Toda la verdad sobre el machismo en la literatura (I)

¿Cuáles son los motivos de fondo en la desproporción entre escritores y escritoras en premios y festivales? Los analizamos en dos entregas

Foto: Mario Vargas Llosa esta semana en México en la Bienal de Novelas Mario Vargas Llosa que ha sido acusada de machismo. (EFE)
Mario Vargas Llosa esta semana en México en la Bienal de Novelas Mario Vargas Llosa que ha sido acusada de machismo. (EFE)

Llevo bastante tiempo dándole vueltas a las acusaciones de machismo que pesan sobre la literatura, y sumando ideas y datos y casos concretos para tratar de entender la verdad que hay en ellas. Hace nada salió otro manifiesto contra un evento donde había muchos más escritores que escritoras, tanto entre los panelistas, como entre los jurados del premio que constituye su acto central (hablamos de la III Bienal Vargas Llosa), como entre los nominados a dicho premio. La materia prima sobre la que se trabaja a la hora de hablar de machismo en la literatura es estrictamente matemática. Hay muchos más premios Nobel hombres que premios Nobel mujer, mayoría absoluta de premios Nacionales varones, y de premios Planeta o premios Herralde, y de Libro del Año para tal suplemento y de libros de hombres reseñados por el mismo suplemento y de hombres publicados por casi todas las editoriales. Una vez puestos estos datos sobre la mesa, se afirma que el mundo editorial es machista.

Llama la atención -o no, en realidad- la simpleza con la que enfrentamos esta situación. Lo cierto es que no he leído ni una sola idea añadida a la cruda afirmación, vía estadísticas, de que el mundo editorial es machista. Esto me desconcierta porque los escritores y escritoras, a fin de cuentas, somos mucho de pensar las cosas, indagar verdades y calibrar la complejidad de lo real. Pero en el machismo literario todo es muy simple: dado que hay muchos más escritores famosos que escritoras famosas, hay discriminación.

Jorge Herralde. (EFE)
Jorge Herralde. (EFE)

Por un lado, quienes esto opinan son, como digo, escritores, de modo que deben de conocer, como yo, muchos editores. Me gustaría por tanto que dieran el nombre de algún editor que tenga por costumbre, al recibir manuscritos o propuestas, rechazar de plano aquéllos que vienen firmados por mujeres. ¿Herralde discriminaba a las autoras? ¿Claudio López de Lamadrid? ¿Juan Cerezo?

De hecho, desde hace años, el mundo editorial tiene un buen número de mujeres en ese puesto clave que es el de editor, mujeres que, sin duda, se declararían feministas, como Elena Ramírez, Ofelia Grande o Silvia Sesé. Si repasamos sus catálogos, hay muchos años en los que ellas mismas publican muchos más escritores españoles que escritoras españolas. ¿Lo hacen a posta? ¿Acallan estas mujeres la voz literaria de las mujeres?

Dudas

A partir de aquí, hay algo que también me genera dudas. Si se discrimina a las mujeres que escriben, ¿por qué no se discrimina a todas? Es decir, ¿por qué se permite que -por empezar nada menos que desde los años 40- Rosa Chacel, Carmen Laforet, Mercé Rodoreda, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Almudena Grandes, Belén Gopegui, Marta Sanz o Sara Mesa tengan una larga, fructífera y premiada trayectoria creativa? ¿Las publican y publicaron para disimular un poco? Si fuera así, ¿no es mucha casualidad que decidieran publicar para disimular un poco precisamente a buenas escritoras?

Otro aspecto que me llama la atención de estas polémicas es que hay un tipo de escritora que nunca se queja, que no firma manifiestos -obviamente no se las invita- y que no opta siquiera a ningún premio. Son las autoras que venden.

¿No es llamativo que entre los autores españoles que escriben lo que se conoce como best seller -con mayor o menor vecindad con eso que los puristas llamaríamos literatura de verdad- haya, de hecho, algo muy parecido a la paridad? ¿Que Dolores Redondo, Clara Sánchez, Julia Navarro o Matilde Asensi no tengan problema alguno para publicar, vender, ser traducidas y disfrutar de la fama? ¿No es irónico que, cuanto más comercial es una propuesta, menos machismo puede detectarse? Si hiciéramos un festival literario invitando por orden a los autores más vendidos, sería impresionantemente paritario. Y de una justicia absoluta.

Dolores Redondo. (EFE)
Dolores Redondo. (EFE)

Así las cosas, en lo que podemos llamar campo literario, la única moneda de cambio es eso tan voluble que se llama prestigio. La elección de autores, su consagración o la atención que se les presta, depende de innumerables factores perfectamente manipulables y discutibles, lo que facilita todo tipo de desmanes y ridículos, como podrán comprobar en el siguiente párrafo.

Imaginen que les cae a ustedes encima la dirección del Festival Eñe en Madrid. Es un festival literario, por cierto. El director, que cambia anualmente, tiene como misión elegir a varias decenas de autores para que den una charla. También -creo- los reúne en una u otra mesa y se inventa un tema a partir del cual deben debatir. Vale: usted es el director o directora, responda: ¿No llevaría a sus cuatro o cinco mejores amigos, sean hombres o mujeres? ¿No llevaría a ese autor o autora con el que se acuesta o con el que quiere acostarse? ¿No llevaría a ese otro autor que les ha dicho, al enterarse de que usted dirige el festival, que anda muy mal de dinero, para ayudarle un poco? ¿No llamaría a los cuatro o cinco autores de moda ese año? Y más: ¿no dejaría de invitar a ese autor que le cae fatal, a esa otra que le reseñó negativamente una vez y a ese otro de más allá que le dijo no sé qué no sé qué día de abril de 2009?

¿No es irónico que, cuanto más comercial es una propuesta literaria, menos machismo puede detectarse?

Pero, espere, aún hay más. Resulta que uno de los autores no puede venir, otra no quiere venir, otro no contesta y otra más no acepta porque usted le parece un gilipollas. Sumado a otro que se pone malo y otra que no se acordaba de que tenía una charla en Perú por las mismas fechas, de pronto tiene usted que encontrar varios autores más deprisa y corriendo y juntarlos en mesas para que charlen de algo en común. Invita usted literalmente a cualquiera, al primero que sale. Cuando todo parece cerrado, vaya, dos o tres o cuatro se han dado cuenta de con quién les va a sentar usted a hablar, y resulta que son gente con las que no se llevan bien. De modo que hay que cambiarlo todo otra vez.

¿De verdad se cree alguien que en medio de todos estos intereses, filias y fobias y casualidades y jaleos organizativos (viajes, vuelos, hoteles, facturas) hay tiempo siquiera para discriminar conscientemente a las escritoras? Yo creo que la mayoría de los directores de festival no saben cuántos hombres y cuántas mujeres han invitado hasta que no se lo dicen en un manifiesto.

Además, en estos tiempos, la realidad es muy comúnmente la contraria: el director o directora de un festival, si algo tiene en mente, es la obligación de invitar mujeres. Del mismo modo, yo he conocido a varios editores y editoras desesperados por encontrar manuscritos firmados por mujeres. Sucedía en Lengua de Trapo, por ejemplo. Lejos de querer publicar hombres, estaban hartos de publicarnos, y buscaban entre los manuscritos aquéllos firmados por una mujer. Pero había muy pocos y, como tantos otros firmados por hombres, eran muy malos.

¿Dónde están las inéditas?

Este dato me llevó hace tiempo a hacerme una pregunta. Si las mujeres escritoras han estado discriminadas hasta hoy mismo, pero ahora mismo se publican muchísimas escritoras jóvenes (di una lista, no exhaustiva, en este artículo), ¿por qué no se publican escritoras inéditas de 50, 60 o 70 años? Es decir, aquéllas que fueron discriminadas en los años 80 y en los años 90. ¿No sería lógico que una mujer que sintió en los años 90 que no la publicaban por ser mujer, viendo que ahora hay una permeabilidad enorme a la autoría femenina, cogiera su manuscrito y lo enviara a varios sellos y que estos se lo publicaran encantados y con una faja además que dijera: “La gran autora que fue discriminada por el mundo editorial en los años 90” y vendiera un millón de libros?

Sin embargo, esto no sucede, pues lo que sucede es que se están publicando autoras nacidas en los años 80 y 90 en proporción de 10 a 1 frente a autores nacidos en los años 80 o 90. Por cierto, ¿han visto a los autores jóvenes quejarse sobre esta desproporción?

Así las cosas, sin necesidad de manifiestos, en diez años los festivales presentarán un número mayor de escritoras que de escritores, los premios serán mayoritariamente para ellas, y todo agasajo y regalía y portada en prensa y puesto en el Cervantes. Simplemente porque habrá más escritoras publicadas en sellos literarios que escritores.

El amor por los libros y la pasión por escribir pueden ser responsabilidad de todos, pero la condición de autor es sumamente egoísta

La literatura, amigos, no es un juego de equipo. El amor por los libros y la pasión por escribir pueden entenderse como responsabilidad de todos, pero la condición de autor es sumamente egoísta. Todos nos creemos geniales y estimamos que nos putean constantemente. Siempre ha sido habitual que un autor mire a quién premian, y se queje en su casa de que no le premian a él; que mire luego a quién invitan a un festival, y se queje en su casa de que no le inviten a él; y siga así con todos los logros propios de la carrera literaria y vaya amargándose por los pocos que consigue él y los muchos que consiguen autores, obviamente a su juicio, mucho peores.

Esta delirante deriva del ego es perfectamente natural en un artista. Lo que resulta fascinante es ver cómo esa ambición personal, hoy en día, se disfraza de militancia feminista, y, por tanto, se hace pública. Así, cuando no te invitan a un festival, es que no invitan a las mujeres, y cuando no te premian a ti, es que no premian a las mujeres, etcétera. En realidad, sí se invitan y se premian mujeres, pero no a ti.

Mala Fama
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