Me he leído una novela del año 2020 que en realidad es de 1973, lo cual nos advierte de que las novedades editoriales de este otoño están siendo realmente apasionantes. El libro se titula El último verano en Roma (Tusquets), y su autor, Gianfranco Calligarich, la escribió con veintiséis años. Fue su debut literario y, según nos venden desde Italia, ha estado más cuarenta años siendo defendida por los lectores contra la estupidez de los editores, que la dejaron morir en sus catálogos. Muchas cosas nos hermanan con los italianos, y entre ellas debemos incluir ahora la estupidez de los editores.
Las resurrecciones literarias siempre son curiosas, unánimes y noticiables. Alguien dado por perdido vuelve a los escaparates y parece que la vida entonces fuera mejor para todos, corregida y solventada por el libro que nos querían quitar. Pasó con Lucia Berlin, con Chaves Nogales, con Theodor Kallifatides y, ahora, con Gianfranco. No eran nadie y no los podías leer, pero ahora no eres nadie como lector si no los has leído.
Muchas cosas nos hermanan con los italianos, y entre ellas debemos incluir ahora la estupidez de los propios editores
Hay como un club Bilderberg de editores internacionales, una especie de simposio secreto de relanzamientos jugosos, pues nunca sucede que una editorial recupere a un autor por sí sola, sino que la operación se hace siempre en comandita, en Francia, en España, en Estados Unidos y en Italia, todos al mismo tiempo, como si las pequeñas inteligencias de los editores se sumaran una vez al año para acertar con un libro que, de hecho, ellos mismos habían ignorado durante décadas. Es como un acto colectivo de contrición, vendido como un favor que nos hacen.
El último verano en Roma, en fin, es una novela de buena prosa y mucha desorientación, El gran Gatsby con espaguetis. Hay un tipo de autor que está enamorado, y sólo supera la cursilería porque escribe muy bien, como es el caso de Calligarich. Enamorarse en Roma no parece tampoco de gran mérito.
Este autor, en definitiva, este modelo de autor, digo, es un don Juan y un calavera, que da bastante grima en las entrevistas, pues su engranaje creativo busca la adulación y el almíbar, dar calorcito al corazón de las lectoras/compradoras, y sólo muerto o, como es el caso, jubilado, puede uno entender la valía de sus obras, que antes, con él vivo o dando el coñazo, se veían perjudicadas por el despliegue sonrojante de su zalamería.
'El último verano en Roma', en fin, es una novela de buena prosa y mucha desorientación, 'El gran Gatsby' con espaguetis
La novela nos presenta a un joven que acude a Roma a trabajar como periodista, pero enseguida se pierde por sus calles, aprovechando que la juventud no dura para siempre. Entra en ambientes de lujo, atildamiento y coquetería, y acaba por conocer a una mujer que, como él, no tiene nada mejor que hacer que enamorarse. El amor por lo general, es una cosa meliorativa e italiana.
La trama es ligera y banal, como sucede siempre con los libros sobre la juventud, que en realidad tratan de captar un aire, una sensación, una sentimentalidad. Ahí el autor destaca como prosista, ya decimos, pues deja en cada esquina de la página frases emotivas muy bien armadas. "Por la sonrisa que me dirigió, se diría que no había hecho más que esperarme durante toda la noche". Nuestro narrador se llama Leo Gazzara, y, al saberlo, la incitante Arianna le dice: "Qué nombre más triste, recuerda a batallas perdidas".
El amor en Italia no sale solo, hay que acompañarlo con palabras. No en vano, el ligoteo de estos dos viene muy apedreado de referencias literarias (Proust, Borges), como pasa siempre que se quiere ligar. Para ligar hay que leer. "Vámonos a un sitio cualquiera y sentémonos juntos, será suficiente". Es algo que puedes hacer en Roma, desde luego, pero quizá no en Albacete.
De la novela me rechinan un poco los diálogos, por los que el tiempo ha pasado no muy favorablemente, amén de mostrar la petulancia y pomposidad insufrible de la juventud más engreída. Algunas ideas y lamentos han envejecido mal. Y, sobre todo, se me cae un poco en la justa mitad, cuando un amigo nos molesta durante muchas páginas, un amigo del narrador, provocando escenas y conversaciones donde una generación se da aires de patetismo y desnortamiento, algo tan típico y típicamente escrito que flojea en comparación con el resto.
Pero luego mejora mucho, camino de la última página, porque Calligarich vuelve a Scott Fitzgerald, a la melaza sentimental y mítica, y cierra su libro con un párrafo extraordinario. Si ya el comienzo (como manda el amor por los libros: no se puede empezar con una vulgaridad) era estimulante ("En cualquier caso, siempre es así", esa es la primera frase, muy rompedora y medianera), el final asume el pathos de El gran Gatsby, con tramos como éste: "Pienso en las cosas no realizadas, en los niños que nacieron muertos, en los ángeles, en los amores solo imaginados, en los sueños destrozados por el alba…" Ahí el autor lo da todo para que, después de la gran sorpresa argumental que nos regala en las páginas previas, rematar su libro en la esfera de lo inolvidable.
Me he leído una novela del año 2020 que en realidad es de 1973, lo cual nos advierte de que las novedades editoriales de este otoño están siendo realmente apasionantes. El libro se titula El último verano en Roma (Tusquets), y su autor, Gianfranco Calligarich, la escribió con veintiséis años. Fue su debut literario y, según nos venden desde Italia, ha estado más cuarenta años siendo defendida por los lectores contra la estupidez de los editores, que la dejaron morir en sus catálogos. Muchas cosas nos hermanan con los italianos, y entre ellas debemos incluir ahora la estupidez de los editores.