La dictadura de la belleza: ¿por qué nuestros políticos son cada vez más guapos?
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Alberto Olmos

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La dictadura de la belleza: ¿por qué nuestros políticos son cada vez más guapos?

La preocupación de los políticos por su aspecto físico es tan exagerada y rentable como la de cualquier 'instagrammer'

placeholder Foto: Ione Belarra, en la presentación del plan de choque para la economía de los cuidados. (EFE)
Ione Belarra, en la presentación del plan de choque para la economía de los cuidados. (EFE)

Hace tiempo que me refreno y castigo para no hacer público mi asombro ante la cantidad de belleza y 'sex appeal' que hay en la política española. Todos los portavoces son guapos, todas las subsecretarias son 'sexies', todos los líderes son jóvenes, todas las comisiones le tocan a alguien que acaba de salir del gimnasio, y luego vuelve. El que mira inventa, y a lo mejor era yo desde el barro libidinoso el que descubría tanta incitación. Sin embargo, Pedro Sánchez ha ido a Estados Unidos y no le han dicho nada salvo guapo. Y lo hemos celebrado. Nos basta. Tener un presidente guapo es mejor que tener uno que sabe de aranceles. Que el líder del país sea guapo hace guapos a todos sus conciudadanos, y preferimos con mucho ser considerados guapos a que nuestra imagen internacional sea que sabemos de aranceles.

Al parecer, decir que Sánchez está bueno no es políticamente incorrecto, no cosifica, no ofende a los feos ni a los ministros gordinflones, no daña, no duele, no cancela y no contamina. Digámoslo.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), visita Nueva York, como parte de su gira por Estados Unidos. (EFE) Opinión

En 'La salvación de lo bello' (Herder), Byung Chun-Hal habla de 'calocracia', es decir, de la dictadura de los guapos. Siempre supimos que tener belleza era tener poder, pero solo ahora la cosa se nos ha ido de las manos (en España, Estonia, Canadá, Nueva Zelanda...), y ese poder es ya ejecutivo y de mucho efecto, nuestro destino se decide en la sala de pesas del gimnasio, por gente vestida de colorines y que suda con disciplina. Del puro a la mancuerna, de Churchill a Sánchez, hay una decadencia bellísima que quizá no está tan mal.

La erótica del poder ha cambiado, en el sentido de que antes era erótico cualquiera que tuviera poder, y ahora solo puede tener poder alguien que sea erótico. Esto quiero decir que ya no nos impresionan la presidencia ni el ministerio por sí mismos, porque sabemos que en España cualquiera puede ser ministro de cualquier cosa, y ese antiguo sobrecogimiento ante el señor ministro o la señora presidenta se ha vaciado de sentido, para llenarse inevitablemente de sexualidad. Lo que antes imponía ahora solo pone, excita, perturba. Es como el policía del pueblo que está bueno y que por estar bueno parece mejor policía. Pasa también con algunos curas.

placeholder Pedro Sánchez habla en la Universidad de California. (Reuters)
Pedro Sánchez habla en la Universidad de California. (Reuters)

Todo esto, que suena muy frívolo, tiene en verdad mucha miga. Es la "plusvalía moral de lo bello" de que habla Byung-Chun Hal en su libro. La belleza añade al cargo una capa de autoridad y respetabilidad. “Una identidad personal basada en resultar sexualmente deseable es un producto del capitalismo de consumo”, leemos. Así, un político guapo es un producto refinado de la política, y le votamos más. Obviamente, si no votáramos más a los políticos por ser guapos no serían hoy casi todos tan guapos.

Dado que, siguiendo a Hal, “Facebook es un mercado de la falta de carácter”, precisamente por la importancia del físico y el atractivo en las redes sociales (no digamos en Instagram), un político guapo es también un sujeto sin carácter; es decir, sin dolor. Todo su programa consiste en la felicidad que proclama su atractivo, felicidad que será tuya si le votas. Luego las cosas serias se las redactan en una tarde los feos con lecturas, como sabemos todos.

Foto: Sánchez durante su visita al programa 'Morning Joe'. (EFE)

Los políticos y las modelos trabajan en el mismo campo, el del personaje público que envejece bien, recibe 'likes' y consigue votos. Conseguir votos no se diferencia de recibir 'likes' en Instagram con tu última foto en bikini. De hecho, todas las políticas guapas de España tienen un Instagram y todas ponen fotos de ellas en bikini. Se confunden la 'influencer' y la diputada, el 'branding' y la función pública, la cursiva y la redonda. En última instancia, siempre se puede decir que es tu machismo el que ve una diputada en bikini en una foto de una diputada en bikini.

Desde Platón, sabemos que lo bello, lo verdadero y lo justo se buscan, se amalgaman, se encuentran y se implican. Un político guapo parece más honrado, más trabajador y más fiable. Mi madre votó a Adolfo Suárez porque era guapo. Desde que Ciudadanos se hundió, nadie dice que Inés Arrimadas sea guapa. Elaine Scarry tiene todo un libro, 'Sobre la belleza y el ser justo', acerca de cómo creemos que una persona guapa es también buena, imparcial y ética. La belleza nos emborracha, "nos libera de nosotros mismos" (Schopenhauer, según Hal), y así es difícil pensar en aranceles, leyes trans o subidas de la luz. Es guapo, sabrá lo que está haciendo, concedemos.

placeholder La ministra de Igualdad, Irene Montero. (EFE)
La ministra de Igualdad, Irene Montero. (EFE)

En realidad, ser guapo no aboca a la inutilidad, como quizá creen que estoy intentando decirles, y ahí tenemos los mitos, muy documentados, de neurocirujanos y pilotos sobradamente atractivos. También los convictos 'sexies' parecen todos inocentes, o al menos inapropiados para darles en la cabeza con el Código Penal. No dudo de que un político guapo pueda ser un gran político; dudo de que todos los grandes políticos vayan a acabar siendo primero guapos.

Un día discutí con otro periodista la valía política de Irene Montero, y me dio este argumento: "Es que, desde que es ministra, se ha puesto muy guapa". Realmente no puedes convencer a alguien de que la belleza no es suficiente. No puedes convencerle de que lo importante es burocrático.

El caso más llamativo de este año fue el de Ione Belarra. Deben apreciar sus fotos del pasado mes de mayo, donde figura irreconocible. Salía en todas ellas como el hada de Instagram, como si hubiera conseguido el sueño de tanta gente: ser en la vida real exactamente como en esa red social de postureo después de aplicar los filtros divinos. Lo que había conseguido en realidad Belarra era ir a liderar Podemos, y desde el primer día de su conversión en líder, desde su primera aparición pública con su nuevo estatus, la producción de belleza significó producción de autoridad.

Hace tiempo que me refreno y castigo para no hacer público mi asombro ante la cantidad de belleza y 'sex appeal' que hay en la política española. Todos los portavoces son guapos, todas las subsecretarias son 'sexies', todos los líderes son jóvenes, todas las comisiones le tocan a alguien que acaba de salir del gimnasio, y luego vuelve. El que mira inventa, y a lo mejor era yo desde el barro libidinoso el que descubría tanta incitación. Sin embargo, Pedro Sánchez ha ido a Estados Unidos y no le han dicho nada salvo guapo. Y lo hemos celebrado. Nos basta. Tener un presidente guapo es mejor que tener uno que sabe de aranceles. Que el líder del país sea guapo hace guapos a todos sus conciudadanos, y preferimos con mucho ser considerados guapos a que nuestra imagen internacional sea que sabemos de aranceles.

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