Se cumplen cien años del nacimiento de Carmen Martín Gaite(1925-2000) y ha querido la casualidad, que es muy matemática, que una biografía de Carmen Martín Gaite gane el premio Comillas 2025 de Historia, Biografía y Memorias. Debemos celebrar la conjunción astral que se ha producido para que un señor se ponga un día cualquiera a escribir un libro de cuatrocientas páginas sobre una escritora y que lo acabe justito para participar en un premio que será publicado cuando esa escritora vuelva a estar de moda, por la efeméride de su natalicio. ¿Quién dijo que no hay magia en la literatura?
Carmen Martín Gaite(Tusquets), que así se llama la biografía realizada por José Teruel, es un trabajo excelente. No alcanza el filo emocional de Un corazón furtivo,biografía de Xavier Pla sobre Josep Pla, o el de El frío de una vida, incursión de Anna Caballé en la vida de Francisco Umbral, pero resulta interesante, cohesionado, vivaz y, por momentos, fascinante. Lo lamentable del libro es que su autor ha puesto mucho cariño en contar la vida de Carmen Martín Gaite y a mí la autora, vista de cerca, sólo ha conseguido caerme mal.
Vista de lejos, tampoco tenía yo un gran concepto de ella. Martín Gaite estaba en lo más alto de los trenes, y con gorrito de lana, en los años 90. Anagrama le publicó cuatro novelas de enorme éxito ( Nubosidad variable, Irse de casa…), y la crítica las celebraba puntualmente. Yo nunca pude pasar de la primera página de ninguna de ellas. Ahora su biógrafo, que la considera una escritora a la altura de Homero, reconoce en el tramo final de su libro que aquellas novelas “fueron las de más éxito de público y venta, pero no las mejores”. Y añade: “No voy a ocultar que el acelerado ritmo de publicación de las últimas novelas pudo repercutir en su calidad”. Uno puede tener razón treinta años después, en efecto.
Retrato de Carmen Martín Gaite en una exposición en el Casino de Salamanca. (EFE/JM García)
La Martín Gaite que conoció mi generación era una señora aniñada, reposteril, que redactaba domesticidades inocuas y quedaba bien en los retablos. Nos sonaba vagamente que había estado casada conRafael Sánchez Ferlosio, hijo del falangista y ministro de Franco Rafael Sánchez Mazas, y que habían perdido a una hija. También sabíamos que vivía alejada del mundo en una casa en El Boalo, por la sierra de Madrid.
Ahora esta biografía viene a iluminar, más que una vida, un sistema literario, y por ahí la he leído con enorme provecho y desazón. La literatura española, básicamente, es un jardín de infancia para los hijos de la clase media y clase alta a los que les da por escribir. ¿Cómo es la vida de un escritor?, se pregunta José Teruel. La respuesta no apunta a la escritura y a la lectura, como podríamos creer, sino al hecho magnífico de no tener que trabajar. La vida de un escritor español consiste en no tener que trabajar.
La Martín Gaite que conoció mi generación era una señora aniñada, reposteril, que redactaba domesticidades inocuas
Carmen Martín Gaite nació en Salamanca, hija de un notario. Todas las páginas dedicadas a su infancia y primera juventud están plagadas de criadas, privilegios, viajes al extranjero y libre albedrío. El padre dejó crecer a sus hijas “sin ponerles ningún obstáculo”. En 1948, Carmen se traslada a Madrid para emprender estudios universitarios, y se aloja “en un piso que acababa de comprar su padre en la calle Duque de Sesto” (barrio de Salamanca). Para que no lo pasara mal, “con ella se fueron a vivir las dos criadas burgalesas de los abuelos paternos”.
Poco después, toda la familia se fue a Madrid, a la calle Alcalá, 35, donde instalaron la notaría.
El patriarcado siguió haciendo de las suyas y en 1953, con motivo del casamiento de Martín Gaite con Sánchez Ferlosio, el padre notario les regaló un ático en Doctor Esquerdo, 43 (barrio de Salamanca). En 1954, con su primera novela, El balnerario, ganó el premio Café Gijón. Para entonces ya era amiga de: Ignacio Aldecoa, Luis Martín Santos, Rafael Lapesa, Alonso Zamora Vicente, Juan Benet o Agustín García Calvo. En 1957, su denodada lucha por convertirse en escritora obtiene como reconocimiento el premio Nadal, que ganó por Entre visillos. Debemos asumir que nuestra autora lo tuvo todo en contra, siendo que su marido, Ferlosio, había ganado ese mismo premio en 1955.
Este lance me fascina. Martín Gaite propone el ideal de que ella escribió Entre visillos “en secreto”, y que la envió al premio Nadal con seudónimo y sin decírselo a nadie, ni siquiera a su esposo, “ya que no quería ser relacionada con su marido”. Y debemos creernos que, entre 181 participantes, ganó precisamente ella. La única de los 181 que utilizó seudónimo.
Créanlo.
Página a página, no hay nada en la vida de Martín Gaite que no tenga que ver con la munificencia de su padre, los contactos de su padre, los contactos de sus amigos en Madrid, el enchufe o el tejemaneje. Sin embargo, Carmen Martín Gaite no para de quejarse. Se queja porque se aburre en la universidad, se queja cuando tiene que dar un puñado de clases, se queja por no disponer de dinero propio fruto de su labor literaria. Y se quejará más aún cuando dé a luz a su primer hijo con Rafael Sánchez Ferlosio. Mercedes Formica escribió sobre ella en Blanco y negro: “Ha nacido y se ha movido en un ambiente de bienestar, ya que en España la burguesía dorada está integrada fundamentalmente por tres profesiones: los notarios, los ingenieros de Caminos y los abogados del Estado”.
No hay nada en la vida de Martín Gaite que no tenga que ver con los contactos de su padre, el enchufe o el tejemaneje
Al parecer, cuidar de un bebé en un ático en el barrio de Salamanca era durísimo.
El primer hijo del matrimonio falleció prematuramente; y después tuvieron una hija, que fallecería a los 29 años.
En los años 60, Martín Gaite recibe una beca de la Fundación Juan March y una beca llamada Libertad de la Cultura. Rompe con Sánchez Ferlosio, que se marcha con una chica de 19 años. Su propia hija, Marta, recibe una educación peculiar: no acude al colegio, se instruye en casa. Con siete años, le preguntan a la niña si quiere ir al colegio y la niña dice que no. Y sigue sin ir. En 1984, la niña ya adulta aparece en La clave, de José Luis Balbín. También traduce, escribe en Diario 16 y entra a trabajar en una editorial fundada por amigos de sus padres. Allí “experimentó con las drogas”, concretamente, la heroína, lo que la llevaría a morir de sida en 1985.
Me ahorro por pudor los comentarios que todo lo anterior me sugieren.
En 1986, Carmen vive sola en Doctor Esquerdo. Se le ha roto la calefacción. Contrata a una muchacha para que llame al fontanero (literal) y esa joven, Ángeles, fue “la secretaria o chica para todo” de la escritora hasta el año 2000, cuando falleció en la clínica Ruber.
¿Qué es la literatura española, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX? Un entramado de señoritos y niñatos, de intensitos mal criados que a su vez malcrían, de premios y becas y ayudas a repartir entre pocos, de parentescos capilares y exhaustivos. Siguiendo la vida de Martín Gaite, pensaba a veces en la de Francisco Umbral, también en Madrid. No se cruzan ni en una sola página de las 430 que tiene el libro. Carmen Martín Gaite no pisó en su vida una pensión, ni trabajó en nada. Ni tuvo que llamar nunca a un fontanero.
Pero inventó el arte de quejarse siempre.
Se cumplen cien años del nacimiento de Carmen Martín Gaite(1925-2000) y ha querido la casualidad, que es muy matemática, que una biografía de Carmen Martín Gaite gane el premio Comillas 2025 de Historia, Biografía y Memorias. Debemos celebrar la conjunción astral que se ha producido para que un señor se ponga un día cualquiera a escribir un libro de cuatrocientas páginas sobre una escritora y que lo acabe justito para participar en un premio que será publicado cuando esa escritora vuelva a estar de moda, por la efeméride de su natalicio. ¿Quién dijo que no hay magia en la literatura?