Por qué no hay que enseñarles ajedrez a los niños: es una droga
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Alberto Olmos

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Por qué no hay que enseñarles ajedrez a los niños: es una droga

El ajedrez se convirtió en 'chess' con la llegada de internet y se transformó en una adicción

placeholder Foto: Tablero de ajedrez.
Tablero de ajedrez.

El ajedrez no ha sido admitido como deporte olímpico en París 2024 y el 'break dance' sí. Esto, realmente, sería todo lo que uno puede decir sobre los Juegos Olímpicos. No hay, se lo juro, nada que añadir a la primera frase de esta pieza. El ajedrez no es deporte olímpico y el 'break dance' sí.

A los que jugamos ajedrez nos da igual que no sea deporte olímpico, como es obvio, pues nos sentimos seres superiores, no a los que hacen 'break dance' (esto se da por hecho), sino a los propios atletas cuyo deporte se remonte a la Grecia clásica, velocistas, lanzadores de martillos, saltadores de cosas. El ajedrez no es un deporte que dejes de practicar porque cumplas 30 años, no es un juego que precise la atención de millones de personas y decenas de patrocinadores y estadios enormes llenos de rayas que nadie entiende. Tampoco va uno a jugar al ajedrez en calzoncillos. El ajedrez es como el tenis cuando la gente se vestía bonito.

Foto: Kaspárov, contra el programa Deep Blue, en 1996. (Reuters)

Que el ajedrez sea realmente un deporte está muy discutido porque la gente no sabe que se pueden alcanzar grandes metas con el cerebro aparte de la que se deriva de opositar. El deporte de pensar se considera de toda la vida filosofía, y, en definitiva, si pusiéramos a todo el mundo a pensar, lo primero que no habría serían Juegos Olímpicos. El vóley playa es deporte olímpico única y exclusivamente porque sirve para llenar la tele de chicas en bikini que se revuelcan por la playa hasta que los granitos de arena se les quedan encantadoramente pegados en las nalgas. Nadie ha visto un partido de vóley playa entero, como nadie ha visto entera una película porno.

Violencia en el tablero

En el fondo, es posible que el ajedrez no sea deporte olímpico ni casi deporte porque sus homólogos inmediatos son el parchís, el Monopoly y los Colonos de Catán, lo que se conoce como juegos de mesa. Si el ajedrez fuera un simple juego de mesa no habría tantos jugadores de ajedrez sonados, perdidos, locos, adictos, ensimismados y geniales. El ajedrez no es un juego de mesa, es un juego de violencia.

Uno siempre cree que puede ganar a cualquiera. Lo cree, simplemente, porque es verdad

Es, sí, el boxeo el deporte que más se parece al ajedrez (y acabo de comprobar que el boxeo es deporte olímpico, además). Mi amigo Rafael Reig, con el que mantengo una amistad que consiste solamente en jugar al ajedrez, y de ahí sale todo, me contó el otro día, hablando de 'chess', lo que dijo Bobby Fisher sobre este deporte. Dijo que no iba de ganar al otro, sino de destruir su ego. Enseguida me acordé de unas palabras de Mike Tyson, bastante parecidas: “Cuando lucho contra alguien, quiero quebrar su voluntad.” Hay una alucinación muy propia del ajedrez que sustenta estas afirmaciones: uno siempre cree que puede ganar a cualquiera. Lo cree, simplemente, porque es verdad.

placeholder Bobby Fischer, 1967. (Philip Rother)
Bobby Fischer, 1967. (Philip Rother)

¿Juego de niños?

Al ajedrez nos solemos iniciar de niños, con seis o siete años, jugando con algún familiar. Luego en las escuelas —supongo que ahora será igual— se organizan campeonatos, también contra otros colegios. Algunos siguen jugando toda la vida, pero la mayoría lo abandona.

Sin ídolos, un deporte no dialoga con Dios

El ajedrez, de niño y adolescente, se vive como la NBA, sobre todo si acompaña una figura magnética, como Kasparov en mi tiempo o ahora Magnus Carlsen. En todo deporte, amigos, hace falta un ídolo, un puñado de ídolos; sin ellos, ese deporte no dialoga con Dios, no ensancha la imaginación ni despega del magro suelo.

Sin embargo, como seguramente sucede en todo deporte, el ajedrez pierde mucho cuando aprendes realmente de qué va. En mi caso, esta desilusión empezó con ' El ajedrez' (Alianza, 1972), de Ricardo Aguilera. Resultaba que el ajedrez, amén de escaques y trebejos, tenía su propia formulación, un catálogo de predicciones y anticipaciones a las que llamaban aperturas. Podías jugar sin pensar hasta el décimo movimiento o más.

placeholder 'Gambito de dama'. (Netflix)
'Gambito de dama'. (Netflix)

Poco a poco, uno se iba enterando de que los jugadores profesionales no eran genios del instante, sino portentos de la memoria. Su éxito se debía a que tenían en la cabeza miles de combinaciones en función de lo que hiciera su rival. Estudiaban mucho. Después, con la tecnología, dejaban estudiando a una máquina 24 horas al día y luego volvían para estudiar lo que la máquina había concluido. Este ajedrez seco, de opositor, de papagayo, era muy poco atractivo.

Entre la retirada de Kasparov y la llegada de Larsen sucedió algo en el ajedrez que me parece incluso más importante que la figura de estos dos ajedrecistas legendarios. Llegó, sí, el ajedrez 'online'. El ajedrez 'online' te permitía jugar a todas horas con rivales sin rostro por todo el mundo, y además introdujo una variante en el ajedrez tradicional que jugaba la gente. Fue el límite de tiempo. (Nota: la gente normal no dispone de relojes de ajedrez).

La fiebre del 'chess'

Así, el ajedrez se volvió una droga, una adicción (sin bromas), indistinguible de la ludopatía en cualquiera de sus vertientes. Sabes que el ajedrez es tu droga cuando empiezas a llamarlo 'chess'.

El 'chess', como toda droga, te traía de vuelta emociones fuertes, ese sueño imperial del juego: “Poder ganar a cualquiera”. Como podías jugar a tres minutos (es decir, cada rival tiene tres minutos para mover y, si se le acaba el tiempo, pierde en cualquier caso, aunque vaya ganando por mucho), no debías pensar demasiado. Era el ajedrez de los niños, intuitivo, romántico, de hacer algo absolutamente genial y no saber cómo lo has hecho.

placeholder 'En busca de Bobby Fischer', 1993.
'En busca de Bobby Fischer', 1993.

Además, jugando a tiempos cortos (desde uno a cinco minutos), te dabas cuenta del despilfarro de horas en que habías incurrido durante toda tu vida. Ese estar 10 minutos esperando a que tu rival moviera, ese pensar tú 10 minutos antes de mover. No era necesario. Mueve rápido y rompe cosas. Una droga, ya digo.

Para muchos puristas, el 'chess' (que es lo que se juega en los bancos de Washington Square, como vemos en la película 'En busca de Bobby Fisher' (1993), y además por dinero) desvirtúa el ajedrez, lo vuelve un videoclip, un resumen de los mejores goles. Y sin duda es así, pero, por otro lado, le aporta adrenalina, pugilato y una endiablada sensación de estar siempre jugando por primera vez.

El ajedrez no vale para nada, es un modo de echarse a perder como cualquier otro

En la adicción al ajedrez 'online' no hay dinero; es, de nuevo, el ego lo que importa, pero no porque juegues muy bien y ganes. Hay un momento en el 'chess' en el que realmente te das cuenta de por qué juegas: juegas porque pierdes. Si yo gano cinco o seis partidas seguidas, lo dejo. Si pierdo dos, no paro en toda la noche hasta que gane tres o cuatro seguidas, y recupere mi autoestima. Es como apostar a la ruleta y pensar que, en la siguiente partida (siempre en la siguiente partida), va a salir por fin tu número.

El ajedrez no vale para nada, no te hace más inteligente, no sirve de entrenamiento a tu cerebro y no te da destrezas para afrontar otros conflictos de la vida. Es un modo de echarse a perder como otro cualquiera.

Quien lo probó, lo sabe.

El ajedrez no ha sido admitido como deporte olímpico en París 2024 y el 'break dance' sí. Esto, realmente, sería todo lo que uno puede decir sobre los Juegos Olímpicos. No hay, se lo juro, nada que añadir a la primera frase de esta pieza. El ajedrez no es deporte olímpico y el 'break dance' sí.

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