¿Quién necesita un millón de euros para vivir?

Santiago Lorenzo presenta en 'Los asquerosos' una fábula anticonsumista tan radical que puede leerse como una invitación práctica a abandonar la sociedad contemporánea

Foto: Christopher McCandless, el personaje real que inspiró 'Into the wild'
Christopher McCandless, el personaje real que inspiró 'Into the wild'

En algún momento de su vida, el cineasta nacido en Portugalete Santiago Lorenzo decidió hacerse segoviano. Hacerse segoviano es, a todas luces, la epifanía suprema. Santiago Lorenzo vive en una aldea imprecisa de la provincia castellana haciendo churros y libros, según podemos leer en la nota biográfica que acompaña las novelas que va escribiendo en esa aldea y publicando en Barcelona. Lorenzo empezó con cortos, y un largo, 'Mamá es boba', que vimos todos los que en los 90 queríamos ser modernos. Pero este segoviano vocacional, “harto de los tejemanejes del mundo del cine”, según se afirma en su semblanza biográfica, “decidió cederle sus ideas a la literatura”, donde, como el todo el mundo sabe, no hay tejemanejes a partir de las diez y cuarto de la noche, los lunes.

Esta cesión de talento se ha sustanciado en varias novelas humorísticas: 'Los millones', 'Los huerfanitos' y 'Las ganas', muy españolas por parte de madre, la boba, y ahora se amplía con 'Los asquerosos', un cruce entre Robinson Crusoe y el 'Manifiesto' de Unabomber, que también vivía en el bosque hasta que le atrapó el FBI.

Vivir sin nada

Quizá la pregunta de la que partió Lorenzo para hacer esta novela fue: ¿se puede vivir sin nada? Como la nada ha perdido entidad en nuestros días, y nadie sabe ya cuánta nada hay en la nada, el autor fue más allá: sin nada es sin nada, sin móviles, sin ropa nueva, sin trabajo, sin pareja, sin casa propia, sin productos de limpieza, sin mascotas, sin tabaco, sin abono transporte, sin cuenta bancaria, sin tertulianos... Poco a poco, en su aldea segoviana, Santiago Lorenzo se percató de la auténtica pregunta, sinceramente terrorista, que iba a plantearle a España: ¿quién quiere vivir sin nada?

'Los asquerosos'
'Los asquerosos'

Nadie quiere vivir sin nada, lógicamente, te tienen que obligar un poco. Y así encontró el argumento de su novela. Manuel, un currito de aluvión, agrede en defensa propia a un policía antidisturbios y huye de la ciudad. Cree que lo ha matado y que acabará en la cárcel, por lo que decide borrarse del mapa. Acaba en provincias, en un pueblucho abandonado. Con la ayuda de su tío, que le monitorea la supervivencia a través del teléfono móvil, recibe comida a domicilio desde un supermercado cercano, mientras va aprendiendo a estar solo, lee unos libros de la colección Austral que estaban en el altillo y saborea la holganza. No está tan mal, después de todo, existir indocumentado, trabajar a capricho y sin jefes ni sueldos y asistir al goteo lentísimo del Tiempo.

Hasta aquí, 'Los asquerosos' es el Walden de Thoureau en Valsaín. Imagina uno que imaginó Lorenzo su aldea ficticia a partir de esa aldea real (que no sé si es Valsaín: lo he dicho a voleo) en la que vive. Como en 'Robinson Crusoe', la novela necesita mucho bricolaje, y es portentoso que el autor nos demuestre que se puede vivir así, metido en una choza y plantando calabazas y fabricando los propios enseres y yendo al bosque a por más leña. Estas páginas, como en la novela de Defoe o en cualquiera de sus muchas derivaciones ('El muro', de Marlen Haushofer, por ejemplo), tienen el peligro de ser un coñazo, pues todo lo que vemos es el registro fiel de una manualidad sucesiva, hacer cosas, cortas maderas, plantar, reparar, repararse.

Santiago Lorenzo viene armado con una prosa sensacional, que no ha aprendido en el cine, pero tampoco leyendo a Foster Wallace

Lo de Lorenzo no es coñazo porque viene armado con una prosa sensacional, que no creo yo que haya aprendido en el cine, pero tampoco leyendo a Foster Wallace. “Era un recinto de tierra baldía, de veinte por veinte pasos y con cancela a la calle trasera. Lo acotaba un murete de sillarejo, aumentado en altura hasta los dos metros y medio por un vallado de jardín del siglo pasado, a base de malla metálica y cañizo.” Este vocabulario años 40/50, como de Sánchez Ferlosio o más al fondo, se acomoda en una sintaxis -para decirlo todo- netamente cervantina, con donaire, al tiempo que se colocan aquí o allá chistes, tacos, facecias como de -íbamos a decirlo todo- Jardiel o Gómez de la Serna: “Es verdad que era ineludible comprar lo de comer (fungible de muela), algún apero doméstico (inventariable de mano) y un par de artículos de higiene (consumible de roña).”

Los asquerosos

¿Quiénes son los asquerosos? Pues no quiero señalar a nadie, pero me parece que usted, que yo, que todos. “Decía que la gentucilla que precisa gadgets y profilaxis y adminículos y zarandajas y calidad de vida y pomadas y pasteurizar el chupa-chups que uno se va a comer, esa va a ser la primera en caer.” O, más directo: “Unos mendas que sólo se creían el tiempo que les hacía encima si lo miraban en Internet”.

Santiago Lorenzo
Santiago Lorenzo

La bilis que descorcha Lorenzo en el tramo final de su libro contra la sociedad de consumo y el espíritu dominguero con el que vamos al campo es de alta ofensa, con todo y que lleva razón. Aquí se nos ha olvidado el 'Tener o ser' de Erich Fromm que leímos en BUP, y a los niños ya no se les compra un yoyó de cien pesetas, sino un móvil de 300 euros. De ahí, para arriba. Santiago Lorenzo celebra el 'Into the wild' al tiempo que se desespera por la estupidez contemporánea, que se cifra en ir por la calle montado en algún cacharro eléctrico y, horas después, entrar en el gimnasio a correr sobre una cinta.

O como dice en su insólita, singularísima novela: “Colocar unas mosquiteras en las ventanas para que el campo no les entrara en la casa de campo.”

Mala Fama

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