Por qué he silenciado 2.000 cuentas de Twitter

La afición por el linchamiento y la descalificación hacen de esta red social un entorno embrutecedor

Foto: El logo de Twitter
El logo de Twitter

Alguien que aprecio me preguntó por Twitter si me sentía cómodo con que algunos de mis artículos le gustaran a Arturo Pérez-Reverte. Yo le contesté que no escribía para gustar a Pérez-Reverte, pero que si Pérez-Reverte encontraba interesante alguna cosa mía yo sólo podía pensar bien de él. La conversación terminó ahí.

Pensar bien de Pérez-Reverte, como pensar bien de Juan Manuel de Prada, alberga algún peligro. En determinados entornos, ellos representan estaciones término. No hay debate y ambos son condenables hagan lo que hagan y digan lo que digan. Es curioso por tanto leer una columna de Juan Manuel de Prada donde abomina de la serie Chernobyl porque la imagen que levanta de la URSS resulta caricaturesca y sesgada. Si tomáramos esta columna y le quitáramos la firma, y se la ofreciéramos a cualquier lector, pensaría que la ha escrito el último comunista que queda en España. Pero quizá nos resulta demasiado complejo que la gente no sea siempre lo que te esperas.

[Una novela espectacular que nadie le recomendará este verano]

Cuando Podemos molaba, Carolina Bescansa decía cosas como que su partido no buscaba el pensamiento en bloque, un votante que trajera un kit completo de ideas fijas sobre todos los asuntos, y que fuera por tanto altamente predecible. Cuando Errejón mola, dice cosas como que los más de diez millones de votantes de derechas no van a desaparecer del país como por arte de magia, y que, visto así, habrá que aprender a convivir con ellos. Éstas, te pongas como te pongas, son buenas ideas. Es decir, nos hacen bien.

Es fascinante que lo más suicida que puede hacer hoy uno sea reivindicar la tolerancia. Sale más a cuenta domiciliar la propia inteligencia en cualquiera de las factorías de prejuicios y consignas que están operando las veinticuatro horas del día. Cuando digo tolerancia, digo que todo el mundo puede aportarte algo valioso de vez en cuando, que todo el mundo puede ser una gran persona vote a quien vote y que todo el mundo merece casi siempre un mínimo de respeto. Reitero, todo el mundo. Hoy nos conformamos con llamar tolerancia a nuestra inclinación más natural, esa que nos resulta fácil, como si se produjera cuesta abajo; pero en realidad la tolerancia no tiene sentido si no se nos hace un poco cuesta arriba.

Experimentos

Un experimento bastante bizarro sería que el político que más detestas empezara a seguirte en Twitter. Abascal, Echenique, Girauta, Álvarez de Toledo: tú eliges. Habría que evaluar tu reacción cuando, al comprobar que tienes dos seguidores más que ayer (pongamos que tenías unos 500), hicieras clic para saber quién ha empezado a seguirte. “Santiago Abascal ha empezado a seguirte”. “Pablo Echenique ha empezado a seguirte”. Vaya susto. ¿Y ahora qué vas a hacer? Cerrar tu cuenta antes de que alguien lo vea no parece tan descabellado. Bloquear a Abascal o a Echenique quedaría, sin embargo, más cosmético. No puedes impedir que alguien te siga en esta red social salvo bloqueándolo. Y no puedes impedir de ninguna manera que en la vida alguien te tenga aprecio o le interese lo que dices o se ponga de tu parte. Esto debería enseñarnos algo también sobre los equilibrios y cesiones aparejados a la convivencia.

Ahora es muy delicado a quién le gustas y quién compra tu libro y quién tuitea tu artículo... ¿Qué van a pensar de ti?

Estamos en un momento extraño en la modulación de la psique humana. Antes todos queríamos gustarle -si acaso se pudiera- a todo el mundo, y uno soñaba con que su libro, su disco o su película tuviera todos los admiradores posibles, y una causa noble donde estábamos militando propendía a la adhesión de toda la gente que se mostrara dispuesta. Ahora es muy delicado a quién le gustas y quién compra tu libro y quién tuitea tu artículo y quién acude a tu manifestación. ¿Qué van a pensar de ti? Cuando en el patio del colegio se te arrimaba ese muchacho al que todos marginaban, o esa muchacha sin amigos, te ibas detrás de la fuente para que no te vieran con ellos. Algunos hemos madurado después del patio del colegio; y algunos -los mejores- ya habían madurado en el patio del colegio.

Así las cosas, temor a temor y prevención a prevención, uno acaba proscribiendo a personas interesantes y conviviendo tranquilamente con energúmenos. Qué quieren que les diga (por recordar sólo un caso), cuando un grupo de personas acorrala e incordia a una mujer embarazada -me da igual quién es la mujer, de qué partido, qué ha hecho o qué ha dicho que va a hacer-, yo sé de qué lado estoy. Yo sé quién no tiene ninguna justificación ni representa, en realidad, nada en absoluto, ni bando ni ideología. Camuflar la frustración y el ensañamiento, uno diría que innatos, bajo un ideal irreprochable es una estrategia demasiado habitual en nuestros días. Que haya gente que naturalice estos hostigamientos (por lo demás, completamente inútiles), incapaz de desmarcarse de un fanatismo a todas luces impostado, o que entone un: “Lo condeno, pero...”, no me parece el menor de nuestros males.

No sé si Twitter te permite silenciar a tres millones de usuarios, pero espero comprobarlo pronto.

Recuerdo un famoso artículo de Muñoz Molina donde decía que, a partir de ese momento, no iba a relacionarse con nadie que apoyara o legitimara mínimamente el terrorismo de ETA. Yo, modestamente, he emprendido una cruzada todavía más ambiciosa. Desde hace meses, acallo en Twitter a todo aquel que promueve, literalmente, el exterminio, el linchamiento o la estigmatización de otro. Entro en el hashtag más enconado de todos, localizo tuits de pistolero y silencio a sus autores. A lo mejor he silenciado ya dos mil cuentas de Twitter. Presumo que me faltan dos o tres millones más. No sé si Twitter te permite silenciar a tres millones de usuarios, pero espero comprobarlo pronto.

Es, a qué negarlo, una extravagancia. Pero en eso ando, bastante entretenido. Dense cuenta de que no bloqueo ni denuncio, es decir, no saboteo un mensaje, me limito a esquivarlo. Tampoco se trata aquí de contar o registrar a los usuarios violentos e intolerantes, a aquellos que niegan la posibilidad misma de la convivencia y promueven el pensamiento fratricida y nos embrutecen a todas las horas del día todos los días del año. No estoy haciendo recuento de esta gente, no. Estoy haciendo el recuento de la gente contraria.

Estoy haciendo el recuento de los que quedan en un sitio cuando nadie quiere echar de allí a nadie, sino encontrar la manera de que todos quepamos.

Mala Fama
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