Guerra civil en Twitter: el Team Facha contra la Pandi Progre

La red social simula hoy una contienda entre españoles que ha contagiado la propia acción política

Foto: Imagen: EC.
Imagen: EC.

Gracias a las metáforas, en España estamos librando hoy dos guerras al mismo tiempo: una contra el coronavirus y la otra, contra nosotros mismos. La primera la vamos perdiendo y la segunda ya la perdimos en 1939, cuando ganaron aquellos a los que les gustan las guerras civiles. Hay españoles que no pueden vivir sin el odio de otro español. No les vale cualquier odiador, yo qué sé, un francés: tiene que ser otro español.

Una guerra civil alegórica es lo que llevamos presenciando durante las tres últimas semanas en Twitter, donde la gente replica comportamientos y miserias de la contienda del 36 con precisión escalofriante. Salvo curas, está todo en esta red social. Capitanes, cabos furrieles, pasionarias, cobardes, traidores y payasos; ejércitos de bots, falsas banderas, desinformación y 'Ay, Carmela'; y comisarios políticos y hasta batallas del Ebro. Twitter es la 'play station' de gente que ya debía de tener cosas mejores que hacer que enredarse con la 'play station'. Yo mismo me paso el día en Twitter, para qué engañarles.

No lo negaré, he empleado la violencia, incluso la he disfrutado. He combatido adversarios, y no solo en defensa propia

“Desde hace años”, decía el anuncio de esta consola en 1999, “llevo una doble vida. De día trabajo, cojo el autobús, arrimo el hombro como cualquier persona. Pero de noche vivo una vida exaltada, de palpitaciones y adrenalina. Es, a decir verdad, una vida poco virtuosa. No lo negaré, he empleado la violencia, incluso la he disfrutado. He combatido adversarios, y no solo en defensa propia. He mostrado una indiferencia total hacia la vida, la integridad física y la propiedad, y he saboreado cada instante. Al verme, jamás pensarías que he dirigido ejércitos y conquistado mundos. Y aunque para lograrlo he dejado a un lado la moral, no me arrepiento. Porque, aunque he llevado una doble vida, yo sí puedo decir que he vivido.”

Todos los trols de Twitter siguen este catecismo adolescente, y no pocos periodistas, políticos o ciudadanos allí presentes con nombre y apellidos. Twitter parece estos días el experimento Milgram, donde se jibarizaba la responsabilidad de infligir dolor hasta reducirla al tamaño mismo de una palanquita. También Alejandro Casona en 'La barca sin pescador' mostraba lo fácil que es desentenderse de tu víctima si no puede mirarte a los ojos y es solo una persona construida en lejanía, con rasgos genéricos y fulminables al dictado.

El alcázar de Toledo

La guerra civil en 180 caracteres tiene dos bandos. El autoproclamado Team Facha cuenta ya con una gran batalla, algo como la defensa del alcázar de Toledo. La han denominado 'La noche de los baneos largos' y consistió en que unos 300 tuiteros de derechas se hicieron pasar por bots para reírse de que el gobierno los considerara bots. Para ello, bombardearon los perfiles de reconocidos iconos progresistas con mensajes averiados, propios de un bot mal programado. Esto hizo que Twitter cerrara todas sus cuentas, sacrificio de seguidores que casi todos dieron por bueno, pues “dirigieron ejércitos y conquistaron mundos, y ellos sí pueden decir que han vivido.”

Por su parte, la que podemos llamar Pandi Progre cuenta incluso con un mártir, figurín a medio camino entre Durruti y Líster. Se trata de Miguel Lacambra, un tuitero bajo pseudónimo que enseguida organizó una nutrida columna de fieles seguidores. Su lucha se proponía sagrada y noble, informada; pero se mató a sí mismo por accidente publicando un artículo que le puso a tiro.

Se encausa la reputación de un tuitero y se le condena a tres días de trabajos forzados en los penales del 'trending topic'

La guerra de soldaditos de Twitter incluye asimismo juicios sumarísimos en forma de hilo, donde se encausa la reputación de un tuitero y se le condena a tres días de trabajos forzados en los penales del 'trending yopic'. Casi nadie es tendencia por ser un héroe; es la masacre la que te hace tendencia. El zasca retumba como un obús, y las respuestas a un tuit son pequeñas escaramuzas de desgaste; se suman miles de corazones a una publicación como si fuera un arma de destrucción masiva recién inventada, y se acude a los perfiles con más de cien mil seguidores a recibir consignas y llenar el petate. Se difunden mapas espectaculares con los movimientos del ejército enemigo.

La línea del frente no es el 'time line', sino la parrilla de tendencias, donde no solo se crucifican héroes ajenos, sino que se lucha metro a metro sobre la geografía de la palabra. Hay que poner muy arriba, en el mapa de operaciones, 'Unidas Pandemias' o 'Para qué sirve la derecha' o 'Gobierno Dimisión' o 'Yo apoyo al gobierno'. Para ello es fundamental la coordinación masiva, los bots, los memes, la soldadesca y toda la artillería del descrédito y la vejación, y hasta algún razonamiento sensato.

Hay tuiteros que se han quedado callados desde el inicio de la guerra como si estuvieran escondidos en el desván de su casa.

Hay tuiteros que, como le pasaría a un Chaves Nogales, han sido bloqueados por los dos bandos.

Sacas y checas

Porque aquí también se dan las sacas y hay pacos, fusilamientos y checas, todos concentrados en una única acción de exterminio: bloquear. Bloquear a otro usuario es la negación misma de su existencia. Su palabra no vale nada, su presencia me estorba, su discurso lo entierro con un simple clic. Cuando te descubres bloqueado, te desasosiegas extraordinariamente, como si hubiera sonado el timbre de la puerta a las cuatro de la mañana.

Hasta aquí todo parece incluso divertido, una vía de escape para la tensión del encierro y la rabia de vivir en tragedia. Seguramente todos seremos más simpáticos una tarde de junio en las terrazas de una glorieta. Es solo Twitter, “de día arrimo el hombro como cualquier persona.”

Nuestros políticos gobiernan, sobre todo ahora, desde Twitter, para Twitter y contra Twitter

Sin embargo, hay un grupo de ciudadanos que ya ha confundido Twitter y realidad, y son precisamente aquellos que no podían permitirse este delirio. Nuestros políticos gobiernan, sobre todo ahora, desde Twitter, para Twitter y contra Twitter. El presidente del gobierno interpela al líder de Vox desde la tribuna del Congreso haciendo referencia a sus “miles de bots” y nunca a sus millones de votantes. ¿Cuántos españoles saben de qué está hablando Pedro Sánchez cuando dice bots? El PP no tiene más argumentos para criticar la gestión de la pandemia que los que ya hemos leído hace una semana en las cuentas de las tuit star liberales. ¡El 'think tank' del PP son cuatro tíos en pijama que se hacen llamar Team Facha! Echenique, como portavoz de Podemos, es el emoticono mismo de un comisario político, y abusa de los zascas y del 'capitán A Posteriori' que, nuevamente, la mayoría de los españoles no sabe qué cojones es.

Vox hace 'memes' 'live-action', y habla del “virus importado de China” con toda seriedad, del mismo modo que Ortega Smith hablaba en su cuenta de Twitter de sus “anticuerpos españoles” con toda seriedad. Es perfectamente lógico que, mientras el adversario está en la tribuna, los diputados se pasen el rato mirando sus móviles y tecleando como si mataran marcianitos. Están comprobando en Twitter qué reacciones provocaron sus propios discursos y qué zascas, argumentos, tendencias y clips de vídeo se viralizan con más éxito. Nuestra clase política está formada por auténticos trols, gente que ha llevado el matonismo y la intolerancia de una red social al Congreso de los Diputados, donde siguen siendo tuiteros cuando los demás, en nuestros trabajos, volvemos a ser personas.

Adriana Lastra, Echenique, Abascal y, según tenga el día, Gabriel Rufián “han dejado de lado la moral y no se arrepienten”. Tienen una cuenta en Twitter cuya clave de acceso no se diferencia de la tarjetita con la que pasan por la puerta de la carrera de San Jerónimo. Cuando entran en el parlamento, entran en Twitter. Cuando entran en una rueda de prensa, entran en Twitter. Y cuando ponen un pie en un plató de televisión es únicamente para tuitear por telequinesia. Hay ministros como Alberto Garzón o vicepresidentes como Pablo Iglesias que han bloqueado a (seguramente) cientos de ciudadanos, y que lo habrán hecho con el iPhone o la tablet que les sufraga el propio Congreso con el dinero de los ciudadanos. Cuando un representante público, mayormente en funciones de gobierno, bloquea a un compatriota es que ha perdido completamente el sentido de la realidad.

A lo mejor con 20.000 muertos tan mal contados como en la Guerra Civil, en la fosa común de la cifra y en las cunetas de los hospitales, los políticos deberían abstenerse de mostrar semejante “indiferencia total hacia la vida” y, en efecto, “arrimar el hombre como cualquier persona”. Pero lo cierto es que nuestros políticos ya no valen para la política, solo valen para competir con cuatro adolescentes por convertirse en tu tuit star favorita.

Mala Fama
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