Hagamos una fiesta cada vez que alguien se suicide

Las muertes a causa del suicidio alcanzan cifras escalofriantes a las que acompaña un enorme silencio que sólo puede ser roto leyendo testimonios de escritores

Foto: Cuatro muertos en un suceso de suicidio en Nueva York (EFE)
Cuatro muertos en un suceso de suicidio en Nueva York (EFE)
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Carmen Calvo propuso hace algunos meses que la cuenta de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas se llevara a partir de ahora en grandes totales. Se pasaría de informar de que 34 mujeres han sido asesinadas este año a informar de que 958 mujeres han sido asesinadas. Entiendo que esta medida busca subrayar un problema, revitalizar la percepción que tenemos del drama, si acaso se ha ido adormeciendo; gritar, en fin, el horror desde las matemáticas.

A mí se me ha ocurrido una cosa, también. Yo creo que hay que hacer una fiesta cada vez que alguien se suicide. Una fiesta, no sé, de diez o quince minutos. Cuando nos enteremos de un suicidio, nos ponemos todos a bailar, se abre alguna botella y se dan palmas, todo durante un rato. Echémonos una risas por cada muerte a mano propia. Celebration!

La idea se me ha ocurrido viendo un monólogo de Anthony Jeselnik, no soy tan brillante. Jeselnik tenía un programa en la tele en el que cada vez que alguien moría atacado por un tiburón celebraba la “shark party”. Sólo lo hizo una vez porque le cancelaron el programa.

Las 3500 vidas

Mientras me cancelan esta columna, déjenme que les haga una pregunta: ¿cuántas personas se suicidan en España cada año? Como el dato ha salido en prensa hace poco, quizá algunos de ustedes se lo sepan. Yo se lo voy a recordar: 3500 de media. Esto quiere decir que deberíamos hacer diez fiestas de quince minutos cada día del año. No daríamos abasto. Quizá por eso no hacemos absolutamente nada.

Que la gente se suicide por millares nunca ha sido una “lacra”, una epidemia, un problema gordo

3500 muertes al año a causa del suicidio dan para mucha piedad, mucho lamento, mucha concienciación y mucha Carmen Calvo. Sin embargo, Carmen Calvo no está preocupada por estas 3500 muertes, como no lo ha estado ningún ministro o presidente del gobierno antes que ella. En España, en los últimos años, hemos vivido campañas masivas que nos hacían mirar de pronto hacia los desahuciados, hacia los niños que no podían alimentarse en verano, hacia las mujeres asesinadas y maltratadas, hacia la situación de los manteros en las grandes ciudades, hacia los taxistas y sus cuitas, hacia la discriminación de los transexuales... Pero que la gente se suicide por millares nunca ha sido una “lacra”, una epidemia, un problema gordo, una cosa al menos. No me digan que no es curioso.


Mayormente porque en el suicidio coinciden todas las causas, y la gente se suicida porque es pobre, porque la echan de su casa, porque le niegan su verdad sexual, porque no puede dar de comer a sus hijos. La gente no se suicida para matarse ellos, sino para matarnos a todos los demás, que somos los que les hacemos daño.

Sobrevivir

El poco rato que se dedica en España a los suicidas llega después del verano, con los datos. Este año han pasado dos cosas raras. Primero, se ha dejado de anunciar la cifra de suicidas con el desglose por sexos. Yo sé desde hace tiempo que se suicidan muchos más hombres que mujeres, a razón de 75/25%, pero, por lo que sea, este año ese dato se ha ocultado o relegado. Al igual que con la propuesta de Calvo sobre los grandes totales de mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas, aquí puede percibirse una paradoja morrocotuda: que alguien cree que desinformar es beneficioso para la sociedad. Calvo cree que no saber cuántas mujeres han muerto en lo que va de año y sí saber cuántas han muerto en total es más llamativo y, por tanto, más efectivo para concienciar y paliar. Error. A fin de cuentas, pasados cuatro o cinco años, la cifra volverá a resultarnos tan consabida como la que manejábamos anualmente, con el añadido de la desinformación: no saber si la tendencia sube o baja, o se mantiene, o guarda relación con años boyantes o miserables.

Se ha dejado de anunciar la cifra de suicidas con el desglose por sexos

Lo de no decirnos este año que mueren más hombres que mujeres a causa del suicidio me ha dejado pálido. Yo quiero saberlo todo del suicidio, el desglose por sexos, por nacionalidad, por edad y por estatus económico. Y hasta por método. No me vale un 3500 incoloro y de brocha gorda, la fosa común de nuestra indiferencia.


Por si este desinformarnos por nuestro bien no fuera suficiente, vi además en televisión una sucesión de testimonios de suicidas frustrados, mayormente mujeres todos ellos. El tema de la violencia de género se colaba en uno de los testimonios, dando la imagen general de que las mujeres se suicidaban más y por culpa de estas violencias. Era como si suicidarse no tuviera la menor importancia, no debiera ni preocuparnos si no lo relacionábamos de alguna manera con un asunto más candente y de primera línea, la violencia de género en este caso.

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La segunda cosa rara que ha pasado es que los testimonios de los casi suicidas venían rotulados con un nombre y una indicación del número de veces que se habían intentado quitar la vida. Pero no usaban estas palabras, usaban éstas: “Fulanita. Ha sobrevivido a dos intentos de suicidio”; “Menganito. Ha sobrevivido a tres intentos de suicidio”.

Llamar “sobrevivir” a no morir en un intento de suicidio, como si éste fuera un accidente de avión o un cáncer de pulmón, es lo que nos quedaba por ver en términos de blanqueo de capitales morales. ¿Suicidarse es intentar sobrevivir? Mucha poesía me traen. ¿Los 3000 suicidas son personas que no consiguieron sobrevivir a su propio deseo de matarse? A lo mejor es que querían matarse y no sobrevivir, fíjense lo que les digo. A lo mejor estaban hartos de sobrevivir y por eso se mataron. Un poco de respeto.

No me cabe duda de que este “sobrevivir” viene de Estados Unidos, y que fue inventado para amortiguar el estigma que se deriva de intentar matarse sucesivamente. Dentro del proceso global de victimización generalizada, el suicida ya no es sujeto de su drama, sino víctima. Es decir, no tiene voluntad, no sabe lo que hace y la culpa no es ni suya ni -sobre todo- nuestra: es atmosférica.

Pero el suicida consumado intentó suicidarse para morir, y al final lo consiguió. Es crudo y está bien que sea crudo y es pura decencia conservarle esa crudeza.

Experto en quitarse la vida

No son los que han intentado suicidarse los que saben más sobre el suicidio, como prueba el hecho de que no hayan sabido matarse. Cioran no sabe nada sobre el suicidio, aunque no dejara de vendernos libros donde lo mitificaba comercialmente. José María Arguedas sí sabía del suicidio.

Su libro póstumo 'El zorro de arriba y el zorro de abajo' (Drácena), que acaba de reeditarse, empieza con esta frase: “En abril de 1966, hace ya algo más de dos años, intenté suicidarme”. Y acaba con este pasaje: “Elijo este día porque no perturbará tanto la marcha de la universidad. Creo que la matrícula habrá concluido. A los amigos y autoridades acaso les hago perder el sábado y domingo, pero es de ellos y no de la U.”

Arguedas se pegó un tiro (dos, según algunas fuentes) en los baños de la Universidad donde trabajaba. Agonizó durante cuatro días y murió. Lo tenía todo planeado, su intención era “irme bien de entre los vivos”. Mucha gente se suicida con una extraordinaria consideración para con sus seres queridos (como vemos en una escena de 'Tres anuncios en las afueras'). Escriben notas de despedida y hasta libros enteros ('Mi suicidio', de Henry Roorda). Ponen todo el cuidado del mundo en no generar mucha molestia. Son 3500 personas sumamente educadas las que, cada año, no pueden soportarnos más.

Cuando se tiran a las vías del tren, por megafonía lo llaman incidencia o avería.

Mala Fama

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