Violar y matar niños: la culpa de los padres

Leaving Nerverland o El caso de Madeleine McCann atizan los miedos primitivos de la paternidad, no siempre expresados con su propio reverso: la violencia

Foto: Fotografía de Madeleine McCann. (EFE)
Fotografía de Madeleine McCann. (EFE)

Al poco de ser padre empiezas a darte cuenta de que en casi todas las películas y series de televisión se violan, secuestran y matan niños. Agredir a un niño es el comodín del thriller, lo que se le ocurre a cualquier guionista al que ya no se le ocurre nada. Unos niños son asesinados/secuestrados en 'True Detective 3', un niño es crucificado en el primer capítulo de la actual temporada de 'Juego de Tronos'; niños desaparecen en 'Protegidos', en 'Adiós, pequeña, adiós'; se dispara sobre niños en 'The Wired' y 'Breaking Bad'.

A menudo bromeo con que alguien haga una película o una serie sobre la desaparición, no de un niño o de una jovencita encantadora, sino de un anciano, pongamos, de 80 años. Se trata de todo un reto: hacer que a alguien, entre la audiencia, le importe lo más mínimo que un señor de 80 años haya desaparecido, quién sabe si asesinado o secuestrado. Por supuesto, se daña a los niños en las películas porque esto genera la máxima empatía entre el público, o sea, da más dinero. Sin embargo, yo he dejado de ver últimamente varias series y películas ('Dark', por ejemplo) porque no podía tolerar esa violencia fingida sobre niños imaginarios. No sé muy bien en qué momento deja de hacerles gracia a los padres que se torture a los menores en la tele.

Con todo, nos animamos en casa a ver el documental 'Leaving Neverland', donde dos hombres ya maduros detallan los abusos a los que les sometió Michael Jackson durante varios años. Poco después, nos animamos también a ver 'El caso de Madeleine McCann', serie que alcanza cotas de horror psicológico prácticamente insoportables. De ambos documentales sacamos algo que debatir: la culpa de los padres.

Imagen de Leaving Neverland que muestra a Michael Jackson en casa del niño Wade Robson
Imagen de Leaving Neverland que muestra a Michael Jackson en casa del niño Wade Robson

Así, nos desesperábamos en casa pensando que los McCann eran tan insensatos como para dejar a sus hijos pequeños durmiendo solos mientras ellos se iban a cenar, y que de hecho lo hicieron durante todas las vacaciones. Por su parte, los padres de Wade y James habían aceptado con toda naturalidad que sus hijos de apenas diez años pasaran la noche con Michael Jackson, se fueran de gira con él y -en definitiva- quedaran en manos de un completo extraño.

Culpar a la víctima está muy mal visto hoy en día, pero es justamente lo más razonable en muchos casos. Y además se hace todo el tiempo. Culpamos al tonto que se despeña por hacerse un selfie peligroso, al idiota que circula a 200 kilómetros por hora y lógicamente se estrella, al fumador que sigue fumando cuando le han dicho que si persevera morirá. Culpar a la víctima no significa validar su desgracia, sino expresar la facilidad con la que esta desgracia no existiría si la gente tuviera un poco más de sentido común. No hay muchos dolores más terribles que los que nos provocan aquellos que no saben cuidar de sí mismos. Porque un poquito de cuidado nos habría ahorrado a los demás un enorme sufrimiento.

El miedo

Siempre hay alguien que cree que inventa la pólvora cuando, una vez que eres padre, te dice: “Ahora ya sabes lo que es el miedo”. Lo he oído decenas de veces. Y es verdad. Los padres tenemos más miedos dentro que todo un Pasaje del Terror en hora punta. Una amiga me contó que está obsesionada con los pederastas, que ve pederastas por todas partes. Tiene dos niños. Al elegir guardería, desestimó una en concreto solamente porque entre su personal vio a un hombre. Esto me llevó a pensar en que, por mucho que avancemos y cuidemos los hombres de los niños, nunca será posible una guardería donde sólo trabajen hombres: nadie llevaría allí a sus hijos.

James Rodhes afirmó que, si hay treinta niños en una clase, uno de ellos con total seguridad está sufriendo abusos. Dense cuenta de lo que alarma una verdad así.

Lo que apenas se cuenta es que, aparejado al miedo, a uno le sobreviene una brutalidad cavernaria descomunal al convertirse en padre o en madre. Casi cualquier padre que conozco te arrancaría la cabeza si tocas a su hijo. Es fuerte esto, verse, literalmente, dispuesto a arrancarle la cabeza a alguien si le hace daño a tus hijos. Yo debo de llevar treinta años sin pegarme con nadie, pero desde que soy padre me reconozco inclinaciones extraordinariamente violentas. Ya digo que es una sensación muy extraña y vertiginosa, aunque en principio únicamente preventiva.

Me parece lo más natural que los padres se pongan por encima del bien y del mal y apliquen el ojo por ojo y el diente por diente

Y yo creo que hasta legítima. Es en relación a los propios hijos donde yo entiendo toda la violencia, el odio y la falta de piedad. Un padre y una madre tienen, a mi juicio, bastante licencia para perder la razón y acabar con un hombre que le haya hecho daño a su hijo, como veíamos en aquella película de Sissy Spacey, 'En la habitación' (2001), donde mataban al asesino de su primogénito. Obviamente, si les pillan, deben ir a la cárcel, o a la silla eléctrica. Lo que quiero decir es que me parece lo más natural que los padres se pongan por encima del bien y del mal y apliquen el ojo por ojo y el diente por diente. Yo soy capaz de entenderlos. Estamos hablando de que un hombre ha violado a tu hijo de tres, cuatro, ocho años; estamos hablando de que un hombre le ha quitado la vida a tu hija de cinco, seis, nueve años. No puedes pedirles a esos padres que sean clementes.

Sin embargo -y por eso la sociedad es justa y civilizada-, sólo dos personas son los padres de un niño víctima de abusos o de asesinato. Todos los demás, aunque seamos padres también, no lo somos. Y es ahí donde debemos hacer el esfuerzo de velar por la justicia y la proporción, porque no sentimos, salvo de forma refleja, la comisión de la carne que sí sienten esos padres. Nuestra policía, paradójicamente, también está para evitar que un padre mate al hombre que ha violado a su hija.

[¿Y si tiramos a Woody Allen desde un campanario?]

Así, el caso de Woody Allen resulta paradigmático. Según la ley, la policía, un juez, los hechos probados, el director de cine no es culpable de nada. Sin embargo, mucha gente que no es padre ni madre de la presunta víctima ha decidido arruinarle la vida, empezando por sus películas (que ya no se producen) y por sus memorias (que nadie se atreve a publicar). Supongo que alguno que otro además le insultará a diario cuando lo vea por la calle o coincida con él en un restaurante.

En este caso de ajusticiamiento popular, donde no hay pena alguna especificada en un código (y que por lo tanto pueda quedar alguna vez satisfecha), ni presunción de inocencia ni reinserción posible, sino que todo es una condena masiva ilimitada y feroz justo hasta el día en que Woody Allen muera, encontramos lo que las dictaduras encuentran en los torturadores: personas perversas moralmente amparadas por un sistema. También es curioso que justamente aquellos que se oponen a la prisión permanente revisable practiquen el linchamiento permanente sin remisión por algo que un hombre hizo -o no hizo- hace treinta años.

Mala Fama
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