'Everest': al nuevo género de catástrofes le falta enganche
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Noel Ceballos

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'Everest': al nuevo género de catástrofes le falta enganche

Inspirado en hechos reales, este drama en 3D nunca llega a transmitir la intensidad de la tragedia

Foto: Fotograma de la película 'Everest'
Fotograma de la película 'Everest'

La película de catástrofes resurgió a mediados de los 90, cuando los efectos digitales permitían colocar al reparto de caras conocidas en unos peligros sencillamente inimaginables durante la edad de oro del género, cuando Charlton Heston sólo reaccionaba ante un terremoto proyectado en un estudio. Ahora era real (o, al menos, una simulación lo suficientemente convincente). El problema estribaba en lo mucho que algunos cineastas se dejaron llevar por la técnica: al fin y al cabo, quizá el hiperrealismo no era tan importante como el personaje y la actuación de Chuck Heston. Pero la fiebre por los desastres digitales de nuevo cuño dio como resultado un par de binomios de películas rivales: uno sobre un meteorito (Deep Impact y Armageddon) y otro sobre un volcán en erupción (Volcano y Un pueblo llamado Dante’s Peak). Pero la reina del revival fue, por supuesto, Titanic.

Ah, el pico más elevado: la película de catástrofes con base real. ¿No son más interesantes cuando sabemos que han ocurrido?

Algo así. En realidad, hay dos tipos de espectadores en este subgénero: los que vienen por el drama humano en mitad de las condiciones climatológicas más espectaculares posibles, y los buscadores de metáforas. Claro, Titanic es una de las historias de amor más poderosas del cine comercial, además de un testimonio para todos aquellos que pasaron una de las noches más inconcebibles de la historia, pero también es una reflexión sobre la ambición del hombre y la lucha de clases a principios del siglo XX. En realidad, todo nació en los setenta: La aventura del Poseidón (1972) era una alegoría tan transparente —la sociedad se ha puesto del revés, luego sólo el pensamiento progresista nos servirá para encontrar la salida de este barco condenado— que uno no se explica cómo su remake, dirigido en 2006 por Wolfgang Petersen, se las ingeniaba para tener menos profundidad que una piscina.

Quizá es que, de un tiempo a esta parte, nos interesa más el drama humano que el comentario sociopolítico. Roland Emmerich apostó por lo primero en su incomprendida El Día de Mañana, pero tiró la toalla y se dedicó simplemente a añadir espectáculo a tragedias personales en 2012. Y qué decir de Lo imposible, el mejor ejemplo cuando uno quiere hablar de un tipo de cine arrollador y eminentemente emocional, hasta el punto que deja de lado cualquier consideración racional. Las únicas metáforas que admite ahora el neo-cine de catástrofes son de carácter sentimental: por ejemplo, Gravity trata de un renacer espiritual, sin ningún tipo de lectura social evidente. El problema es cuando el tema sí te está pidiendo a gritos una lectura social evidente...

¿Vas a aclarar a qué te refieres o es que te estás quedando sin oxígeno?

Ahí tenemos Everest, en la que sólo escuchamos algún comentario sobre la mentalidad ventajista y fenicia que propició la tragedia: hacia 1996, las posibilidades comerciales del monte más famoso del planeta eran tan suculentas que, el día de autos, un número desorbitado de grupos de expedición estaban intentando acceder a la cima al mismo tiempo. Se trataba de personas que pagaban un buen dinero por subir hasta allí, y las condiciones adversas eran consideradas malas noticias: un año fiscal sin clientes satisfechos con su foto en lo más alto del Everest es malo para el negocio.

Se puede argumentar que el director Baltasar Kormákur tenía los mimbres para construir algo más que un drama humano, pero eso es lo único que parece interesarle. Su obligatorio elenco de estrellas (algunas de ellas, como Robin Wright, con tan poco que hacer que resulta frustrante) ofrece una colección de reacciones desamparadas, pero Everest tiene muy poco más que dar. Ni siquiera utiliza la técnica a su favor: en ocasiones, Kormákur está a punto de conjurar imágenes imposibles que podrían responder al concepto romántico de lo sublime, pero no lo consigue del todo. Esta película tendría que haber sido una experiencia límite, uno de esos blockbusters de lo que uno sale con el corazón en un puño. Sin embargo, parece el tipo de entretenimiento que ayuda a matar el rato en un vuelo transoceánico.

¿Hay esperanza de alcanzar nuevos cumbres para el género?

El drama humano seguirá primando durante muchos años, como demuestra la inminente Los 33: una película sobre los mineros chilenos que no se atreve a poner el dedo en la yaga ni un poquito. Al parecer, lo que enterró a esos hombres no fue la negligencia de una compañía que no tenía ningún respeto por sus vidas (hasta que, claro, se convirtieron en una cuestión política), sino una serie de catastróficas desdichas. Al perder su tradicional garra ideológica, el cine de catástrofes se convierte en una Nada muy llamativa. O quizá es que el drama humano, el blockbuster de sentimientos a flor de piel, sea la nueva ideología. Pero en serio: ya basta de preguntas con metáforas facilonas relacionadas con el alpinismo.

Vaya, hay veces que hablar contigo es tan duro como...

No lo digas.

...escalar el Everest.

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