La dictadura del coronavirus, o lo fácil que es hacernos obedecer

El confinamiento que vivimos puede servirnos para reflexionar sobre nuestra mansedumbre ante la autoridad

Foto: Policías nacionales montan guardia mientras trabajadores del servicio funerario realizan sus labores en el Palacio de Hielo de Madrid. (EFE)
Policías nacionales montan guardia mientras trabajadores del servicio funerario realizan sus labores en el Palacio de Hielo de Madrid. (EFE)

Si usted está en casa, si lleva metido en ella quince días y apenas ha salido dos veces para hacer la compra, usted ha aprendido algo muy importante. Ha aprendido quién manda. La mayoría de los españoles está obedeciendo rigurosamente las indicaciones del gobierno. No salir. No trabajar. No desplazarse en coche más de dos personas. No acudir al hospital salvo por urgencia inaplazable. No comer naranjas. ¿No comer naranjas? Durante un segundo -admítalo, amado lector- usted ha pensado que estaba haciendo algo mal, comer naranjas, y por poco no ha ido a entregarse a la policía. No, el gobierno no ha prohibido comer naranjas. ¿Y si lo hace?

Vivimos tiempos increíbles y tristes, justificadamente dolorosos y represivos. Pasarán. Pero quiero hacerles pensar en lo cerca que nos hemos puesto de una realidad que creíamos superada o extranjera, la realidad del totalitarismo. Somos ya varias las generaciones de españoles que hemos podido mostrar nuestro desprecio por Franco, en gritos de libertad, animadversión y repulsa que (todo hay que decirlo) habría que habernos visto hacer en su momento. En esta natural escabechina del pasado, late sin duda una especie de piedad por los confinados del franquismo, por toda esa gente que aguantó un dictador irrisorio durante casi cuarenta años. ¡Qué cobardes fueron! ¡Qué sumisos! Cuarenta años mirando para otro lado mientras un enano gallego les robaba el país.

Si trasladamos ese sentir tácito a nuestros días, debemos albergar ya muchas dudas sobre la fortaleza de los ciudadanos del siglo XXI para oponerse, llegado el caso, a algo similar. Hablamos de gente acostumbrada a manifestarse, encarar policías y volverse a casa sin un rasguño. Hablamos de que cuatro palos en una mani, una bola de goma que saca un ojo o unos infiltrados policiales nos parecían fascismo fundacional, el no va más del Estado totalitario. También hablamos de que, en pleno 2020, una ministra quería hacernos creer que nos traía la libertad sexual; que en pleno siglo XXI, el planeta entero luchaba sin mover un músculo contra un apocalipsis climático; y que en pleno lunes por la mañana alguien tuiteaba lo dura que era su vida porque no se le reconocía una orientación sexual singularísima o porque un taxista le había dicho guapa o porque un avión llegaba diez minutos tarde.

Fáciles de tiranizar

¿Realmente creen ustedes que toda esta gente está más preparada para luchar contra un sistema dictatorial que aquellos que sufrieron un sistema dictatorial después de atravesar una Guerra Civil? Al contrario: somos la población más fácil de tiranizar de la historia de la humanidad. Bastaría con que siguieran poniendo Operación Triunfo en televisión, con que hubiera fútbol y dos o tres tiendas molonas en el centro para que renunciáramos sin mucho escozor a nuestros derechos fundamentales. O como decía Woody Allen en Annie Hall: “Si te quitaran tu tarjeta de crédito, lo contarías todo.”

Ahora mismo estamos encerrados en nuestras casas por lo que, hace sólo dos meses, era una “simple gripe”. Ya destapada la letalidad del virus, conocido su nombre y asumido su recorrido destructor, la mayoría de la población permanece enclaustrada con una enorme profesionalidad. Hace no mucho se decía que casi todos acabaremos pasando esta simple gripe no tan simple, y es posible que si tienes menos de 60 años la probabilidad de que mueras a causa del virus sea menor a sufrir siquiera un accidente de tráfico. Sin embargo, repito, no salimos de casa. ¿Somos sensatos, solidarios y civilizados?

Gente que hace no tanto iba a conseguir la independencia de todo un país ahora no se atreve ni a sacar la basura

Dense cuenta de que ahora se ha vuelto lo más revolucionario del mundo que un ciudadano salga a comprar el pan dos veces, pasee a su perro durante más de cinco minutos o se siente en un banco a fumarse un cigarrillo. Gente que hace no tanto iba a conseguir la independencia de todo un país ahora no se atreve ni a sacar la basura. Estamos convencidos de que esas acciones inocentes son auténticos atentados contra la salud pública (en rigor, contra un credo). Así, ya hay hasta fanáticos de ese credo que, por su propia cuenta, persiguen, amenazan y denuncian la subversión ajena. Si el del 4ºB no aplaude, si hay alguien parado en la calle, si la familia Gómez se sube a la azotea a respirar aire fresco. ¡Comunistas! ¡Traidores! ¡Espías nazis! Este Mossad de descansillo no indica precisamente de gente civilizada, sensata y solidaria.

Yo mismo vivo con irritación estos avistamientos de energúmenos desde mi ventana, pero al mismo tiempo me sorprende que no haya más energúmenos, es decir, más gente saltándose las normas. Casi les diría que me decepciona. Hemos concluido que nuestra obediencia se debe a un noble deseo de colaborar con los centros hospitalarios, centros que no queremos sobrecargar con nuestro eventual contagio y posible ingreso, pues llevaría la sanidad pública al colapso. Sin embargo, ¿no les parece demasiado complicado, demasiado fino? ¿No creen que hay otro motivo para que decenas de millones de españoles no salgan de casa más allá de esa matemática de las Urgencias públicas?

Es el miedo el que nos tiene en casa, queridos amigos, y el miedo no es ni civilizado ni comprometido, es simple control

Es el miedo el que nos tiene en casa, queridos amigos, y el miedo no es ni civilizado ni comprometido, es simple control. Tenemos miedo de ser uno de los que muera por coronavirus, y por eso no abandonamos nuestro domicilio. Pensar que lo hacemos por no colapsar las urgencias es como pensar que no íbamos a piratear música por no hundir las compañías discográficas o que no íbamos a elegir la privada antes que la pública si nos convirtiéramos en mutualistas de MUFACE.

Les reitero que sólo deseo en este artículo hacerles pensar sobre nuestra impresionante sumisión actual, cuya necesidad no pongo en duda ni un momento. Pero tampoco descarto que en el futuro sepamos cosas que nos dejen algo confusos. ¿A ustedes les sorprendería mucho conocer que durante el coronavirus se abrían en secreto bares y pubs selectos donde iba, a la manera de El cuento de la criada (la serie), lo más granado de la ciudad?A mí no. ¿Y no creen que, si la cuarentena se alarga hasta el verano, es posible que lleguen los saqueos en los supermercados, los disturbios y la desobediencia masiva del confinamiento, como está sucediendo en Italia? Hay miles de personas en pisos pequeños y sin luz y a solas o en compañías muy dañinas; piensen en los trabajos perdidos o en los ingresos demediados, en niños llorando, en las semanas que pasan monótonamente y el frigorífico vacío y el mueble sin alcohol. Y entonces, en Carabanchel o Usera, o en sus réplicas en otras ciudades, alguien rompe el cierre de una persiana del Mercadona, por la noche.

¿Qué opinión tendremos entonces de esas personas que se saltan el estado de alarma para poder comer? ¿Serán la resistencia o unos vándalos? ¿Revolución o locura? ¿Insurgentes o quintacolumnistas?

¿De qué lado te vas a poner entonces?

Mala Fama
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
24 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios