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"Rosa es una rosa es una rosa es una rosa"
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Jaime M. de los Santos

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"Rosa es una rosa es una rosa es una rosa"

Cojan su reproductor de canciones, el que usen, y busquen a Heinrich Ignaz Franz von Biber. Escriban -porque no siempre lo voy a hacer yo- 'Rosenkrant Sonates'. Escuchen

Foto: -'Mystery Sonatas. For Rosa’. Anne Teresa de Keersmaeker. 2022
-'Mystery Sonatas. For Rosa’. Anne Teresa de Keersmaeker. 2022

Antes de nada, que cualquier otra cosa, y sea la hora que sea, paren de leerme, por favor; un minuto. Cojan su reproductor de canciones, el que usen, y busquen a Heinrich Ignaz Franz von Biber. Escriban -porque no siempre lo voy a hacer yo- 'Rosenkrant Sonates'. Escuchen. Disfruten del violín barroco, del 'basso continuo', de un instante de paz en mitad del ruido de este histriónico planeta -lo merecen-. ¿Ya? Vuelvan a la palabra, la mía; si quieren. Lo que suena es tan poderoso, tan bello, que, tal vez, solo tal vez, no merezca la pena seguir leyendo. Si lo hacen, si lo han hecho, dejen que les explique. Desde el principio. Hace 351 días, cerca de Lieja, se abría de golpe el cielo. Rebosaban los cauces. La lluvia, como en el libro del 'Génesis', colmaba la tierra; en tromba. Rosa tenía quince años. El mundo cuatro mil quinientos millones más. Rosa era feliz, del todo; al fin. El invierno no le había sido fácil -como a tantos adolescentes de guardia-. Se había sentido incompleta, excluida -a pesar de estar siempre en la risa-. Por eso, con el calor, decidieron que viajara, para crecer. Y quiso. Y salió; con lo justo para volver pronto; con muchas ganas. Con esa sonrisa suya dibujada en sus manos. Y “todo el amor. Y la vida”.

placeholder La pared de Rosa en Bruselas
La pared de Rosa en Bruselas

En la pared de su alcoba, junto a la cama, por detrás de una fachada de ladrillo flamenca, dejaba a sus personas favoritas. Congeladas en trozos de papel impreso. Conformando una especie de Olimpo secular. A ellas dirigía sus ojos al volver de la escuela -que puede ser un campo de batalla-. Allí se buscaba. En ese espejo sin marco para un futuro que siempre es incierto. En esa fórmula casi mágica. Deseaba ser ellos, como ellos. Hombres y mujeres -casi todas rubias- felices, completos, grandes -o eso creía y quería creer-. Algunos repetidos -hasta la saciedad-; como esos iconos que se copian para hacer que su poder se expanda. El que más, Eloy -con su barba copta blanca y negra-. Eso quería ser ella, él. Un cirujano de deseos, un escultor de versos, un mago -de oz-. Dedicarse al arte, pensaba, es vivir más veces; más que Vasari. Pero vino el agua y apagó el tiempo. El suyo y el de todos los que la querían. Y la quieren, porque no la olvidan -ni lo haremos-. Fue víctima de las riadas; de la fiereza de un clima arrogante, doloso. Apareció a los tres días. Sin vida. La adolescencia puede ser más cruel que cualquier cosa, más salvaje que un vicio, ahora sé que menos que el agua.

placeholder Con Susanna Griso en Bruselas
Con Susanna Griso en Bruselas

Aterricé en Bruselas hace seis días, con Susanna Griso, para ver danza -y comer gofres-. Hace décadas que Bélgica optó por dejarse ver a través de su arte -al tiempo que a Madrid le transformaba, por completo, aquello que llaman Movida y que aun resuena-. Y promocionó a creadores de belleza -porque solo eso es el arte- en todas las lenguas, de todas las maneras. Hoy, son soporte de la creación contemporánea, de la misma idea de modernidad. Sobre todo en escénicas. El teatro y las artes del movimiento son lo que son gracias a ellos, a su mirada privilegiada y urgente, a su permanente deseo de verdad. Y la verdad no es siempre evidente. Anne Teresa de Keersmaeker la visita, la prodiga; la vuelve forma y gesto, espasmo. La proyecta. A su compañía de danza quiso llamarle 'Rosas', y se instaló en un bloque con ecos bauhausianos frente al parque de Duden -que se llena en verano de cuerpos al sol-. Hace poco se topó con mi Rosa y quiso coser su historia a la de otras Rosas -Bonheur, de Luxemburgo, Park y Vergaelen-, dibujando un retablo con imágenes que casi parecen sacras, bajo una luz de trueno plana. Con las 'Rosas' de Biber sin parar de sonar -ni siquiera cuando afinan las cuerdas-. Sentados, con los ojos rojos, fijos, los padres de Rosa, sus hermanos; detrás, muy cerca, Eloy, Susanna y yo -con un nudo denso en el pecho.

placeholder 'Mystery Sonatas. For Rosa’. Pas de deux. Anne Teresa de Keersmaeker. 2022
'Mystery Sonatas. For Rosa’. Pas de deux. Anne Teresa de Keersmaeker. 2022

Quince sonatas más tarde -y un intermezzo country de Lynn Anderson, 'Rose Garden'-, tras un friso de sentimientos dibujados, bailados -ágiles, bellos, sutiles-, hasta las tablas, en mitad del silencio de un coso circular, llegaban tres rosales cuajados de flor. Los portaban los mismos brazos que, no hace tanto, habían abrazado a Rosa. Me acordé de otra de esas piezas infinitas de Keersmaeker, 'Amor constante, más allá de la muerte'. Y de un verso de Lorca, “Amor, amor, que está herido. Herido de amor huido. Muerto de amor”. La salvación viene del amor, de la memoria. Se trasciende a través de quienes se aferran a lo que fuimos, y solo así no dejamos de ser. “Ser o no ser”, un nudo -más que gordiano- que atraviesa a todo ser social, que encuentra en el arte un seguro, una oportunidad para vivir más allá de la vida. Puede que la inmortalidad sea eso. Un lienzo, una talla, un poema, una cúpula como la de 'Santa Maria del Fiore' -que consagró Guillaume Dufay con un motete con más rosas, 'Nuper rosarum flores'-. Si alguien, algún día, nos piensa será por nuestras obras. Porque son vida, “vida verdadera”. Y ese es el único modo de enmendar a la muerte.

*'Mystery Sonatas' / For Rosa. Anne Teresa de Keersmaeker. 2022.

Antes de nada, que cualquier otra cosa, y sea la hora que sea, paren de leerme, por favor; un minuto. Cojan su reproductor de canciones, el que usen, y busquen a Heinrich Ignaz Franz von Biber. Escriban -porque no siempre lo voy a hacer yo- 'Rosenkrant Sonates'. Escuchen. Disfruten del violín barroco, del 'basso continuo', de un instante de paz en mitad del ruido de este histriónico planeta -lo merecen-. ¿Ya? Vuelvan a la palabra, la mía; si quieren. Lo que suena es tan poderoso, tan bello, que, tal vez, solo tal vez, no merezca la pena seguir leyendo. Si lo hacen, si lo han hecho, dejen que les explique. Desde el principio. Hace 351 días, cerca de Lieja, se abría de golpe el cielo. Rebosaban los cauces. La lluvia, como en el libro del 'Génesis', colmaba la tierra; en tromba. Rosa tenía quince años. El mundo cuatro mil quinientos millones más. Rosa era feliz, del todo; al fin. El invierno no le había sido fácil -como a tantos adolescentes de guardia-. Se había sentido incompleta, excluida -a pesar de estar siempre en la risa-. Por eso, con el calor, decidieron que viajara, para crecer. Y quiso. Y salió; con lo justo para volver pronto; con muchas ganas. Con esa sonrisa suya dibujada en sus manos. Y “todo el amor. Y la vida”.

Lluvia Susanna Griso Bélgica