'Postverdad', 'metrosexual', 'capa de ozono': las palabras del año no duran ni 24 horas

La invención de palabras completamente inútiles y la puesta de moda de expresiones perecederas son un reflejo de los tiempos de incertidumbre que vivimos

Foto: Las palabras del año
Las palabras del año

Como no acabé la carrera de filología, tengo mucho que decir sobre la palabra postverdad. No en vano, la carrera que acabé fue la de periodismo.

Como saben, el Diccionario Oxford ha elegido postverdad palabra del año. Hay que reconocer que es un año muy tonto este: Dylan, premio Nobel de Literatura sin escribir libros, Trump presidente de Estados Unidos sin sonreír ni una vez y postverdad palabra del año aunque nunca antes la hubiéramos oído.

Siendo rigurosos, postverdad no es la palabra del año; la palabra del año es 'post-truth'. Post-verdad es la traducción al español de la palabra del año. Ningún medio ha dicho que 'post-truth' sea la palabra del año única y exclusivamente en lengua inglesa, lo que, dado que no hablamos en inglés, nos habría importado muy poco. Pero aquí ya vamos viendo que vivimos una realidad verbal de segunda mano, traducida, volcada, dirigida no desde bruselas, sino desde Google Translator.

Post-perro

Postverdad ('post-truth') es una palabra, si vamos de filólogos a medio terminar, como podría serlo postperro. ¿Que qué es un postperro? Pues un perro comprado por internet, al que le haces fotos con el iPhone, que luego subes a Instagram. Desde que existen 'smartphones' y redes sociales, sentimos que hay un “antes” casi prehistórico, que básicamente atañe a los años noventa, que no nos satisface. ¿Cómo va a ser lo mismo tener un perro en 1992 que tenerlo en 2016, cuando la foto que le acabamos de hacer mordiéndonos las New Balance tiene 432 Me gusta en Facebook? ¿Qué sabrían en los años noventa lo que era de verdad tener un perro?

Desde que existen 'smartphones' y redes sociales, sentimos que hay un “antes” casi prehistórico, que atañe a los años noventa, que no nos satisface

'La furia de las imágenes'
'La furia de las imágenes'

Fabricar palabras, conceptos, movimientos artísticos y lo que haga falta con el prefijo post es algo que vemos a diario. Agustín Fernández Mallo “inventó” el término “post-poesía”, Juan Fontcuberta habla mucho y muy bien en 'La furia de las imágenes' de “post-fotografía”. También oímos a menudo referencias al postfeminismo, al postporno y al posthumor. Si consideráramos todos estos términos como palabras nuevas, en una tarde tonta que tengamos podríamos multiplicar el diccionario de la lengua española por dos, hipertrofiando con alegría: postaburrimiento, postamabilidad, postamante, postamor...

El resultado de toda esta levadura semántica sería, como poco, la neolengua de Orwell, un postmundo postmoderno postimbécil.

Y yo creo que hay que evitar llegar a lo de postimbécil.

Mentira, falacia, media verdad

Postverdad nos la definen como un modo de hacer política en el que importa más la emoción que la realidad objetiva; también se habla de una era de la postverdad, en la que todos al alimón hemos decidido vivir más allá de lo evidente, feligreses de nuestros propios prejuicios y deseos irrealizados. En suma, dicen los del Diccionario que no nos importan los hechos, tan antipáticos, y que queremos que nos vendan cosas que nos generen vértigo y pasión.

La postverdad explicaría el Brexit, el no colombiano al acuerdo de Paz, la victoria de Trump y un poco que nuestra pareja llegue tarde los martes.

Así, el anciano en el medio rural inglés o el hombre blanco sin estudios en el último bar de Kentucky votaron lo que votaron debido a la postverdad. Antes de la postverdad, votaban comunista.

La voz postverdad no aporta nada al discurso político de nuestro tiempo; nada que no pueda decirse con palabras como “mentira”, “falacia”, “demagogia”, “engaño”, “media verdad”, “populismo” y hasta “oclocracia”. Es más: estoy seguro de que nadie usará este sedicente neologismo dentro de un año, y que el hueco que le ha hecho Oxford en su diccionario va a coger bastante polvo.

El perro de Garfield

Auguro esto porque tengo unos años y he visto bobadas consecutivas hacerle fiestas a nuestro idioma. ¿Alguien se acuerda de la palabra metrosexual? Cuando se puso de moda, yo era joven y no sabía que moderno era sinónimo de durar muy poco. Metrosexual duró lo que David Beckham en el Real Madrid.

También recuerdo aquello de la capa de ozono. Como la capa de ozono existe, parecía que nunca íbamos a dejar de decir “capa de ozono”. Los niños hacían trabajos en la escuela sobre la capa de ozono y hasta aparecía escrita esta expresión en los botes de desodorante. En pocos años, sin embargo, capa de ozono fue sustituido como epítome de conciencia ecológica por “cambio climático”, término que yo creo que ya está pidiendo a gritos una digna retirada.

En pocos años 'capa de ozono' fue sustituido por 'cambio climático', término que ya está pidiendo a gritos una digna retirada

El caso más fascinante de manipulación del habla común sucedió con la palabra tolerancia. De pronto, todo el mundo pedía tolerancia, se decía mucho “hay que ser tolerantes” y “lo primero es la tolerancia”. Los niños —otra vez— hacían carteles con ceras en el colegio donde Tolerancia aparecía con un tamaño mayor que el solecito y los arbolitos juntos.

Sin embargo, en pocos años se pasó de abusar de la tolerancia a abusar de su contrario: “tolerancia cero”. ¿Cómo pudo ser que todos estuviéramos durante muchos años a favor de la tolerancia y, luego, sin más, defendiéramos la tolerancia cero? ¿Había que ser tolerantes o no había que ser tolerantes? El cartel de los niños de 1999 decía Tolerancia y el de los niños de 2000, Tolerancia Cero, con el mismo profesor de Sociales.

Dejó dicho Octavio Paz que cuando un país se corrompe, lo primero que se corrompe es su sintaxis. En 'LTI. La lengua del imperio', Víctor Klemperer ya señalaba cómo la propaganda alemana fomentaba un populismo que vaciaba de contenido el lenguaje para preñarlo de emoción (¿inventó Goebbles la postverdad, entonces?).

Más humildemente, Garfield descubrió la banalización léxica en un episodio en el que jugaba a cabalgar sobre su amigo, el perro Odie. Vistos los pésimos resultados de la galopada, Garfield le reprochaba a su compañero de juegos (y, de paso, al Diccionario Oxford) la confusión generada con esta afirmación postverdadera: “Odie, para ser un perro, eres un pésimo caballo”.

Mala Fama
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