Son tantas las nuevas autoras que ya me acerco a ellas asediado por resonancias colaterales. Cuando veo en Anagrama un libro de Adriana Murad Konings, pienso en élites, por su nombre espléndido e indeterminado, y la asocio con Alicia Kopf, por ejemplo. Luego el título,Los idólatras y todos los que aman, me sugiere ciertas incursiones fabulosas, a la manera de Canto yo y la montaña baila,de Irene Solà. Empiezo a leer, y todo lo anterior se desvanece, y ahora el contexto anglosajón, anti-español, radicalmente foráneo de la novela me trae a la cabeza a Virginia Feito, que propuso la expatriación literaria en La señora March, escrita directamente en inglés. Todas las autoras nuevas se parecen a otras autoras nuevas, compiten por una identidad, un punto de vista, una celebración. Quizá no saben que al final sólo pueden quedar tres o cuatro.
Y ahí mismo, en una extranjería de Erasmus o doctorado, nos quedamos, con la española nacida en Madrid en 1997 que escribe una historia entre Tom Sharpe, Henry James, Muriel Spark y Verano azul. Es un libro que no le hace daño a nadie.
En la solapa, siempre peligrosa, nos cuentan como si nos importara mucho que la primera obra de Murad Konings fue finalista del premio Nadal y del propio premio Herralde; apareció,Los días leves, en la pequeña Binomio. Luego nos cuentan que Los idólatras y todos los que aman también llegó a la fase final del premio Herralde, pero de un año distinto en el que tampoco se lo iban a dar. Estas desgracias, sumadas a que yo voy a hablar moderadamente bien de su libro, sólo avisan de la mala suerte que tiene esta chica.
A sus 28 años, ha escrito una novela, cosa que no pueden decir nueve de cada diez escritoras de nuestro tiempo. Los idólatras y todos los que aman tiene trescientas páginas y (no se lo van a creer) tiene también personajes, trama, estilo, otredad. O sea, no es que Adriana nos cuente su vida, escribiendo un trocito cada día; sumando todo en marzo; enviándolo en mayo sin corregir y saliendo publicada en diciembre porque los grandes sellos siguen jugando a la ruleta con las chicas que escriben sus cosas, a ver si toca premio con alguna.
A sus 28 años, ha escrito una novela, cosa que no pueden decir nueve de cada diez escritoras de nuestro tiempo
Por no ser machistas, las editoriales llevan como diez años publicando recuentos sentimentales habitualmente insufribles, que nadie critica para no ser machista, y así, sin ser machistas, las niñas conservan la ilusión.
Pero escribir no consiste en hablar de ti.
La novela de Murad Konings tiene un gran comienzo, aunque luego se vaya estancando en su propia anécdota alargada. Estamos en alguna ciudad menuda de Inglaterra (condado de York, asumimos, por la solapa) y una ancianita tan británica como las teteras lleva en brazos un gato muerto. En la casa vecina, también de su propiedad, abre la puerta su inquilina, una joven tal vez española que prepara una tesis sobre cierto escritor improbable. La viejecita está asustada porque su gato murió, lo enterró en el jardín, y de pronto volvió a aparecer en la puerta de su casa, igual de muerto. Como si hubiera resucitado brevemente para reclamar una nueva sepultura.
'Los idólatras y todos los que aman' de Adriana Murad Konings.
Este incipit me parece glorioso, sutil. La novela podría anticipar una de esas historias de crímenes ociosos que escribía Chesterton (El padre Brown), pero enseguida vemos que no hay mucho que investigar, y el libro se desvía hacia un amplio estudio de personajes, las vidas cotidianas en la provincia inglesa. Aquí asoma Henry James, porque la narradora omnisciente va picoteando la psique de todo el mundo, sonsacando sus psicologías y sentimientos, con enorme verosimilitud, pero cierta pesadez en algunos tramos.
La prosa, ni con microscopio, puede detectarse española. Suena, sin maldad, a traducción bonita de autor antiguo. Esta querencia contraria al presente sigue con la ética del libro, donde abunda el conservadurismo, el pudor y la superficie. No hay palabrotas, explicitud o brutalidad. Todo es como limpio. Además, aunque la historia se sitúa en nuestro tiempo, se huye de las referencias reconocibles (no se dice Instagram, sino "redes sociales"), lo que da al libro cierto espíritu ascético muy curioso.
La prosa, ni con microscopio, puede detectarse española. Suena, sin maldad, a traducción bonita de autor antiguo
Precisamente porque Adriana Murad Konings ha querido hacer una novela, uno puede pensar su libro desde las exigencias del género. Cuando escribes tu vida a lo tonto, tampoco se le deja al crítico mucho margen para decir cosas. Que está bien, y poco más. Aquí, uno piensa si la entrada y salida de los personajes no debería estar mejor orquestada, pues de pronto entramos en la cabeza de la anciana, luego en la de la estudiante, luego en la del hijo de la anciana, y así. Lo habitual y razonable es un narrador omnisciente focalizado en un sólo personaje, pues se marea menos al lector. También encuentro confuso el bautismo epiceno de los personajes. Una pareja se llama Sam y Florian; la estudiante convive con Jules. ¿Hombres, mujeres? Hay que estar demasiado atento al participio o al adjetivo para saber si Sam es un hombre o una mujer.
Con todo, el libro es vigoroso, creíble, no lo puede hacer cualquiera en un par de tardes. Antes, alguien que con veintiocho años escribía una novela como Los idólatras y todos los que aman tenía asegurada la atención del respetable, y algún futuro. Ahora hay mucho ruido, muchos nombres, quizá nadie se dé cuenta de lo que cuesta escribir una novela de verdad.
Son tantas las nuevas autoras que ya me acerco a ellas asediado por resonancias colaterales. Cuando veo en Anagrama un libro de Adriana Murad Konings, pienso en élites, por su nombre espléndido e indeterminado, y la asocio con Alicia Kopf, por ejemplo. Luego el título,Los idólatras y todos los que aman, me sugiere ciertas incursiones fabulosas, a la manera de Canto yo y la montaña baila,de Irene Solà. Empiezo a leer, y todo lo anterior se desvanece, y ahora el contexto anglosajón, anti-español, radicalmente foráneo de la novela me trae a la cabeza a Virginia Feito, que propuso la expatriación literaria en La señora March, escrita directamente en inglés. Todas las autoras nuevas se parecen a otras autoras nuevas, compiten por una identidad, un punto de vista, una celebración. Quizá no saben que al final sólo pueden quedar tres o cuatro.