Adiós, 2020; hola, Edad Media
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Alberto Olmos

Mala Fama

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Adiós, 2020; hola, Edad Media

Dos historias particularmente irracionales del año que termina nos avisan de que entramos en un tiempo alejado de la lógica y colindante con la superchería

Foto: Un hombre lleva unas gafas para celebrar 2020... el 31 de diciembre de 2019, cuando no sabía lo que nos esperaba. (EFE)
Un hombre lleva unas gafas para celebrar 2020... el 31 de diciembre de 2019, cuando no sabía lo que nos esperaba. (EFE)

Si algo iba haciendo bien la especie humana eran los razonamientos. Desde el siglo XVIII, hemos razonado todo, incluso los genocidios. Eso siempre es mejor que pasar por encima de la gente sin mayores explicaciones. Las palabras “tiene su lógica” cimentaban la civilización, las charlas de bar y las discusiones de pareja. Como mínimo, había que tener alguna lógica. Así se podía oponer otra lógica o añadir un argumento, disentir o estar de acuerdo, pero sabiéndose entre gentes razonables. Ya no. El año 2020 termina dejándonos a las puertas un tiempo nuevo: la Edad Media.

Dos relatos periodísticos en especial me han confundido este año. Ambos se han sustentado en presupuestos medievales; es decir, en contra de toda evidencia. Uno se inició en marzo, con la llegada del coronavirus a España. Este relato afirmaba que las mujeres eran las más perjudicadas por la pandemia. Lo cierto era que ya había datos entonces desde Italia que avisaban de que, por la razón que fuera, estaban muriendo muchos más hombres que mujeres a causa del covid-19. También había más varones ingresados en las UCI de todo el mundo. Para ir dando enjundia al conjuro, se dijo entonces que las mujeres eran las más contagiadas dentro del personal sanitario. No podía ser de otra manera si el personal sanitario está formado en su gran mayoría por mujeres.

placeholder Una enfermera muestra la vacuna que será administrada a una paciente en Cataluña. (EFE)
Una enfermera muestra la vacuna que será administrada a una paciente en Cataluña. (EFE)

Finalmente, he leído un resumen del año en 'eldiario.es' donde se impone nuevamente la iluminación primera: las mujeres fueron las más perjudicadas por el coronavirus. Como no hay dato alguno que avale esta afirmación, se recurría a un informe o estudio que había contabilizado el estrés causado por el virus, siendo que las mujeres lo habían padecido más. (Aquí cabe preguntarse: ¿cómo se mide el estrés?, ¿en números, en letras o en colorines?). Obviamente, si el coronavirus hubiera matado sobre todo a mujeres, nadie hubiera hecho un estudio con colorines sobre padecimientos psíquicos por género debido al coronavirus. Se hubiera dicho —a la luz de los propios datos que ahora se ignoran— que las mujeres eran las que salían peor paradas de esta situación. Pero el debate, realmente, no está ahí. El debate verdadero es por qué hay que debatir así las cosas, como si el muerto no tuviera hija y la enfermera no tuviera padre.

Denuncia falsa

El otro relato que he seguido con atención y escalofríos durante 2020 se inició, de hecho, a finales de 2019. Podemos despidió a su abogado, José Manuel Calvente, acusándolo de acoso sexual en el trabajo. Calvente llevó su despido a los juzgados, lo cual solo podía significar una cosa en estos tiempos: que era, incluso, demasiado inocente, prácticamente un santo. Obviamente, ganó el juicio, que ha sido ratificado la semana pasada por la Audiencia Provincial de Madrid. Lo que Pablo Iglesias consideró un caso de acoso sexual “muy grave” no ha podido ser probado ni en lo más mínimo. En general, a todo el mundo le ha dado bastante igual esta historia.

Yo he pensado mucho en esta historia, sin embargo. He pensado en cómo pudo gestarse. Primero sopesé el peor escenario. El Consejo Ciudadano de Podemos se reúne un día y sale el tema de Calvente, que anda por ahí denunciando supuestas corruptelas del partido. Y alguien dice: “Despidámoslo”, y otro dice: “¿Con qué excusa?”, y alguien aporta: “¿Acoso sexual?”. Y entonces Iglesias sentencia: “Adjudicado. Que se joda”. Y todos ríen. El partido que niega las denuncias falsas recurre a una denuncia falsa para librarse de un hombre honrado. Todos lo saben. Van a casa, duermen tranquilos, se levantan por la mañana, dan una entrevista, afirman que hay que creer a las mujeres y que las denuncias falsas son un mito, un dato residual.

Foto: La exasesora de Podemos Dina Bousselham. (EFE)

No me digan que no da miedo.

La hipótesis más piadosa que manejo es que el Consejo Ciudadano creyó a una única persona, se dejó llevar por su propia inercia, lo fio todo a un testimonio o a una declaración, anestesiado su juicio por la mezcla de conveniencia y bonito deseo de justicia.

El pobre Calvente, por su parte, podía haber actuado como las mujeres de 'Las brujas de Salem', que si reconocían que volaban por la noche se libraban de la pena de muerte. Un acto público donde Calvente pidiera disculpas era su salida menos mala, debieron considerar en Podemos. Salvo que Calvente estuviera tan loco como para creer en la Justicia, donde tendría que probar que algo no pasó al tiempo que durante largos meses todo el aparato de propaganda de un partido en el Gobierno afirmaría que sí pasó. “Muy grave”, recuerden.

Foto:

Para mí, esto de Calvente es la noticia del año, la gran historia de 2020. Porque a nadie le importa. El hombre pequeño a nadie le importa. Antes se movía el mundo para que ni una sola persona sufriera injusticias, ahora hay que mover el mundo aunque a alguien le toque pagar. Da igual si es inocente, honrado o bueno. Alguien tiene que ser sacrificado para disfrutar de la fiesta, de la superchería, del progreso.

Dimitir

Otra cosa muy de la Edad Media es que ya nadie dimite. Dimitir se inventó para no tener que matar a la gente, es el envenenamiento civilizado del enemigo, y naturalmente tiene su lógica. He fallado, he hecho el mal o he hecho lo que dije que no haría o he demostrado mi incompetencia. Hasta 2018, la dimisión era casi automática a la traílla de estos engranajes. Ahora puedes ser portavoz de un partido de izquierdas habiendo sido condenado por no pagar la Seguridad Social de un trabajador, puedes ser ministra de Igualdad después de afirmar que la baja por maternidad sirve para apuñalar por la espalda a una rival política y puedes liderar la lucha contra el coronavirus después de afirmar que las manifestaciones multitudinarias no lo propagan y que las mascarillas no sirven de nada. 70.000 muertos en España y no ha dimitido nadie.

A lo mejor, lo que sucede es que la gente nunca ha salido de la Edad Media: se lo cree todo, no entiende nada, está al pan de sus hijos, no está para mucho más. Tezanos, vía CIS, da voz al pueblo como da voz al muñeco un ventrílocuo. A los expertos no se les pregunta qué saben, sino cuál es su precio por mentir. Hoy creemos de nuevo en brujos y oráculos y niñas que ven a Dios; somos más religiosos que nunca, nos mueve la fe, esto es, la cancelación de toda lógica. Tenemos tanto miedo a la verdad como hace siglos se le tenía al pecado. Pensar es, más que nunca, pecar.

¿Qué podemos esperar entonces de 2021? Yo se lo digo: podemos esperar cualquier cosa.

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