Barcelona es más bonita, pero Madrid es más acogedora: el origen del mito

Manuel Alberca nos regala uno de los libros del año con La máscara o la vida, un ensayo sobre autoficción que acaba trazando una oportuna panorámica sobre la relación entre España y Cataluña

Foto: Playas de Barcelona. (EFE)
Playas de Barcelona. (EFE)

Aunque Manuel Alberca publicó hace diez años uno de los ensayos españoles fundamentales para entender el concepto de autoficción, no fueron muchos los que lo leyeron, pues ahora mismo hay como cuatrocientos escritores llamando autoficción a lo que sea que hacen con su ego. 'El pacto ambiguo' señalaba el origen y desarrollo de este malabarismo literario, buscaba definiciones manejables y ponía ejemplos recientes dentro de la narrativa de nuestro país. Su continuación, titulada 'La máscara o la vida' (Pálido fuego), hacía pensar en un ensayo aún más minoritario, una nota al pie de aquella nota al pie, pues quizá el domicilio enciclopédico que merezca la autoficción no sea otro que el margen o el epílogo. Si 'La máscara o la vida' tuviera un interés tan microscópico, yo les hubiera perdonado este artículo.

Pero este ensayo de Alberca recoge, en primer lugar, una bella obsesión, y, aprovechando patria, también un bonito silencio: el de los españoles para con ellos mismos.

Ortega y Gasset

La obsesión de Alberca es la autobiografía, mayormente la del españolito. El diminutivo no lo pongo yo, se lo puso más o menos Ortega y Gasset cuando afirmó que en nuestro país hacer memoria no era labor gustosa, pues el español se empequeñece visto en la tesitura de contarse: “¡No puede extrañar la escasez de memorias si se repara que el español siente la vida como un universal dolor de muelas!”, escribió.

'La máscara o la vida'. (Pálido fuego)
'La máscara o la vida'. (Pálido fuego)

Esta reserva hacia el relato propio ya nos la había diagnosticado un francés a mediados del siglo XIX: “Los españoles han escrito pocas memorias... Un orgulloso silencio envuelve su vida y su muerte” (Philarète E. Chasles), y llevó a curiosas, por no decir delirantes, apreciaciones sobre el carácter nacional: “la propensión infraestimativa”, “el pudor y la desconfianza”, “nuestra incapacidad introspectiva” (Guillermo de Torre).

Con más soltura, Vargas Llosa dictaminó: “El español es capaz de contar su vida íntima al primero que se siente a su lado en la barra de un bar, pero es renuente a ponerla por escrito.”

Y eso, que nos pongamos por escrito, es lo que quiere Manuel Alberca, que se reconoce como un yonqui de las autobiografías, pues para él “no hay ejercicio intelectual más apasionante” que leerlas.

La autoficción ha muerto

Si el erudito que más sabe de autoficción en España declara: “Me cansa ya la autoficción”, es que la autoficción está ya muy malita. Alberca apenas disimula su alborozo, pues lo que él defiende es la autobiografía, quizá como la aportación más valiosa que un autor puede hacer a eso que se conoce como microhistoria, que es la Historia de la gente que no pasa a la Historia.

Si el erudito que más sabe de autoficción en España declara: "Me cansa ya la autoficción", es que la autoficción está ya muy malita

Así, 'La máscara o la vida', al revisar las autobiografías españolas publicadas desde comienzos del siglo XX hasta hoy mismo, nos lleva de la mano por la Historia de España y, anotación a anotación, comentario a comentario, Alberca acaba escribiendo su propia autobiografía sin vida, muy parecida de hecho a las que lleva publicadas Félix de Azúa.

La puntilla a la autoficción no puede ser más dantesca, por cierto. Alberca recurre a los estudios de Isabelle Grell sobre la obra de Serge Doubrovsky -padre del neologismo en su novela Fils- y descubre que el origen del término “auto-ficción” no es otro que el lugar donde el escritor francés, que vivía en Manhattan y sufría sus atascos, revisaba sus cuadernos: “...si escribo en mi coche mi autobiografía, será mi AUTO-FICCIÓN”.

¡Para lo que hemos quedado, autoficción!

Barcelona y Madrid

Acuciados por la actualidad, el tramo de 'La máscara o la vida' que se lee con más morbo es el titulado 'Barcelona versus Madrid', capítulo donde se verifica la visión catalana de la capital de España a lo largo del siglo XX. Que Barcelona es más bonita, pero Madrid más acogedora, era algo que ya se decía hace cien años.

Agustí Calvet (Gaziel), escribió sobre “aquell Madrid tibetá” (aquel Madrid tibetano), cuyas gentes “estava dotada d`una vivor i una gràcia espontànies” (estaban dotadas de una viveza y una gracia espontáneas); todo lo cual no servía para disuadirle de que “els catalans no som espanyols. No lo podem ser, ni volent”.

Salvador Pániker, muchos años después, abundaba en esta impresión: “Ponerse a hablar con la gente de la calle era mucho más fácil en Madrid que en Barcelona.” Y Juan Goytisolo: “Madrid fue para mí una fiesta”.

Josep Pla, por su parte, quiso ver como motor de toda laboriosidad madrileña la pura competencia: “Hacer más que Barcelona, ser más que Barcelona -ésta ha sido una de las pasiones de Madrid.”

De todo lo cual se deduce que Madrid y Barcelona están en el mismo país siempre y cuando haya un bar abierto.

Trapiello no existe; Muñoz Molina, un poco

Las lecturas instigadas por 'La máscara' o la vida son variadas y apetecibles. Alberca reivindica ese libro casi desconocido de Unamuno que tanto gusta a Enrique Vila-Matas: 'Cómo se hace una novela'; declara como canónicas las memorias de Carlos Castilla del Pino, 'Pretérito imperfecto', y juzga 'Visión desde el fondo del mar', de Rafael Argulloll, como “el mejor libro autobiográfico del siglo en curso”. También los libros de Umbral sobre su madre, los diarios de González-Ruano, 'Negra espalda del tiempo', de Javier Marías o el mucho más reciente 'Los cinco y yo', de Antonio Orejudo, reciben su bendición. Eso sí, si eres escritor y tienes menos de 50 años, Alberca pasa bastante de ti.

Manuel Alberca. (EFE)
Manuel Alberca. (EFE)

Cosa lógica, por otro lado; mucho más que ignorar por completo las 10.000 páginas de los diarios de Andrés Trapiello o relegar a Muñoz Molina ('Ventanas de Manhattan' y hasta 'Todo lo que era sólido' parecen libros citables en un ensayo sobre autobiografía española) a simple mediador intelectual.

Pero Manuel Alberca -y quizá Trapiello- sabrá por qué no incluye el 'Salón de pasos perdidos' en su recuento, elusión que ni queremos afearle al cabo, pues 'La máscara o la vida' es saber solidario, la lectura en horas de lo que más ha amado leer alguien en su vida entera, un regalo, en fin; un punto de partida.

Mala Fama

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