Pero ¿tiene usted algo que contar? La deslumbrante novela que no lo parece

El escritor mexicano Emiliano Monge consigue que su novela autobiográfica 'No contarlo todo' no lo parezca, y por eso resulta apasionante

Foto: Detalle de portada de 'No contar todo'. (Random House)
Detalle de portada de 'No contar todo'. (Random House)

Si ustedes están hartos de que tantos escritores les cuenten su vida, imagínenme a mí, que los tengo que leer. De tanto abrir autoficción (concepto ya casi indistinguible en el mercado de ese otro mucho más digno de autobiografía), he llegado a desarrollar un olfato infalible, una anticipación crítica -en rigor- que me evita lecturas innecesarias. Se lo cuento para que lo pongan en práctica. Ustedes abran una autoficción de ésas y si sienten, en las primeras páginas, que el autor o la autora se dan mucha importancia, déjenlo. Por el contrario, si notan que el escritor habla de sí mismo como de un miserable, una pobre chica o un ciudadano del montón, sigan leyendo.

Al final la autoficción fina se reconoce por el sentimiento que siempre ha guiado las grandes obras narrativas: la empatía. Manuel Vilas arranca 'Ordesa' diciendo que estaba deprimido, que se quería morir, que su casa tenía polvo hasta en las sombras y que le gustaba España. ¿Cómo no compadecerse y, por tanto, seguir leyendo? Otros autores se ponen a contarte que les han invitado a tal festival, que quedan a comer con tal escritora famosa, que su último libro fue un éxito, que todas las chicas se bajan las bragas a su paso. Me admira aún que alguno de estos libros autocelebrativos tenga siquiera cuarenta lectores. Les daría ejemplos con nombres y apellidos, pero generalizar me crea más enemigos y, por tanto, es más gracioso. Nada tan lógico en la autoficción como pensar siempre que en un artículo donde no te citan se refieren a ti.

Contarlo todo

Ya Cervantes dejó anotado en el Quijote que el lector debía valorarle, no por lo escrito, sino por lo que ha dejado de escribir. Esto avisa con siglos de antelación de que, a la hora de ponerse a teclear, resulta crítico no contarlo todo. Si hay un autor que ha desoído este consejo, y al que, inexplicablemente, le va muy bien, es el noruego Knausgaard, con bastante seguridad el autor más nocivo de la literatura del siglo XXI. Te cuenta hasta qué camiseta llevaba en 1987 cuando voló a Grecia en asiento de pasillo, por la tarde.

Contarlo todo es muy similar a no contar nada, y desde luego está muy lejos de ese contar algo que se les impone a los escritores que aciertan

La noción “no contarlo todo”, además, me salió al paso, venturosamente, mientras acababa de leer las maravillosas 'Confesiones de un burgués' (Salamandra), de Sándor Marái. Dijo Marái, hace casi 100 años: “Sé que nunca me he preparado para un gran libro en el que contarlo todo: el escritor sabe que nunca será capaz de contarlo todo, y sólo se proponen escribir un gran libro los escribanos situados al margen de toda literatura”.

Parece obvio que contarlo todo es muy similar a no contar nada, y desde luego está muy lejos de ese contar algo que se les impone a los escritores que suelen acertar. Al final tener algo que contar es, precisamente, lo opuesto a contarlo todo.

México

El caso es que ha llegado a España un libro titulado así: 'No contar todo' (Literatura Random House), del mexicano Emiliano Monge. Ya sé que ustedes tienen las mismas ganas de leer a un mexicano que yo: ninguna. Sucede que en España, Argentina o México la literatura estrictamente nacional es ya tan inabarcable que la sola idea de leer a un autor del otro lado, y relativamente joven y nada conocido, da incluso ganas de reír, un poco como hacer horas extra en un McDonald´s. México tiene su propio ecosistema de escritores, críticos, capillas y vanidades, como tiene su propio jaleo político insoportable. Cada país debe hacerse cargo de sí mismo.

Pero 'No contar todo' bien vale la excursión. Es, sencillamente, un libro fabuloso, casi 400 páginas de literatura verdadera, de la que chorrea vida y metáfora, porque la vida en los libros siempre es una metáfora, cuando son buenos.

'No contar todo'. (Random House)
'No contar todo'. (Random House)

Monge se ha acordado, a la hora de narrar de su abuelo muerto en falso y su padre guerrillero, y su condición de niño raro y algo mimado, de que existe el artificio literario. En lugar de contar planamente desde el yo más manoseado todos estos fuertes familiares, genera una maquinaria testifical poco menos que maestra. Primero, en la estela de Rachel Cusk, se borra del relato, lo cual siempre es de agradecer. Que la gente escriba sobre sí misma sin nombrarse es siempre de agradecer. Esta negación u ocultamiento, que ya anticipa el título, recorre entero el libro: “Todos saben que un silencio como éste, así de antiguo y duro, no debe tocarse”. “Hay cosas que no se hablan, pero no porque uno no quiera hablarlas, sino porque no quiere habitarlas nuevamente”. El “arsenal deslumbrante de recursos narrativos” que Antonio Ortuño adjudica a esta novela es bastante cierto, y hay determinados pasajes (como las largas enumeraciones de lo que la vida le trajo a Monge entre tal y tal fecha) que se leen con absoluta admiración.

Emiliano Monge. (EFE)
Emiliano Monge. (EFE)

A todo ello hay que unir dos prosas, la lírica y la coloquial, entreveradas con sumo tiento, de modo que uno pasa de “sírvete antes un par de tequilas” a “aquel río de corriente enrabiada que parecía traer el futuro con el agua” sin mayor despeñamiento, como si fuera normal no distinguir entre vida y literatura, que es un poco de lo que siempre ha tratado este rollo, amigos.

Mala Fama
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