Arturo Pérez-Reverte se hace comunista

El autor de la saga 'Falcó' recrea minuciosamente la batalla del Ebro en su última novela, 'Línea de fuego'

Foto: Arturo Pérez-Reverte durante la reciente presentación de 'Línea de fuego' (EFE)
Arturo Pérez-Reverte durante la reciente presentación de 'Línea de fuego' (EFE)

Ya queda menos para que esto de ahora nos parezca poco. Esto de ahora son las novelas sobre la Guerra Civil. Cuando llegue 2036, vamos a flipar. Todo el mundo hará su novela sobre la contienda, su ensayo, su película y su debate en la tele. Yo ya tengo ganas de que se cumpla un siglo de nuestra Guerra Civil para ver si por fin la gana alguien. Me pregunto si nuestros hijos aún harán la Guerra Civil. Después de 2036, deberían prohibir las guerras civiles en España.

¿Qué se escribirá en 2036, con el centenario del desastre? Ni idea, porque ya está todo escrito, reescrito, copieteado. A la abundante literatura directa -los 'Campos' de Max Aub y 'Madrid de corte a checa', de Foxá, son mis favoritos-, hay que sumar la literatura de oídas, compensatoria, aproximativa o simplemente oportunista: esa novela que hace uno sobre la caída de Madrid porque no se le ocurren otras caídas que contarnos. No le estamos dejando nada a la inspiración del futuro, amigos, a ese autor que en 2035 se dirá: “Seguro que a nadie se le ha ocurrido escribir una novela sobre la Guerra Civil por su centenario. ¡Voy a ello!”

'Línea de Fuego', Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara)
'Línea de Fuego', Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara)

A Arturo Pérez-Reverte se le ha ocurrido hoy contarnos la batalla del Ebro, que es como la ópera militar de un repertorio bélico que tiraba más hacia la copla y la saeta. Nuestro autor desbrozó el camino documental con su saga de 'Falcó', un simpatizante franquista que iba por ahí de Bourne ibérico. Las de 'Falcó' eran novelas ahiladas de argumento, que se seguían bien y daban Hollywood a la conflagración. Esto del Ebro es otra cosa, un fresco o una panorámica hiperrealista con decenas de personajes y medio millón de balas. Un mérito indudable de Reverte es no haberse perdido entre medio millón de balas.

Comunistas

La novela empieza provocando. Son cinco las citas que preludian la batalla, todas reivindicativas de que los españoles, tanto rojos como azules, son muy hombres. “Qué brutos, Dios mío. Pero qué hombres”, escribió Arturo Barea, por ejemplo. A mí esto de saludar la valentía, el sacrificio y la -dicen- toxicidad masculina me encanta. Al final tiene que haber alguien que se meta en un edificio en llamas y saque a los bebés

Pero enseguida Reverte desdice su fama macho y planta un personaje femenino en el primer capítulo, una tía aguerrida, independiente, sola y corajuda. Nuestro autor gusta de los personajes femeninos que también entrarían en el edificio en llamas a sacar a los bebés, siendo la Teresita de 'La reina del Sur' su mayor logro en esta suerte representacional. 'Pato' es la encargada de tender líneas telefónicas por en medio del campo de batalla, para que los machitos españoles republicanos se vayan contando la guerra y a quién hay que matar primero.

Luego el libro se abre a la doble perspectiva, pues vemos los tiros de un lado y de otro, los tiros que se tiran y los impactos que provocan. Hay requetés, legionarios, un moro, prensa extranjera, milicianos, un comisario ruso, varios sargentos y un niño pequeño que sabe donde está el vino. Los nacionales beben vino porque no tienen agua.

Una idea central de la novela es que la gente va a la guerra sin mucho convencimiento, por la inercia de que alguien tiene que ir a morir

En los diálogos Pérez-Reverte pone el sentimiento, la ideología y la opinión. Una idea central de la novela es que la gente va a la guerra sin mucho convencimiento, por la inercia de que alguien tiene que ir a morir en las guerras y, claro, no iba a ir Rafael Alberti. Aquí Reverte no diría yo que consigue la equidistancia de la que muchos le acusarán sin leer el libro (700 atrincheradas páginas), pues en el bando republicano menudean los ideales (la propia 'Pato'), mientras que en bando nacional se lucha más como un trabajo de oficina, sin emoción y porque toca. Me ha sorprendido el comunismo de Reverte; vamos, que pinta con pincel amable a todos los comunistas, cuando en 'El corto verano de la anarquía', sin ir más lejos, Hans Magnus Enzensberger ya nos convenció que eran lo peorcito de cada casa. “Todos son de fiar, todos son comunistas, y entre ellos no hay un solo sospechoso de oportunismo o tibieza”, leemos. Y también: “Por eso es tan importante el papel que los comunistas hacemos en esto. (…) Somos el único argumento fiable.” También la Legión sale embellecida de estas páginas, lo que asimismo resulta duro de creer. Recuerden que su mascota es una cabra.

Documentación

Es seguro que Arturo Pérez-Reverte tenía esta cita de Chaves Nogales en la cabeza mientras iba coreografiando el salto del Ebro y la mataduría subsiguiente: “Las batallas no se ven. Se describen luego gracias a la imaginación y deduciéndolas de su resultado. Se lucha ciegamente, obedeciendo a un impulso biológico que lleva a los hombres a matar y a un delirio de la mente que les arrastra a morir.”

'Línea de fuego' cuenta una batalla tiro a tiro, metro a metro y muerto a muerto. Técnicamente, esto lo puede hacer muy poca gente en España -pienso en Lorenzo Silva, como mucho-: ir al detalle de cada fusil, de cada cable, de cada botón del uniforme; saber cómo se llama todo, cómo se encendía la radio, qué marca de prismáticos levanta un coronel. Yo mismo prefiero morirme a tener que documentarme para escribir una novela, y por eso no soy Pérez-Reverte.

Yo mismo prefiero morirme a tener que documentarme para escribir una novela, y por eso no soy Pérez-Reverte

Miren: “Se acerca a comprobar que las cargas de trilita disimuladas al pie de cada árbol estén bien conectadas a los cebos, el cordón detonante, la pila eléctrica y las pinzas de tender la ropa perforadas con tachuelas metálicas que cerrarán el circuito”. El libro de Reverte vale para hacer bombas en casa.

La documentación incluye la anécdota, incluso el humor, pues vemos algunos intercambios verbales entre los contendientes que resultan entrañables (“-¡Rojo, que te veo! -¡Gracias! -¡De nada, hombre!”) y también guerras de cantarse coplas y piedad puntual con el enemigo.

Mi personaje dilecto del libro es Gorguel, un nacional que “no consigue despegarse de la guerra”. Entre Becket y Woody Allen, el tío (como haría yo mismo) trata de verdad de irse, pero no puede. Al final acaba siempre en la línea del frente. Su fondo moral me ha recordado a esa genial primera novela de Gonzalo Torrente Ballester, 'Javier Mariño' (1942), donde se cifran las frustraciones del desertor, que en realidad es el único hombre con sentido común en una guerra.

Pero lo más apabullante de 'Línea de fueg'o tiene que ver con la inmersión, y una película me venía a la cabeza cada cincuenta páginas: 'Salvar al soldado Ryan'. Tanta guerra, tanto brazo desprendido y tantas vísceras desempaquetadas acaban dándole a esta novela una cualidad inesperada: que de pronto te das cuenta de que durante siglos gente de apenas 18 años murió por nada, sin vivir, sin completar siquiera el ciclo natural de su juventud, y encima después de asistir a un horror ilimitado. Este libro es en cierta medida un homenaje a esa dilapidación de futuro de tantos hombres jóvenes. Es una pérdida histórica, la de las vidas de millones de muchachos en todas las guerras acaecidas, que en general nos da igual. Nos da risa. Bah, puros números.

Línea de fuego, en fin, es una gran novela, muy española, justo cuando ya no sabemos qué es lo español. “Y ahora, cada mochuelo a su olivo. Ya nos mataremos mañana como Dios manda.”

Mala Fama
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