Es noticia
¿Por qué las feministas no entienden la prostitución?
  1. Cultura
  2. Mala Fama
Alberto Olmos

Mala Fama

Por

¿Por qué las feministas no entienden la prostitución?

Cualquier mujer sabe por qué un hombre paga por tener sexo, salvo aquellas que se han perdido en el laberinto de la teoría

Foto: (iStock/Motortion)
(iStock/Motortion)
EC EXCLUSIVO

Lo más cerca que he estado de irme con una prostituta fue una primavera de hace veinte años, cuando volvía a casa de madrugada por la Gran Vía de Madrid. De pronto, una mujer me agarró del brazo, y me retuvo unos segundos en la acera mientras me soltaba algunas palabras obscenas. Sabía que era una prostituta de raza negra a la que acababa de sobrepasar, uno o dos portales más atrás, y a la que ni siquiera había mirado a la cara. Fue desagradable. “90 euros, por el culo”, escuché. Me solté con cierta violencia, librando mi brazo de un tirón seco, para luego seguir mi camino anonadado por la repugnancia.

Recuerdo que pensé si no habría algo delictivo, vagamente sancionable, en ir por ahí incordiando al primero que pasa, tocarle sin su permiso, descargar en su oído palabras bastas y pringosas y darle precio a la grosería. Algo similar a enseñarle los genitales a otro, porque te apetece o te conviene o te hace gracia o se te ha ido la pinza. Parece que enseñar los genitales sí es delito; y es delito de nuevo cuño el piropo; pero asaltar a un hombre con propuestas lascivas en medio de una calle, no.

Aquella madrugada no pensé que la prostituta de la Gran Vía (y era exactamente la Gran Vía, no una de esas calles traseras, más propicias y sospechosas) fuera una mujer a mi servicio, parte de un sistema de dominio instaurado no se sabe cuándo por los hombres (simultáneamente en todo el mundo, además) para hacer del cuerpo de las mujeres un objeto de consumo fácilmente accesible a todos los varones. Pensé que hubiera preferido volver a mi casa tranquilo.

Ahora varias mujeres con voz en los periódicos han abordado el asunto de la prostitución, al hilo de que el feminismo del PSOE permite frecuentar prostitutas al tiempo que propone abolir el oficio. Para que esta contradicción siga vigente, han prohibido expresamente en sus estatutos hacer lo que antes supuestamente tampoco hacían, de modo que si antes no sabíamos (salvo escándalo mayúsculo) quién en el PSOE se iba de putas, ahora tampoco lo sabremos, pero además, por si acaso, estará prohibido.

Parece que enseñar los genitales sí es delito; pero asaltar a un hombre con propuestas lascivas en medio de una calle, no

El caso es que estas intelectuales (por decir) han recurrido al recalentamiento habitual de la misma teoría, el mismo cliché, idénticos los tópicos, indistinguibles los disparates, para concluir que la prostitución es un sistema de opresión patriarcal sobre las mujeres que hace de sus cuerpos un inventario a disposición del varón, que sólo tiene que elegir y pagar para satisfacer de inmediato sus impulsos sexuales. El más estimable hallazgo de este batiburrillo de abstracciones ha sido concluir que el cambio climático es culpa de la misoginia. Porque odias a las mujeres, no llueve (Azahara Palomeque, El País).

La prostitución es un negocio esencialmente sucio que surgió el día en el que alguien (hombre o mujer) se dio cuenta de que numerosos hombres pagarían por acostarse con una mujer. Es muy posible que ese alguien fuera en realidad muchísima gente y que muchísima gente se diera cuenta muy pronto (antes de Cristo) de que podía sacarle dinero a un hombre si a cambio le daba su cuerpo para el placer, o el cuerpo de su amiga o esclava. Como el negocio se reveló espectacular, prosperó, se ramificó, se industrializó y aquí estamos, tan feministas y de putas.

placeholder Un coche se acerca a dos chicas en Holt Boulevard, en California. (Getty Images)
Un coche se acerca a dos chicas en Holt Boulevard, en California. (Getty Images)

Me resulta admirable la cantidad de teorías y opiniones totalmente inconsecuentes que pueden emitirse al compás de la actualidad. Hace meses, todo era incel, siendo que este término designaba a los hombres que carecen completamente de actividad sexual, aunque querrían tenerla. Los hombres odian a las mujeres porque no les aceptan sexualmente. Al mismo tiempo, los hombres dominan los cuerpos de las mujeres porque pueden tener sexo cuando quieran y con quien quieran gracias al sistema de prostitución. Entre medias, todos los hombres son violadores en potencia.

Así, un hombre es incel, putero o violador dependiendo de lo que haga el gobierno, y de lo que esté de moda en un campus en Estados Unidos.

Cualquier mujer entiende perfectamente la prostitución, y desde muy joven y sin necesidad de conceptos espectaculares. El mismo juego de atracción, deseo y rechazo que vive desde la adolescencia con los muchachos le hace saber que “tener sexo” es crítico para los hombres heterosexuales. Tanto que, si carecen de éxito con las mujeres que les gustan, se acostarán con cualquiera, incluida una que no les gusta; y, si tienen éxito con las mujeres, se acostarán con todas. Para una mujer sensata, la prostitución es deleznable en primera instancia porque sabotea el juego de la seducción, destruye el romanticismo y le resta poder. Se percibe como hacer trampas. La prostitución es algo que se ha inventado para que los hombres estén con las mujeres sin pasar tiempo con las mujeres.

Un hombre es incel, putero o violador dependiendo de lo que haga el gobierno, y de lo que esté de moda en un campus en EEUU

El malabarismo al que estamos asistiendo consiste en pedir la abolición de la prostitución femenina destinada a los hombres desde la premisa de que no hay una prostitución masculina equiparable destinada a las mujeres. Planteado así, parece justo. Pero piensen en 2006, cuando se iba a inaugurar un prostíbulo gigantesco en Valencia exclusivamente para mujeres y El País lo celebraba de esta guisa: “La prostitución empieza a captar al otro sexo”. Los promotores del burdel valenciano para mujeres consideraban que “no tiene sentido que no haya locales de hombres dedicados a las mujeres”, y apelaban (oh, tiempos) a “la igualdad de género” para equilibrar la balanza del sexo de pago. ¿Qué fue de ese prostíbulo al que podían acudir mil quinientas mujeres para tener sexo previo desembolso? Después de ese titular fundacional, nunca más se supo.

“No tiene sentido”, decían desde ANELA (Asociación Nacional de Locales de Alterne). Yo le veo mucho sentido: los hombres (muchos) están dispuestos a pagar por sexo y las mujeres no. Llámenme loco, pero a lo mejor sucede que los hombres y las mujeres son distintos.

Los hombres sufren lo que Catherine Hakim denominó “déficit sexual”, lo que genera frustración y, en consecuencia, agresiones sexuales muy por encima de las que puedan cometer las mujeres y, por supuesto, visitas al prostíbulo. Es así de simple, primero de biología: los hombres están programados para acostarse con todas las mujeres que puedan; las mujeres están programadas para seleccionar.

Foto: sexo-prostitucion-calles-barrios-flyers

Una prueba aplastante de este “déficit sexual masculino” es que se localiza también en los hombres homosexuales: hay más prostitución masculina para hombres que prostitución masculina para mujeres. Lo escribimos otra vez: hay más prostitución masculina para hombres que prostitución masculina para mujeres.

Sin embargo, el feminismo teórico, echado al monte de la prefijación y la chaladura conceptual, no puede aceptar algo tan básico como que los hombres y las mujeres sean diferentes. Así, vemos cómo principios tan curiosos como el efecto Coolidge, según el cual los machos de numerosas especies (incluida la humana) muestran una mayor predisposición a mantener un segundo coito inmediato con una hembra/mujer distinta que a hacerlo de nuevo con la misma mujer, son manipulados en distintos foros para que casen con un igualitarismo radical y anti-natura, y en lugar de explicar el efecto Coolidge en “los machos” lo extienden a “las personas”. Es mentira. De este modo, mintiendo, falseando, negando evidencias, acaba una encontrando relación entre las temperaturas de los termómetros y los piropos a las señoras. O creyendo que la prostitución es una imposición estructural que genera privilegios para los hombres como podría haberse impuesto estructuralmente el privilegio para las mujeres de poder pagar por tener sexo con los hombres.

La prostitución no es más que un negocio aberrante con el deseo sexual masculino.

Lo más cerca que he estado de irme con una prostituta fue una primavera de hace veinte años, cuando volvía a casa de madrugada por la Gran Vía de Madrid. De pronto, una mujer me agarró del brazo, y me retuvo unos segundos en la acera mientras me soltaba algunas palabras obscenas. Sabía que era una prostituta de raza negra a la que acababa de sobrepasar, uno o dos portales más atrás, y a la que ni siquiera había mirado a la cara. Fue desagradable. “90 euros, por el culo”, escuché. Me solté con cierta violencia, librando mi brazo de un tirón seco, para luego seguir mi camino anonadado por la repugnancia.

Prostitución
El redactor recomienda