El amor según Instagram, la red social más tóxica de todas
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Alberto Olmos

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El amor según Instagram, la red social más tóxica de todas

La gente no se fotografía cuando es feliz y lo sube, sino que se fuerza feliz y lo sube

placeholder Foto: El logo de Instagram. (Reuters)
El logo de Instagram. (Reuters)

Llevo todo el verano, que confunde mucho, intentando escribirles sobre amor. Pero, al darme cuenta de que no sé nada sobre el asunto, he decidido escribir sobre Instagram, de lo que tampoco tengo ni idea. Instagram es una red social valorada en 100.000 millones de dólares, o sea que tan lejos del amor no estará.

Ahora que mi columna gira en torno al hecho de que me he comprado un móvil, he podido ver qué era eso de Instagram. Básicamente, es el catálogo de tu única sonrisa del día. Podría ser bonito que la gente supiera que, al cabo del día o de la semana, solo tiene un rato de contento, y lo quisiera guardar para el futuro, como un hilo feliz de la vida, deshilvanado de la madeja cotidiana de pesadumbres. Pero la cosa va así. La gente no se fotografía cuando es feliz y lo sube a Instagram, sino que se fuerza feliz y lo sube a Instagram. El resultado son 1000 millones de personas anunciando la pasta dentífrica de su existencia.

Foto: Foto: Reuters.

¿Cuántos bikinis es necesario tener para abrirse una cuenta en Instagram? Es la pregunta, muy C. Tangana, que me llevo haciendo todo el mes de agosto. La verdad es que el mundo del bikini es muy variado, muy imaginativo, se hacen muchas virguerías para tapar y destapar un cuerpo, para darle —que dijo Barthes— distancia al deseo. La verdad es que Barthes no dijo esto, me lo acabo de inventar.

Chicas en bikini

El caso es que durante semanas he ido entrando en Instagram un poco para cotillear vuestras vidas felices y, como me he aburrido pronto, he acabado viendo las vidas que Instagram considera felices de verdad, referenciales. Salen a nada que le das a una lupa, decenas de fotografías y vídeos articulados en forma de mosaico y con 'scroll' infinito. Sin decirle nada a la aplicación, sin proponer mis gustos, sin seguir a nadie, sin subir una sola foto, entendí por tanto que ese tapiz de vidas era lo mejor que podía ofrecer Instagram, 'la crème de la crème' de su colosal archivo del mundo.

Y lo mejor que podía ofrecer Instagram eran chicas en bikini. Cada vez que entraba en la aplicación, y le daba a la lupa, decenas de chicas jóvenes en bikini me estaban esperando. Al pinchar en una de ellas, veía que su perfil era una sucesión de posados en bikini en playas renombradas, y que en cada foto se exhibía una ropa de baño distinta, muy chula. Había que tener entre 20 y 50 bikinis para esto de Instagram, calculé.

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Instagram.

Las chicas, modelos, actrices, presentadoras, mujeres de mundo que salían por cientos en ese tapiz introductorio de la aplicación no solo nos confirmaban que ser guapa es lo único que merece la pena de la vida, sino que añadían otra evidencia científica de la felicidad: que ser rico es lo único que merece la pena en la vida. Pues sus posados, invariablemente, debían ir aliñados con todo el lujo posible, desde champán Moët & Chandon a bolsos de Gucci, a cajas de relojes de Gucci, a zapatos fabricados por Gucci. Nunca vi un libro cerca de un bikini, y eso se debe a que, por desgracia, Gucci no publica libros.

Cuando uno se satura de belleza, incitación y ombligos es cuando ve con claridad el punto ridículo a todo esto. Una chica que se levanta cada día para hacer un bailecito, ponerse a cuatro patas, fruncir los labios y vestirse de Gucci para cenar, y ahí lo tienes y esa es su vida y a ver qué haces con todo eso. Junto a esa chica, un millón de chicas más hacen lo mismo. Ninguna puede ser más guapa que otra, y por eso se inventaron los 'likes', para que las chicas sepan por fin quién es la más guapa, y las demás se suiciden.

Por eso se inventaron los 'likes', para que las chicas sepan por fin quién es la más guapa, y las demás se suiciden

No ignoro que hay mucho trabajo detrás de conseguir ser completamente superficial. Incluso diría que estoy a favor de que la belleza —tomada como una abstracción modal— pueda ser electiva, y si te eliges guapa a pesar de no parecerlo, y empeñas tu vida en ser considerada extraordinariamente sexy a costa de cirugías, filtros, Guccis y renunciamientos, por lo menos has conseguido algo. No sé, un millón de seguidores en Instagram y hasta vivir de ello. Algo.

Sin embargo, Instagram, en el tapiz que les digo, completamente elaborado por la aplicación sin contar conmigo, mezclaba con las chicas en bikini un segundo tipo de imágenes, y a veces casi en idéntica cantidad. Eran, en fin, fotos de frases, muy chulas también, de tipografías claras y molonas y sobre el fondo de un actor o emprendedor famoso o de un entorno urbano selecto. Las frases iban todas de triunfar, de ganar, de mejorar, de ser el número uno y, en definitiva, de volverse rico. Procedían de perfiles llamados Jóvenes sin jefes, Metas Billonarias, Millonarios Gigantes o Empresarios Digitales, y decían cosas como: “Algún día te diré: Madre, no trabajes más, no te esfuerces más, yo te daré todo lo que necesitas porque mereces vivir como la reina que eres”. O: “El pobre quiere comprar el lujo hoy y hacer el negocio mañana. El rico quiere hacer el negocio hoy para poder comprar el lujo mañana”. La verdad es que los pobres, y los trabajadores por cuenta ajena, no les caían muy bien a esta gente. Es más: no pocas frases se burlaban de “aquel compañero” que sacaba buenas notas en el colegio y que ahora trabajaba “en un McDonald's”. Ja, ja, ja. Todas estas máximas o aforismos tan edificantes mentalizaban para el éxito, el derroche, el supercoche, la 'propinoche' de 400 euros en restaurantes en Marbella. Mentalizaban, esto es lo importante, únicamente a hombres.

¡Amor!

Así que, para que yo me aclare, lo que teníamos era, por un lado, a un montón de chicas guapísimas en bikini tan atractivas como inaccesibles luciendo Guccis y, a veces, su culo sentado en un Ferrari, y, por otro, frases dirigidas a hombres sobre cómo hacerse ricos para poder comprar Guccis y Ferraris. Me suena de algo este binomio, esperen. Ah, sí, ¡amor!

Foto: No me mires así que te censuro, dice Instagram. Opinión

¿Por qué lo llaman Instagram cuando quieren decir amor? ¿O por qué lo llaman amor cuando quieren decir Instagram? Ya les confesé ut supra que yo, de amor, ni flores. Por eso admiro al portero del Real Madrid, Thibaut Courtois. Él sabe.

Mientras me decantaba entre escribir sobre amor o escribir sobre Instagram, el tío me pasó por la derecha, y se 'enamoró' (¿no es fascinante este verbo reflexivo, 'enamorarse'?; cada vez que alguien con más de quince años lo usa me deja de piedra, se lo juro), y lo contó en Instagram, valga la redundancia, y con esta frase además: “El amor de mi vida”. Courtois se había echado novia y la presentaba en sociedad en una imagen en la que aparecían los dos caminando de la mano. Todo muy humillante para mí.

¿Cómo sabe Courtois lo que es el amor, qué ha estudiado? ¿Cómo sabe que su nueva novia es el amor de su vida?

¿Cómo sabe Courtois lo que es el amor, qué ha estudiado? ¿Cómo sabe que su nueva novia es 'el amor de su vida'? Es decir, ¿cómo sabe que una supermodelo israelí de 22 años es el amor de su vida? Qué tío. Yo sería incapaz de saberlo.

¿Qué es el amor? Eso llevo preguntándome y preguntando a mi amigos y amigas estas últimas semanas, sin saber que la respuesta estaba en Instagram. Una de estas amigas, escritora, sabia, poemas subrayados de Salinas, confesaba por ejemplo que no conseguía enamorarse. El portero del Real Madrid sí. Otra prueba más de la incuestionable superioridad del fútbol sobre la literatura.

Ah, el amor. Quizá haya que ganar 7,2 millones de euros netos al año para saber lo que es el amor, reconocerlo al primer vistazo y darle 'me gusta'.

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