Escucha, moderno: eres un paleto y lo sabes

Ser moderno es una de las obsesiones más reconocibles de los españoles, que termina cuando la vida se pone seria y vuelves, de una u otra forma, a tu pueblo

Foto: Una pareja muy moderna. (iStock)
Una pareja muy moderna. (iStock)

La fotografía era del estadio de fútbol del Sporting de Gijón y en ella podía verse una gran pancarta en la grada, que decía: "No al fútbol moderno". También vi una vez una camiseta que llevaba un vallisoletano y en la que se proclamaba una oposición similar, pero con la puntilla de la suficiencia: "Modernos son los demás". La madrileña Silvina Magari debutó con un primer disco de título distante, 'Ya no soy moderna'. Y el libro pan-madrileño por excelencia, 'El Jarama', ponía en boca de un alcarreño esta feliz aleación de banderillas yeyés: "¡Ole lo moderno!".

Está claro que lo moderno en España viene siempre de provincias y en provincias acaba, como acaba uno volviendo a su pueblo a que su madre le dé de comer después de fracasar en Madrid. En España hay que fracasar para poder ser español. Es una frase como otra cualquiera, para lucirse. Lo malo será si contiene algo de cierto.

Desde hace tiempo sostengo la teoría de que la vanguardia literaria seduce sobre todo a los paletos. A mí. Somos muchos los chicos y chicas de provincias que, llegados a Madrid, nos pasamos de frenada y acabamos en Tokio o Nueva York. El ímpetu de la huida es acojonante. Llegas a Madrid y todavía te faltan calles por las que correr.

Un moderno que vuelve a su pueblo. (iStock)
Un moderno que vuelve a su pueblo. (iStock)

Entonces hacemos novelas raras, esquinadas, rompedoras, nuevas, 'Trenes hacia Tokio'. cualquier cosa antes que imitar al autor oficial, que en Castilla y León es Delibes, en Galicia Torrente Ballester y en Murcia no lo sé. Pero un murciano seguro.

Si pienso en autores que intentan romper el relato, aunque sólo sea trayendo rupturas de Estados Unidos, salen sobre todo periféricos y de un pueblo a ser posible. En Madrid puedes saber quién es de pueblo por los tatuajes y los piercings: siempre llevan uno de más. Los tatuajes son como los viejos sellos en las maletas, que acreditan lo viajado. Cada vez que te pones un tatuaje, viajas un poco más lejos del potaje con garbanzos de tu infancia.

Es digno de verse cómo la gente deja de ser moderna cuando se le acaba la carretera. O sea, con cuarenta años

Uno no es de ningún sitio impunemente, dijo Cela, y es digno de verse cómo la gente deja de ser moderna cuando se le acaba la carretera. O sea, con cuarenta años. Decenas de autores vuelven entonces al origen, como miles de personas que ni escriben libros ni quisieron nunca lucir de artistas. Simplemente se han cansado de correr.

Por eso tiene que hacer Sergio del Molino, después de la 'España vacía' y de la España confín, la España vaivén, esa que quiso ser moderna y acabó autonómica, reconcentradamente regional, con una fe firme y conversa en las cosas del abuelo, que al final eran más de fiar que las cosas de McSweeney´s, 'Vice', 'The New Yorker' o Zizek.

Una imbecilidad evitable

Mi vida muchas veces consiste en sentir lástima por la gente joven. Yo veo gente joven ahora por Madrid y me dan ganas de llorar. Cuánta energía perdida en querer ser moderno, estar en la onda, molar y acertar con el tatuaje. Ser moderno es una imbecilidad evitable, y por eso da tanta pena. Cuando oyes a alguien referirse a sí mismo como 'millennial' sabes que se va a caer desde muy alto dentro de diez años. Fuera de las revistas de tendencias hay un mundo entero: se llama vida adulta. Nadie es adulto hasta que deja de ser moderno. Vamos, hasta que deja de disfrutar tanto de sus preocupaciones.

Portada de 'El Rastro'
Portada de 'El Rastro'

Todo este sermón se me ha ocurrido leyendo 'El Rastro' (Destino), de Andrés Trapiello, mientras creía que leía 'Teoría general de la basura' (Galaxia Gutenberg), de Agustín Fernández Mallo. Es una cosa que pasa poco: leer un libro creyendo que lees otro. De 'El Rastro' ya hablé aquí hace dos semanas, pero lo hice sin abrirlo apenas, porque quería leerlo con algo de pausa, y no tramitarlo sin placer alguno.

El caso es que iba leyendo 'El Rastro' con sumo placer y, una tarde, le quité el celofán a 'Teoría general de la basura', un imponente trabajo prácticamente ilegible del autor de 'Nocilla dream'. Yo me he leído todo de Agustín Fernández Mallo —no hay elogio equiparable—, y lo admiro por no cansarse de ser moderno; pero esto ya me ha pillado mayor, me ha pillado. Fui incapaz de seguirle el juego. "Lo verdaderamente nuevo es la obra que partiendo de materiales profanos se hibrida con el ámbito de la alta cultura, la trae a sus costas y de este modo la transforma y se transforma a sí misma". Para transcribir esta cita, por ejemplo, he abierto el libro a voleo.

Portada de 'Teoría general de la basura'
Portada de 'Teoría general de la basura'

Era impresionante leer 'El Rastro' con el sofisticado palpitar del otro libro a medio metro, cerrado sobre la mesa. Me daba ya Trapiello una teoría general de la basura con su Rastro. Era, en fin, su Rastro una Teoría general de la basura para paletos. También citaba a Benjamin, Trapiello, y hablaba de copia y apropiación (los Grecos falsos), y de la transformación de los artículos de consumo en materia artística, y de la narrativa fragmentaria. Y todo sin salirse de las aceras de la calle Ribera de Curtidores.

Esto de leerse dos libros leyendo sólo uno lo tengo que hacer más.

Mala Fama

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