¿Dónde están las perras que faltan? El victimismo desmemoriado de Luna Miguel

Luna Miguel prescinde en 'El coloquio de las perras' del trabajo de décadas sobre misoginia de la reciente premio Nacional, Anna Caballé

Foto: Detalle de portada de 'El coloquio de las perras'. (Capitán Swing)
Detalle de portada de 'El coloquio de las perras'. (Capitán Swing)

Es curioso leer 'El coloquio de las perras' (Capitán Swing), el ensayo sobre escritoras olvidadas que acaba de publicar Luna Miguel. A pesar de haber tratado bastante a la autora hace algunos años, y de guardarle un enorme aprecio, me cuesta no chocar con muchos de sus planteamientos. Ya en la contraportada se afirma con contundencia: "Un homenaje a todas las autoras hispanohablantes que fueron ninguneadas, maltratadas u olvidadas por el hecho de ser mujer". Al abrir el libro, vemos que este homenaje "a todas" se circunscribe a solo doce nombres muy disparejos y discordantes. Esperaba uno varias decenas de casos llamativos. Una de estas mujeres, con todo, de las olvidadas o ninguneadas, según se nos dice, fue al parecer Alejandra Pizarnik. Me temo que resulta sumamente difícil ningunear a Alejandra Pizarnik, la verdad. Otra mujer ninguneada fue Gabriela Mistral. Ninguneada con el premio Nobel de Literatura.

Entre las otras diez, están Elena Garro y Aurora Bernárdez, nombres menos conocidos por el gran público, en efecto. Finalmente, las otras ocho, a veces de obra tan escasa y minoritaria (poesía) que resulta ladino asumirlas como olvidadas (en rigor, también está olvidado Blasco Ibáñez, el novelista más popular de su tiempo), son nombres a sumar a los cientos de nombres de autores y autoras que uno oye, ve citados o reivindicados, y que leerá o no, pero cuya mención —por iluminadora— siempre agradece.

Luna Miguel, autora de 'El coloquio de las perras'. (Capitán Swing)
Luna Miguel, autora de 'El coloquio de las perras'. (Capitán Swing)

Luna Miguel confiesa haber tomado como libro de referencia para el suyo 'Cómo acabar con la escritura de las mujeres' (Dos Bigotes), de Joanna Russ, publicado originalmente en 1983 en Estados Unidos y editado el año pasado en España. Para mí fue un libro muy decepcionante. Lo pedí enseguida a la editorial, porque su título resultaba prometedor y podría servirme para vivir por fin del lado correcto de la raya. Pero lo que encontré fue una sucesión de casos concretos de ataques a la obra de una autora y no una descripción solvente de un sistema real de represión de su escritura. Yo buscaba algo como, de alguna manera, el sistema soviético que describe Coetzee en 'Contra la censura'. La propia Luna Miguel da a entender que si este libro no fue traducido antes se debía a razones siniestras (acallar una gran verdad, pongamos). Lo cierto es que aún no está traducido ni al francés ni al alemán ni al italiano, ni a casi ningún otro idioma. La razón de esta corta demanda, intuyo, es que Russ se centra en chismes sobre decenas de autores y autoras y críticos y editores y revistas que nadie conoce fuera del marco anglosajón en un periodo concreto y, por tanto, resulta muy aburrido. Algo como: "Fulanito Brown dijo de Fulanita Brown en 'Springfield Review' que su libro publicado por Menganito Publisher era basura y que ojalá no escribiera más". Así doscientas páginas.

'El coloquio de las perras' (Capitán Swing)
'El coloquio de las perras' (Capitán Swing)

Mi desconcierto procede de que en España tenemos un libro no solo más jugoso por la mayor cercanía con sus protagonistas, sino infinitamente superior, como es 'Breve historia de la misoginia', de Anna Caballé, publicado originalmente en 2006 y reeditado este mismo año por Ariel. Luna Miguel no cita esta obra en su bibliografía. Es —perdónenme la insolencia— el libro que ustedes tienen que leer. De él se desprenden, sin ir más lejos, dos propuestas interesantes. La primera apunta a que fue Otto Weininger, el veinteañero austríaco que triunfó en toda Europa con su demencial 'Sexo y carácter' (1903), el que reavivó el desprecio de algunos prebostes de la cultura española hacia la autoría femenina. La onda expansiva de este prejuicio fue considerable y aún podemos intuirla detrás del título de aquella novela de Mercedes Soriano, '¿Quién conoce a Otto Weininger?' (1993). La otra aportación del libro de Caballé consiste en incluir entre las expresiones de desánimo también muchas de las propias mujeres, de autoras o eminencias femeninas que proponían a su vez que las mujeres no debían escribir, como esto de Mercè Rodoreda: "Creo que es mejor saber coser que escribir". La pregunta que yo me hago es: ¿sería capaz una autora actual de semejante honestidad en el análisis, como la que se desprende de incluir a otras mujeres que también sabotean la obra de las mujeres?

Poco juego limpio hay en ignorar los cientos de 'blurbs', elogios y defensas de autoras de cualquier época realizados por autores (hombres)

Porque una cierta honestidad se me antoja imprescindible para tratar este asunto. Así, poco juego limpio hay en ignorar los cientos de 'blurbs', elogios y defensas de autoras de cualquier época realizados por los autores (hombres) más relevantes en contemporaneidad. Basta abrir un libro de Elizabeth Taylor o María Luisa Bombal para encontrar elogios —y nada tímidos— hacia ellas de Kingsley Amis ("one of the best English novelist born in this century") o de Jorge Luis Borges ("obra que no olvidará nunca nuestra América"). Lo mismo sucede, ya digo, con cualquier autora del siglo XX (Bárbara Pym, Joan Didion...): nunca falta un crítico o escritor (varones, reitero) de primera línea ponderando su trabajo.

¿Machismo?

Visto en su contexto (autores y autoras hablando constantemente bien/mal de autores y autoras), que un escritor diga que el libro de una escritora es muy malo no me parece específicamente machista. Sin embargo, si agrupamos cientos de maldades de este tipo, y ocultamos todo lo demás (maldades de autores hacia autores, de autoras hacia autoras, amén de los miles de elogios de autores a autoras), parecerá, en efecto, que existió una gran confabulación para "acabar con la escritura de las mujeres". En 'Opiniones contundentes' Nabokob incluye varios ataques furiosos contra Faulkner o Lorca o el Quijote, y nadie ve en ello más que su punto de vista. Si además de decir que para él Faulkner no es nadie, Nabokov hubiera dicho que Virginia Woolf le resultaba insignificante, ¿ese, concretamente ese, sería un comentario machista, y no otro comentario destructivo más, fundado o no, caprichoso o no, o más o menos fiable?

De hecho, si Luna Miguel no cita a Anna Caballé, ¿podemos decir que la discrimina por el hecho de ser mujer? ¿Acaso no la olvida, ningunea y maltrata? Según su propia lógica para aplicar este baldón, Luna Miguel sería machista porque ignora la obra (muy brillante, encima) de Anna Caballé.

Anna Caballé. (EFE)
Anna Caballé. (EFE)

Recuerdo a Umbral —macho máximo— recomendarnos desde sus columnas a Belén Gopegui, a Blanca Andréu y a Carmen Jodra. ¿Cuando Umbral nos habla bien de Gopegui es feminista y cuando nos habla mal de Rosa Chacel es machista? A lo mejor es que no le gustaba Rosa Chacel. A lo mejor, siendo ambos de Valladolid, latía ahí alguna inquina doméstica.

Rosa Chacel merecería como pocas estar en un libro que trata de mostrarnos autoras "olvidadas y ninguneadas". Olvidada y ninguneada quizá no por ser mujer y no solo por los hombres, sino olvidada y ninguneada por todos debido a la mala pata de ir por libre o de no ser lo suficientemente simpática o de no estar donde hay que estar. ("...mientras desayunábamos en el hotel que compartíamos en el marco del Hay Festival de Cartagena de Indias", leemos en los agradecimientos de 'El coloquio de las perras'). Esto a veces se nos olvida.

No sé yo si es machista o feminista, que las mujeres que solemos reivindicar sean esposas de un hombre muy relevante en su tiempo

Luego está el curioso caso de las esposas. Cuando el crítico Ignacio Echevarría propuso en 'Libros esenciales de la literatura en español' (Lunwerg) su canon de la segunda mitad del siglo XX, vi que había menos mujeres que hombres, pero lo que me llamó la atención fue la cantidad de mujeres seleccionadas que eran esposas de autores, y no de cualquier autor. Elena Garro, de Octavio Paz, por ejemplo. No sé yo si es más o menos machista, o más o menos feminista, que las mujeres que solemos reivindicar sean habitualmente esposas de un hombre muy relevante en su tiempo literario. ¿No les parece sospechoso? ¿Como cuando en esos ayuntamientos o partidos políticos la persona ideal para un buen puesto siempre es la novia (cuando no el hijo o el cuñado) de alguien?

Al final de su libro, Luna Miguel da las gracias a las lectoras y editoras que están rescatando la obra de diversas autoras, a todas esas mujeres que leen y publican mujeres, en suma. Lo que me ha recordado unas palabras de la actriz Carmen Machi hace no mucho en una entrevista, donde se atrevía a reconocer "la generosidad que he recibido siempre de directores y guionistas (hombres)". Algo parecido ha declarado Bebe en el ámbito musical o Nuria Roca en el televisivo. Es llamativo que ninguna escritora haya dicho nunca nada similar sobre todos esos editores, críticos, autores y lectores rasos que propiciaron su obra cuando no suponía, como ahora, quedar bien con el 'mainstream' moral de tu tiempo. Porque lo cierto es que decenas de escritores varones han apoyado desde sus inicios a autoras como la propia Luna Miguel o Aixa de la Cruz, y a tantas otras, a pesar de que hoy día, viendo su autocomplaciente victimismo, cualquiera diría que no hubo hombres en el jurado de aquella beca ni en el de aquel premio, o en la editorial del principio ni en la de ahora, o firmando una crítica elogiosa de su libro y hasta dos y hasta tres, o como presentador a su lado en Tipos Infames o en La Central, o como simple amigo o colega, perdonen la melancolía.

Mala Fama
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