Lo que nos faltaba por ver era la rebelión de los traductores. Me entero de que quieren ser más famosos. Su revolución se cifra en esta propuesta: “Por qué los traductores deberían figurar en las portadas de los libros”. Eso digo yo: ¿por qué? Jennifer Croft puso en marcha esta demanda desde The Guardian. Ahora publica su primera novela, La extinción de Irena Rey (Anagrama), y el nombre de la traductora al español aparece en la cubierta. Ha escrito esta novela sólo para darse la razón.
De primeras, este independentismo traslaticio, esta aldea gala de ventrílocuos, puede parecernos bien. El traductor es imprescindible, sobre todo para leer polacos y húngaros. No diríamos que hay nada de malo en reconocerles la paliza, las horas, los sinónimos y los diccionarios. Podríamos afirmar incluso que nadie ha leído a un polaco o a un húngaro, sino a esa persona que nos traduce polacos y húngaros; que, en fin, no hemos admirado nunca la prosa de Thomas Bernhard, sino la prosa que Miguel Sáenz le ha hecho en español a Thomas Bernhard.
Sin embargo, pensándolo un poco más, sobreseyendo la tierna tontería de satisfacerle las quejas a todo el mundo, uno entiende enseguida que lo que piden los traductores es una atrocidad. No, no queremos saber vuestros nombres y no queremos que ocupéis un sitio en la cubierta de los libros.
Un motivo inmediato es que hay demasiados escritores, y tiene uno ya la cabeza muy saturada de nombradías, patronímicos y, claro, polacos. Asociar autor y obra (y obras, en realidad) exige buena parte de nuestra capacidad memorística. Por tanto, doblar el listín, saber que Faulkner escribió El ruido y la furia y que la leímos traducido por Mengano, no lo veo. No me apetece.
Además, yo he leído a Faulkner traducido por quien sea, y a Kafka y a Goethey a Murakami, traducidos a su vez por quien sea, y buena parte de la magia y el mito de los libros es pensar que, en efecto, has estado tú a solas con Faulkner o Kafka en tu casa desde adolescente. Ahora nos quieren poner un mediador, un invitado, un escollo, un tipo aburrido que reclama sentarse junto a autor y lector para, en fin, dar el coñazo.
No, majos, yo quiero estar a solas con Rachel Cusk, no quiero que traiga amigas.
Cubierta de 'La extinción de Irena Rey', de Jennifer Croft.
La mayoría de los lectores ignora el nombre de la editorial en la que lee un libro, por mucho que el sello aparezca en la portada. La gente no sabe si lee Seix Barral o Tusquets, como no sabe quién produce las películas de Nolan o las de Sorogoyen. Como no sabe quién arregla los discos de Calamaro. Eso, nuevamente, apunta al mito y al fetichismo cultural: no queremos saber la cantidad de gente que hace falta para que nos guste algo. Nos vale con una etiqueta única, adorable, universal.
Sin embargo, los traductores, subidos en el tobogán de su vanidad, proponen un Shakespeare y yo, un Musil y yo, un Proust y yo, dando a entender que lo que hace Shakespeare o Proust no está tan lejos de lo que hacen ellos. Está bastante lejos. Proust escribe En busca del tiempo perdido en francés y tú lo has escrito en español. Casi lo mismo, sí.
Por un lado, tenemos el acto creador y luego está la artesanía, el replicado, el embalaje lingüístico que lleva un libro por las fronteras del mapamundi. Es un poco como darle el mismo crédito al que hace los jamones en Jabugo y al que luego los lleva en barco a Cincinnati. No has hecho tú los jamones, sólo los has metido en cajas.
Los traductores dan a entender que lo que hace Shakespeare o Proust no está tan lejos de lo que hacen ellos. Está bastante lejos.
En las insidiosas notas de agradecimientos de muchas novelas se cita a los traductores, a los editores internacionales, a los miembros del equipo editorial y hasta a algunos de los que sólo cogen el teléfono. Si cedemos en poner el nombre del traductor en la portada de un libro, luego habría que poner el nombre del editor de mesa, del impresor, de la correctora ortotipográfica y del que fue a recoger al autor al aeropuerto. Todo esto no suena muy sexy, convertir la bonita cubierta de un libro en el menú de bar de carretera.
El lugar del traductor es la cocina. Digo esto, claro, jugando con el fuego del símil. Pero es exacto: el traductor es un papel de sombra, una comisión invisible, su lugar es la sala de máquinas, la trastienda de la literatura. Hay que saber cuál es tu sitio en el mundo, y tu sitio en el mundo no es salir en todos los selfies que se hace un autor con sus los lectores.
No todos los traductores nos importan, sólo aquellos que, de pronto, son excepcionales
Hay, de hecho, traductores famosos, y cada cual los elige en ese momento en que se detiene y mira quién le ha traducido al Fulanito polaco, tan bonitamente. No todos los traductores nos importan, sólo aquellos que, de pronto, son excepcionales.
Por ejemplo, miré hace nada quién me traducía El hombre de Londres, de Georges Simenon, porque me estaba gustando mucho la prosa. Era Javier Albiñana. También he reparado últimamente en el nombre del traductor de Los celosos, de Sándor Márai, con páginas deslumbrantes. Era un improbable F. Oliver Brachfeld.
Hay traductores que ni ponen su nombre de verdad, o editoriales que ni ponen quién traduce, y eso es bueno.Benzematambién sabía que los goles los tenía que meter Ronaldo.
Si uno traduce hoy a Faulkner y mañana a Thomas Manny pasado a Rulfo (por ejemplo, todos al francés), resulta que es un genio absoluto, con su nombre arriba del todo de Luz de agosto, La montaña mágica y Pedro Páramo.Es tan ridículo que no hace falta decir mucho más.
Luego el libro de Jennifer va también de traductores. La Irena Rey del título es una escritora precisamente polaca que reúne en su casa de campo a sus traductores, siete o nueve, y los va desesperando con su vanidad y su bobería. Es un poco comoMarina Abramović haciendo cosas raras con los árboles y los hongos.
El libro, posmoderno, con notas al pie, juegos de recepción y demás cosillas, me interesaba mucho al principio, por eso de que de vez en cuando hay que leer un libro sofisticado, con fotos y narradores fluidos. Recuerda a Biografía de X (Alfaguara), de Catherine Lacey. A 2666, de Bolaño. A Nabokov.
La traductora y escritora Jennifer Croft.
El lenguaje es muy barroco, como si nos hablaran tirándonos diccionarios a la cabeza. Pero enseguida ve uno que La extinción de Irena Reyno va a ninguna parte, amén de que se hace cumbre en todos los tópicos woke habidos y por haber, en un momento en el que, si para algo no estamos, es para tópicos woke.
La autora (nota final) ha recibido medio millón de becas y ayudas y subvenciones para escribir este libro; y recibió otro medio millón de becas y ayudas y subvenciones para traducir los libros de los demás.
Es normal, por tanto, que no pare de quejarse. No tiene ni idea de lo que es escribir de verdad.
Lo que nos faltaba por ver era la rebelión de los traductores. Me entero de que quieren ser más famosos. Su revolución se cifra en esta propuesta: “Por qué los traductores deberían figurar en las portadas de los libros”. Eso digo yo: ¿por qué? Jennifer Croft puso en marcha esta demanda desde The Guardian. Ahora publica su primera novela, La extinción de Irena Rey (Anagrama), y el nombre de la traductora al español aparece en la cubierta. Ha escrito esta novela sólo para darse la razón.