Si no tienes criada, no puedes ser de izquierdas
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Alberto Olmos

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Si no tienes criada, no puedes ser de izquierdas

Las empleadas domésticas o asistentas son en lo único en lo que todos estamos de acuerdo

placeholder Foto: Fotograma de la tercera temporada de 'El cuento de la criada'. (HBO)
Fotograma de la tercera temporada de 'El cuento de la criada'. (HBO)

¿Tienes criada? La gente te pregunta cuánto dinero ganas y cuál es tu orientación sexual; te pregunta dónde vives, qué has estudiado y si deseas tener hijos. Algunas de estas preguntas resultan incómodas o indiscretas, se calla o se dan largas, se considera que solo los íntimos pueden formularlas. Sin embargo, nunca se pregunta a nadie si tiene criada, si limpia él su propia casa o paga a alguien para que lo haga. A mí es un tema que me interesa de forma exclusiva.

Ya decir 'criada' está pasado de moda, porque en esa palabra anidan la culpa, el exceso y la minusvaloración. La gente, cuando habla, habla de asistentas, de señoras de la limpieza o de empleadas del hogar. Son denominaciones blancas y dignísimas, sobre todo para el que no tiene que limpiar su propio cuarto de baño. La gente lo discute todo —discute, por ejemplo, si la prostitución debería ser legal o abolirse completamente—, pero nadie discute si miles de mujeres deben ganarse la vida limpiando las casas de aquellos que prefieren pagar por no torear sus propias excrecencias. Tener criada es un derecho fundamental. En esto están de acuerdo la izquierda y la derecha, el centro centrado, Abascal e Irene Montero, ¿quién no está de acuerdo sobre que pagar por que te limpien la casa es un derecho fundamental? Hay dudas sobre si por 100 euros una mujer debe prestarse a tener sexo con un extraño, pero no hay dudas de que por 10 euros la hora una mujer deba fregarte el suelo.

Foto: Las trabajadoras de hogar están en un régimen especial sin derecho a paro en España. (EFE)

Aquí ando yo solo en la dubitación, lo que ayuda, desde luego, a desbrozar placenteramente un campo virgen. Mi relación con las criadas es escasa, ni siquiera traumática. Alguna tía mía vino a Madrid en los años sesenta de interna, y mi propia madre probó esas migraciones castellanas por el lado desordenado y con lejía de la capital del país. Nada muy duradero ni cicatrizado, ya digo. Las criadas siempre me parecieron la sombra del señorito, así que pensé durante muchos años que solo en casas grandes y en patrimonios demenciales abundaban. Ahora sé que todo el mundo tiene criada.

Espectros

Una vez tuve una novia que me llevó a casa de su padre, en el sur. Una casa normal, con hermanos adolescentes. Pasamos una noche y a la mañana siguiente vimos la tele todos juntos con café y colacaos. De pronto, noté una presencia. Alguien más andaba por la casa. Como la casa no era mía, no me metí en alarmismos. Era una señora que iba habitación por habitación levantando sábanas y recogiendo calzoncillos. Yo la miraba cruzar la casa, casi siempre con el gesto iniciado o finiquitado de agacharse para tomar algo del suelo. Luego miraba a los chavales, que veían la tele sin inmutarse. La asistenta entró en el salón, donde estábamos, y siguió con sus labores. Nadie reparaba en ella, y ella tampoco ambicionaba mayor atención. Yo, sin embargo, estaba tenso. La criada era un espectro que solo yo veía. Me parecía inconcebible ignorar su trajín, con dibujos en la tele. Hasta a un gato que pasa se le toca un poco el lomo.

Ahí aprendí que a las criadas no hay que hacerles ni puto caso. Tienen su propio itinerario, no va contigo la cosa. Se mueven por los ángulos muertos, friegan, roban, sacan la plancha. Se lían con tu padre. Todo igual que hace 100 años, pero con mayor radio de acción.

Si las das de alta en la Seguridad Social y las llamas por su nombre, es muy progresista

Con los años, he visto a mucha gente contratar asistentas, un día a la semana, por nueve o 10 euros la hora. Siempre mujeres. Si las das de alta en la Seguridad Social y las llamas por su nombre, es muy progresista hacerlo. Mis amigas de izquierdas no entienden qué veo yo de malo en ello. Como la izquierda se fundamenta en la igualdad, la igualdad es ese futuro maravilloso donde todos sin distinción tendremos criada, menos las propias criadas.

Pensando en estas cosas, llegué a una epifanía interesante. Pensé que ya hay toda una generación que ha visto cómo alguien les limpiaba la casa y que, a la hora de independizarse, se dan cuenta de que las casas no se limpian solas. Entonces su vida es horrible —es, de hecho, fascista—, porque tienen que poner una lavadora. Hay muchas chicas de 30 años ahora mismo que no creen que, después del Holocausto, haya nada peor que tener que poner lavadoras, fregar platos y doblar unas camisetas. Son las que piden la revolución con más apasionamiento.

Foto: Hoy en día quien limpia la casa es porque quiere. (iStock)

Mi epifanía fue darme cuenta de que yo no era muy distinto a ellas en mis primeros años de vivir solo, y no porque mi casa la limpiara una criada, sino porque la limpiaba mi madre. Era un argumento poderoso, el de decirme que, a fin de cuentas, mi madre fue mi criada. Pero había una gran diferencia: a tu madre no la ignorabas cuando hacía la casa, te daba órdenes, te echaba broncas, convertía la intendencia un ejercicio de autoridad.

Órdenes

Por eso, las veces en las que una asistenta ha entrado en mi casa —es casi inevitable, con dos hijos, trabajos, suegros preocupados, que alguien te 'preste' a su empleada en alguna ocasión de desespero—, la asistenta me ha dado órdenes a mí. Me ha puesto las bolsas de basura en la puerta y me ha mandado a tirarlas, por ejemplo. Me ha abroncado por tener mal ordenado el cartón y el papel, y las botellas de cristal. “Alberto”, me dice la criada, “pon la lavadora”. Y yo voy y la pongo. Estas señoras de la limpieza ven enseguida en mis ojos que la única criada que he visto en mi vida ha sido mi madre, y se aprovechan y son, durante unas horas, la versión más mandona de mi madre.

También me pasa que el día antes de que alguien nos preste una criada para limpiarnos la casa voy yo y limpio la casa. Eso, exactamente, es ser de izquierdas.

Si la prostitución es el oficio más viejo del mundo, el de limpiadora del hogar es el oficio con más porvenir

Solo hay un motivo por el que una mujer acepte trabajar limpiando casas por 10 euros la hora, y es que no tenga trabajo ni dinero. A nadie le puede parecer un trabajo agradable, vocacional, correcto siquiera. Sin embargo, ninguna política, proyecto, revolución o legislación contempla un ideal en el que miles de personas no tengan que limpiar para sobrevivir la suciedad íntima de otros tantos miles de personas. Si la prostitución es el oficio más viejo el mundo, el de limpiadora del hogar es el oficio con más porvenir. Podemos evitar que Jennifer Lawrence cobre 10 millones de dólares menos que Tom Cruise, que cobra 30, por hacer el mismo trabajo; pero no podemos evitar que nos vengan a limpiar la casa por 10 euros la hora. Lo de subirle el sueldo a Jennifer Lawrence es progreso; lo de que nos quedemos sin criadas solo puede considerarse barbarie.

Una amiga me citó a Natalia Ginzburg en defensa de su posición. Decía Ginzburg que hay que gastar todo el dinero que sea necesario en que otro haga las labores obligadas que nada tienen de edificantes. Se entiende que la vida no vale la pena si debes dedicar parte de ella a pasar la bayeta. Sin lavadoras ni mistoles, puedes hacer más arte, más amor, muchas revoluciones y antifascismos, y progresar laboralmente y romper el techo de cristal que limpia otra mujer. No vas a quitarle media hora a Proust o a tu currículo por barrer los suelos de tu casa. Esto que piensa la izquierda la derecha nunca necesitó pensarlo siquiera.

Foto: Una empleada del hogar realiza su trabajo en un domicilio de Madrid. (EFE)

Para Shirley Jackson, sin embargo, las tareas del hogar sí son edificantes, creativas, tónicas. Como Kafka, la escritora de historias de terror ve en hacer la colada un ejercicio de mansedumbre filosófica. Estar con las cosas, a veces, a ratos, tocar la humildad de tus despojos.

Yo ya creo que la única revolución factible y demoledora sería abolir el servicio doméstico a capricho, que es casi todo. Quien quiera una casa grande, se la tendrá que limpiar él. Si hay casas tan grandes, mansiones, galapagares, es porque vienen con criada. Bastaría eliminar las criadas para que a nadie le compensase vivir en una casa de 1.000 metros cuadrados. Y ahí empezaría todo.

¿Tienes criada? La gente te pregunta cuánto dinero ganas y cuál es tu orientación sexual; te pregunta dónde vives, qué has estudiado y si deseas tener hijos. Algunas de estas preguntas resultan incómodas o indiscretas, se calla o se dan largas, se considera que solo los íntimos pueden formularlas. Sin embargo, nunca se pregunta a nadie si tiene criada, si limpia él su propia casa o paga a alguien para que lo haga. A mí es un tema que me interesa de forma exclusiva.

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