'Juego de tronos' ya tiene final: Daenerys era Stalin y queremos democracia

La popular serie llega a su fin con un clásico mensaje político y un admirable rigor narrativo: lo siguiente (casi) no contiene 'spoilers'

Foto: Daenerys, en 'Juego de tronos'.
Daenerys, en 'Juego de tronos'.

Es obligado enviar un saludo a todos aquellos que nunca han visto 'Juego de tronos', a pesar de que no me estarán leyendo. Ustedes no saben de qué hablamos, qué tronos son esos, qué juego de sillitas ha terminado ni por qué la realidad desde hace años solo es admisible si puede compararse con esta serie de televisión. Envidio el mundo en el que viven, un mundo sin dragones, sin 'spoilers', adulto y ajeno. Quizá pobre, quizás elevado, ni siquiera pirata, pues no llega a entenderse en qué momento una serie de televisión por la que hay que pagar pasa a comentarse como si todos pudieran verla. Tiene más votantes la izquierda en España que espectadores lo de Daenerys.

Entre aquellos abonados a una u otra plataforma, y esos otros aptos para el abordaje digital, quizá solo un 10% de los españoles hemos visto entera 'Juego de tronos', que terminó anoche. Sin embargo, el otro 90% (o 70%: da igual) ha tenido que asumir que hay algo en la actualidad tan importante como la actualidad, pues no es baladí que una ficción sea de pronto actualidad y que Pedro Sánchez pueda ser o no presidente como Jon Snow podía ser o no rey.

'Juego de tronos' ha terminado, sobre todo, para el que nunca la ha visto. Los demás prolongaremos la infancia hasta que nos entierren con nuestra camiseta favorita de "Winter is coming". Nunca olvidaremos esos ocho años en los que una serie de televisión salvó nuestro matrimonio, nuestro aburrimiento. Han sido muchas tetas, muchos culos, muchos asesinatos y muchísimos muertos vivientes. Un muro, tres dragones, 132 centímetros de enano. El 'spoiler' mayor será que nos digan que perdimos el tiempo, aunque aquí evitaremos los 'spoilers' reglamentarios, esos que nos hacen pensar que la vida no tiene sentido si aún no hemos llegado al último capítulo.

Final

Es lógico: gente incapaz de contar con una mínima gracia qué hizo ayer por la tarde está obligada a cabrearse porque una mastodóntica narración de 73 horas y 200 personajes no termina como le gustaría que terminase, aunque nadie supiera muy bien cómo le hubiera gustado que terminase. Ganara quien ganara, siempre perdía el espectador, que lo que disfruta en cualquier relato extenso es su propia adicción. Por eso las series y las navidades deberían terminar todas igual: justo antes de abrir los regalos.

El regalo aquí era, quizá, la corrección política. Ya las apuestas y especulaciones dejaban claro que había que elegir entre una mujer, un enano y un tullido como máxima representación moral de todos nosotros. Los creadores de 'Juego de tronos', sabiamente a mi juicio, han elegido entre esas tres opciones la más efectiva desde el punto de vista narrativo: un tapado (o tapada).

Ya las apuestas dejaban claro que había que elegir entre una mujer, un enano y un tullido como máxima representación moral de todos nosotros

Con todo, es probable que el final de 'Juego de tronos' genere un cabreo importante que se sumará a los que aún nos quitan el sueño, como el de 'Lost' o el de 'Los Soprano', aunque ya en 1991 el de 'Twin Peaks' enojó bastante al personal: “Una trampa comercial asquerosa. No pienso ver más películas de David Lynch”, escribió Rosa Montero. Qué tiempos aquellos en los que a nadie le importaba en realidad cómo acababa una serie ('El equipo A', 'McGyver', 'Doctor en Alaska'); de hecho, qué tiempos aquellos en que nadie recordaba siquiera cuándo la había empezado a ver. Las series se han vuelto proteína cultural, una dieta rigurosa, cuando siempre habían sido simples chuches.

Así, ver terminar una serie de repercusión mundial (es decir, que la mayor parte del planeta ignora por completo) es la nueva liturgia de la posmodernidad, un dónde estabas tú cuando cayeron las torres y dónde cuando Daenerys se volvió una chiflada. Esta frivolidad nos define.

Stalin

Más que ver 'Juego de tronos', en las dos últimas temporadas la hemos aguantado. Todo por esos buenos ratos y esos buenos tajos y esos buenos revolcones vividos en las seis temporadas iniciales. A 'Juego de tronos' le han quitado el sexo y la literatura, y obviamente ha empeorado.

La séptima fue la peor, narrativa juvenil con dragones como solución de movilidad para los Siete Reinos y facilidad forzada para resolver conflictos dramáticos que antes ocupaban tres temporadas. En la octava, nos esperábamos cualquier cosa menos estar a favor. Yo me declaro a favor. A pesar de haber acabado con los caminantes blancos con una simpleza gratuita y carísima (todo un capítulo de batalla para una escena que volvía dicha batalla un catálogo de poses), y de haber desactivado la mística de Arya Stark, que de llevar la muerte consigo acaba siendo una niña que llora entre escombros; y —lo más lamentable— de haber dejado morir a Cersei como si las malas malísimas pudieran morir sin una última maldad memorable, la temporada final ha evitado la tentación de preguntarse: ¿qué quiere la audiencia?, para acabar preguntándose lo que siempre se han preguntado las historias clásicas: ¿qué es justo?

¿Daenerys o Stalin? (HBO)
¿Daenerys o Stalin? (HBO)

En el capítulo final de 'Juego de tronos' se hace justicia, y ahí entra el debate de por qué Daenerys enloquece y toca techo de cristal cuando, a punto de conseguirlo, resulta que un hombre, Jon Snow, exhibe un privilegio. Es ridículo pensar que una serie que se ha anticipado al feminismo desde su primera temporada (hace ocho años) iba a dar un giro machista a su trama cuando todas las demás series (véase la segunda temporada de 'Ozark') están haciendo justamente lo contrario. Sería considerar a sus creadores unos completos idiotas.

Lo que han hecho Benioff y Weiss es explorar las posibilidades que su propia narrativa les ofrecía y resolver la gran duda (¿quién reinará?) desde la sorpresa y el rigor. Daenerys no podía triunfar porque era demasiado fácil; Jon Snow no podía reinar porque era demasiado rocambolesco; es decir, igualmente fácil.

La escena cumbre de este capítulo final contiene unas muy ortodoxas iluminaciones políticas; ortodoxas dentro de la cinematografía estadounidense, claro está. Al final, amigos, Daenerys era Stalin, y como hay muchos niños hoy en secundaria que se llaman Stalin, ninguna madre debería acongojarse por haberle puesto a su hija Daenerys, pues bautizar a lo bobo no ha hecho daño aún a ningún niño. “¿No matarías todo lo que se interpusiera entre ti y el paraíso?”, le pregunta Daenerys a Jon Snow después de pintarle las bondades del comunismo de dragón: ¡todos serán libres y felices! Snow, nuevamente John Wayne, esto es, sin muchas luces pero con un fondo moral diamantino, duda. Y ella se empeña: “Yo sé lo que es bueno”. Esta frase le hacía mucha gracia a Trostky cuando la pronunciaba Stalin.

Ninguna madre debería acongojarse por haberle puesto a su hija Daenerys, pues bautizar a lo bobo no ha hecho daño aún a ningún niño

El fantasma del comunismo se barre con democracia, nos han dicho siempre desde Hollywood, y aquí, estadio primitivo, oiremos anticipaciones como: “Los reyes no nacerán, serán elegidos”, y entonces alguien dudará y preguntará si también podrán votar los perros. El público sonríe e inmediatamente sabe que está en el mejor de los mundos posibles, porque se pasa el día votando.

Los creadores homenajean además al escritor de 'Canción de hielo y fuego', George R.R. Martin, con una suerte de cameo delegado de la ficción dentro de la propia ficción. Se lo deben todo. Y concluyen, diciendo incluso más de lo que creen que dicen: “No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia”.

Mala Fama
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