujeres del mundo se las ha intentado borrar, sin excepción; por indómitas, por 'bruxas', por peligrosas. Porque Eva mordió la fruta del saber -la única vetada- y le invitó a morderla a Adán. Porque sí. Y no se puede olvidar -ni esconder-; no se puede ignorar. Tampoco chillar. Ya no. Es tiempo de belleza, de razón; no de monstruos -por mucho que el sueño los pueda provocar-. Sigue siendo el tiempo de la cultura -que siempre ofrece salidas-. Por eso miro a Olalla Gómez Valdericeda -y ella a Goya, en JUSTMAD-, de la mano de Rebeca Marín. Y me coloco bajo su silla para comprobar que sigue habiendo techos de cristal; y también que vuelan -las sillas. Y los sueños. Y las ideas-. Para mirar el cielo con otra mirada. Desde abajo. Sin sentarme a esperar. Haciendo que las cosas ocurran. Porque dejar que pasen sin más puede que parezca cómodo, pero no merece la pena. Nunca.

placeholder 'Ya tienen asiento'. Olalla Gómez Valdericeda. 2021.
'Ya tienen asiento'. Olalla Gómez Valdericeda. 2021.

*'El gusto francés'. Fundación MAPFRE. Hasta el 8 de mayo.

JUSTMAD. Hasta el 27 de febrero.

Es martes. Salgo de desayunar con Bárbara Fernández -en una mesa alta de madera gastada; un croissant de los que suenan y un café americano con toda su cafeína-. Nos despedimos; ella se va a no sé qué pueblo de la sierra norte de Madrid; yo, bajo por Recoletos. Hace un sol de invierno plano, viento del que ya no congela. Encierro las manos en los bolsillos del abrigo que ya comentó Ángeles Caballero -ese negro y largo, el de Dries van Noten-. A mi derecha, una banderola -casi un pendón- me habla de algo que yo ya sabía, 'El gusto francés' -que suene Alain Delon dentro de mis orejas es solo casualidad; 'Je n´aime que toi'-. Así reza en versalita, 'El gusto francés', sobre un fondo tan blanco como el duelo de las reinas de Francia -'le deuil blanc'-.

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