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De la muerte y otras verdades
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Jaime M. de los Santos

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De la muerte y otras verdades

Lo cierto es que Caín no lo hizo; alejar esa sombra de su corazón. Y Abel sufrió el dolor de la muerte -que siempre es injusta- aun sabiendo que era el preferido de Yahvé

Foto: 'Las bodas de Caná'. Paolo Veronese. 1563. (Musée du Louvre)
'Las bodas de Caná'. Paolo Veronese. 1563. (Musée du Louvre)

Otra vez él. El responsable. Fernando Mas. El que ha puesto en mi camino mis dos últimas lecturas -o me lo ha enseñado; lo mismo que Glinda a Dorothy en 'El Mago de Oz'-: ' Sed', de Amélie Nothomb y ' Los optimistas' de Rebecca Makkai. De nuevo mujeres -aunque hablando de hombres-. Inmensas autoras. Ponerse en la piel de Jesús de Nazaret, dos mil años después, debe ser perversamente mágico. Siendo además mujer, un poco más. Nothomb se traviste de Dios encarnado para hablar -en primera persona- de un sufrimiento casi banal, físico. De una parte de la historia -que en parte inventa- que intentó borrar el Concilio de Nicea; esa que lo muestra sufriente, vivo -en minúsculas-, humano. Sorprende un pasaje -de una novela que en si misma es eso, un pasaje- en el que los novios de Las bodas de Caná le increpan por la calidad del vino; “que el mejor se sirviera después del mediocre fue culpa suya. Fuimos el hazmerreír de todo el pueblo”. El milagro como motivo de afrenta, de acusación. Y no serán los únicos. Los beneficiados, uno tras otro, desfilarán ante los romanos ojos de Pilatos con idénticas reclamaciones. O, casi peor, aquellos que por no haber sido regalados con sus “prodigios” sienten la cólera de la envidia -que en la Edad Media pintan de amarillo, como las baldosas en Oz-.

placeholder 'La Procesión al Calvario'. Pieter Bruegel. 1564. (Kunsthistorisches Museum)
'La Procesión al Calvario'. Pieter Bruegel. 1564. (Kunsthistorisches Museum)

Están a punto de cumplirse dos milenios desde su crucifixión en el Gólgota -que quiere decir calavera-, y Nothomb nos recuerda que le inundó el miedo, el frío, la sed. Y a través de sus ojos va a mirar a su madre, a Juan, a Pedro. Y a Judas. Hace años, en la EGB -que sí existió-, en clase de Religión -que ningún mal me hizo-, un día de lluvia como hoy -el Retiro está exultantemente verde y el cielo gris oscuro-, nos bajaron a la biblioteca para ver una película -VHS, tele de tubo y con toda la poca definición que a veces añoro-; 'Proceso a Jesús'. De todo el metraje, lo que más me marcó y aún recuerdo es la defensa de Judas; “un político” según Mónica Randall. Y es por eso, insiste, “que se une al que ha prometido liberar al pueblo de Israel”. No sé si mi interés por la política nació allí, sentado en el suelo de terrazo de aquel salón alargado; con el culo frío; junto a Macarena, Mari Cruz y María Luisa -mis amigas de siempre-. De lo que estoy seguro es de que, justo ahí, aparecieron mis ganas por asomarme al abismo de los antihéroes, de los imperfectos, de los verdugos. Gracias a ese Judas al que Andrea del Castagno pinta al fresco -solo- al otro lado de la mesa. El mismo -el único de los discípulos- que va a morir el mismo día que Jesús.

placeholder 'La última cena'. Andrea del Castagno. 1445-50. (Sant´Apollonia)
'La última cena'. Andrea del Castagno. 1445-50. (Sant´Apollonia)

Después, no tanto, en BUP, recalé en el Abel Sánchez de Don Miguel de Unamuno, y mi interés por el imperfecto se volvió necesidad -tal vez porque yo lo soy y mucho-. Nunca me había parado ante la posibilidad de ver en Caín una víctima -a su manera-. No había querido mirar nunca su delito como parte de un destino que quizá le dibujaran. Y Abel siempre emergía como la víctima -que lo fue-; como el bueno -que lo era pero sin casi esfuerzo-. ¿Y si el plan prefijado no fue tan justo? ¿Y si lo verdaderamente heroico -y también santo- fuese ser capaz de sobreponerse a la tentación, pelear contras las inclinaciones naturales del cuerpo? -Que le pregunten a Antón Abad-. Lo cierto es que Caín no lo hizo; alejar esa sombra de su corazón. Y Abel sufrió el dolor de la muerte -que siempre es injusta- aun sabiendo que era el preferido de Yahvé. Todavía más injusta es cuando llega en forma de enfermedad. Sobrevenida. Inminente. Cruda. Inexorable. Inexplicable. Eso fue el SIDA -y sigue siendo en muchas latitudes de este mundo-. Una plaga que venía del amor -al menos de hacerlo-, de la libertad necesaria del cuerpo. Que segó la vida a parte de una generación que empezaba a creerse inmortal.

placeholder 'Carrying'. Pepe Espaliú. 1992.
'Carrying'. Pepe Espaliú. 1992.

Rebecca Makkai tala el pecho cuando habla de aquellos primeros síntomas. De las salas donde dejaban que murieran aquellos hombres -hombres la mayoría- asustados. De los insultos de una sociedad ignorante y sádica. Del miedo al amor, a la piel, a una parte de la vida. En una ciudad atravesada por coches marrones bajo la sombra de rascacielos que buscan tocar el cielo -incluidas las Mazorcas de Bertrand Goldberg-. Chicago como antesala a una muerte -casi- segura para quienes practicaban sexo entre iguales; marcados como los primogénitos de Egipto. A veces pienso en Narciso y en la imagen que de sí mismo encontró para, después, enamorarse; y de cómo allí mismo encontró la muerte. Eso pensaron aquellas víctimas de una plaga que destruía el organismo, que dibujaba en sus caras una mueca diferente; que en su reflejo estaba el fin. Y dejaron de tocarlos. De mirarlos. Y no se atrevieron a curarlos -o a intentarlo-. Por temor. Quién sabe si, también, por falta precisamente de amor. Poco antes de morir -o perder la vida, porque para muchos sigue ahí-, Pepe Espaliú transitó de brazo en brazo por la ciudad de Madrid. Un 1 de diciembre. En una procesión que acababa en otro templo. Uno erigido para la contemplación -también-; para la belleza -“que salvará el mundo”-; el Museo Reina Sofía. Un trono de muletas de carne que le impedían tocar la tierra, esa que a todos nos termina por vencer.

*'Sed'. Amélie Nothomb. 2022. Anagrama.

'Los Optimistas'. Rebecca Makkai. 2021. Sexto Piso.

'Proceso a Jesús'. Director: José Luis Sáenz de Heredia. 1974.

'Abel Sánchez'. Miguel de Unamuno. 1917.

'Carrying'. Pepe Espaliú. 1992.

Otra vez él. El responsable. Fernando Mas. El que ha puesto en mi camino mis dos últimas lecturas -o me lo ha enseñado; lo mismo que Glinda a Dorothy en 'El Mago de Oz'-: ' Sed', de Amélie Nothomb y ' Los optimistas' de Rebecca Makkai. De nuevo mujeres -aunque hablando de hombres-. Inmensas autoras. Ponerse en la piel de Jesús de Nazaret, dos mil años después, debe ser perversamente mágico. Siendo además mujer, un poco más. Nothomb se traviste de Dios encarnado para hablar -en primera persona- de un sufrimiento casi banal, físico. De una parte de la historia -que en parte inventa- que intentó borrar el Concilio de Nicea; esa que lo muestra sufriente, vivo -en minúsculas-, humano. Sorprende un pasaje -de una novela que en si misma es eso, un pasaje- en el que los novios de Las bodas de Caná le increpan por la calidad del vino; “que el mejor se sirviera después del mediocre fue culpa suya. Fuimos el hazmerreír de todo el pueblo”. El milagro como motivo de afrenta, de acusación. Y no serán los únicos. Los beneficiados, uno tras otro, desfilarán ante los romanos ojos de Pilatos con idénticas reclamaciones. O, casi peor, aquellos que por no haber sido regalados con sus “prodigios” sienten la cólera de la envidia -que en la Edad Media pintan de amarillo, como las baldosas en Oz-.

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