'El lenguaje de las ciudades' el libro que todos los alcaldes, de Colau a Carmena, deben leer

Escrito por Deyan Sudjic, es un apasionante análisis del concepto de ciudad y de la importancia de un gobierno justo en aras del progreso de toda su población

Foto: Vista aérea de Tokio. (EFE)
Vista aérea de Tokio. (EFE)

El libro empieza en descrédito. Deyan Sudjic no tiene reparo en consignar ya en la tercera frase de su ensayo sobre las ciudades que Tokio alberga una población de 40 millones de habitantes. Yo estuve en Tokio hace poco, y no vi tanta gente. Si vas a escribir un ensayo sobre la ciudad, y crees que en Tokio viven 40 millones de personas, quizá primero deberías leer un ensayo sobre matemáticas: no es lo mismo ocho que 80. También podrías buscar el dato en Google. Son nueve millones los habitantes de la capital nipona, y sólo sumándole 100 ciudades más (las que comprenden la llamada Área del Gran Tokio) alcanzas esos alegres 40 millones.

De modo que Deyan Sudjic arranca su libro 'El lenguaje de las ciudades' (Ariel) sin tener muy claro si Tokio es una ciudad o ciento una, lo que no deja de ser un poco inquietante.

Barcelona

El lenguaje de las ciudades es un precioso volumen que tarda en gustar, pero que acaba compensándonos por sus insensateces, casi todas expuestas en las primeras páginas. Dice Sudjic que la ciudad es un lugar donde sus habitantes son felices, “una máquina de creación de riqueza que, como mínimo, hace que los pobres no sean tan pobres como eran antes”. Si esta es su definición de ciudad, entonces no hay ciudades en el mundo, porque en todas se encuentra a la gente más miserable de un país. Uno es consciente de lo difícil que resulta definir el concepto de “ciudad”, pero si proponemos que ciudad es todo aquel asentamiento urbano donde hay mendigos estaremos más cerca de la verdad que si aseguramos, como el autor, que la ciudad es esencialmente el sitio donde todo el mundo progresa. En un pueblo nadie duerme en la calle.

'El lenguaje de las ciudades'
'El lenguaje de las ciudades'

Enseguida Sudjic sube la apuesta de su candidez e introduce el concepto de tolerancia como definitorio de ciudad. Uno está a punto de dejar el libro porque lo lee asomado a una ventana en una gran ciudad -cosa que quizá el autor no hizo mientras lo escribía-, pero intuye que nuestro hombre se ha dejado llevar por las buenas intenciones, definiendo idealmente cuando debería haberse atenido a lo cierto.

Sin embargo, antes de dejarnos disfrutar de su inteligencia, Sudjic tiene ocasión de meter la pata una vez más. Ojo a esto que afirma sobre el desarrollo urbanístico de Barcelona: “Un poco más tarde siguió la transformación de Barcelona, una ciudad en la que arquitectos, planificadores y políticos habían sufrido en las mismas celdas, durante los años de la dictadura de Franco, y estaban lo suficientemente cerca unos de otros para embarcarse conjuntamente en la renovación de su ciudad, una vez desaparecido el dictador.”

¿Se puede decir semejante simpleza y ser director del Museo de Diseño de Londres? Sí se puede, amigos.

Sin Walter Benjamin

Deyan Sudjic, que sabe de Barcelona más o menos lo mismo que Julian Assange, sabe bastante de todo lo demás, y empieza a demostrarlo desde la página 40. Su acercamiento al concepto de ciudad abarca desde lo menudo y poético (el nombre) hasta la complejidad de un plan urbanístico tan demencial como fue el Canary Wharf de Londres. Y es que Sudjic tiene algo que escasea en este tipo de ensayo ligero y divulgativo: ideas propias.

Sudjic tiene algo que escasea en este tipo de ensayo ligero y divulgativo: ideas propias

No en vano, hay que llorar de admiración ante un ensayista del siglo XXI que no cite a Walter Benjamin, y eso que Sudjic tenía todas las oportunidades para hacerlo, dado que la obra principal de Benjamin, El libro de los pasajes, habla de urbanismo y de la figura del barón Haussmann (“artista demoledor”), muy presente en este libro. Sudjic no necesita a Benjamin.

Nuestro autor, que efectivamente es director del Museo de Diseño de Londres, prefiere renunciar al exhibicionismo referencial y escribir se diría que desde un cierto adanismo sobre las ciudades del mundo (Londres, Tokio, Nueva York, Los Ángeles, Las Vegas o Lagos, principalmente), buscando las ideas puras de las grandes poblaciones. Así llega a iluminaciones como ésta: “El agua es lo que mantiene vivas las ciudades.”

El agua y la gente

Metidos como estamos en debates sobre semáforos paritarios, recogida de basuras, manifestaciones gigantescas o cambios en el nombre de las calles, abruma casi que alguien nos recuerde lo verdaderamente importante, y tan modesto: el agua. Sudjic sigue con lo básico: la gente. Una ciudad necesita gente, incluso multitudes: “Sin la posibilidad de una multitud, una ciudad está incompleta”. Y añade: “La multitud es una expresión tanto de la energía democrática como de la amenaza ciega.” Y calles: “La experiencia de una calle la establece la relación entre los peatones y los vehículos.”

"La multitud es una expresión tanto de la energía democrática como de la amenaza ciega", escribe Sudjic

Tras hablarnos de la activista del urbanismo sensato Janet Jacobs, o del cacique Robert Moses, y de darnos algunos datos verdaderamente curiosos (cuatro mil millones de personas no tienen dirección postal; Second Street es el nombre de calle más popular en Estados Unidos), Sudjic pasa a analizar la palaciega tendencia que se ha apoderado de Silicon Valley, tramo del libro donde su inteligencia y conocimiento se afinan prodigiosamente, y que yo he leído en éxtasis.

Baste asentar aquí la comparación que propone el autor para apuntalar su desconfianza respecto al nuevo modo de entender el concepto de oficina central que caracteriza a Google, Facebook y Apple. En las oficinas de Facebook, epítome empresarial de nuestro tiempo, pueden leerse por las paredes frases como ésta: “¡Muévete rápido y rompe cosas!” En las paredes de las oficinas de IBM, ya anticuadas, podía leerse: “¡Piensa!”

Mala Fama

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